Panamá, 24 de enero de 2003
 
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La oportunidad de la mayoría no partidaria

De seguro, que en las próximas elecciones le aventará el voto al que menos le promete y al que le pueda quitar de encima el pesado fardo de las privatizaciones

Anel González

Coincido con el columnista Arango, en el sentido de que quizás el momento actual sea propicio para el surgimiento de una reacción de la mayoría votante de Panamá. Una estadística sin números exactos nos refleja que, aproximadamente, 800 mil panameños no votaron por Unión por Panamá, que casi un cuarto de millón votó por el Ing. Vallarino y que más de 20% de la población votante se abstuvo. A simple vista nuestra presidenta fue electa por escasamente un 30% del total de votantes, con lo cual su representatividad formal es muy precaria aunque, legalmente, el resultado y las reglas del juego la legitimen.

No es difícil concluir que la voluntad del pueblo panameño no puede quedar expresada en un porcentaje tan bajo. Pero ¿a qué se debe este fenómeno? A consideración muy personal, este fenómeno viene determinado por el bipartidismo, a buena hora para tirios y a mala para troyanos. Para tirios, los partidos mayoritarios y sus entelequias parásitas, parece ser a buena hora, pero para los troyanos, la mayoría no partidaria (independiente) viene a ser una verdadera desgracia. ¿Por qué? A buen entender, cuando en el albor de la República, los bandos que estaban diezmados por la guerra de mil días, vieron que su fragilidad política parecía hundirlos y que plegarse a la voluntad de la Gran Colombia les resultaría más dolorosa, optaron por la negociación. Las condiciones no podían ser mejores para tomar aire y recomponer sus maltrechas finanzas. Vaya, que si la patria lo exigía, ¡ellos harían el difícil sacrificio de firmar la paz!

Conservadores y liberales lo entendieron bien. El diseño y los colores de la bandera les recordarían su noble sacrificio de legar a las futuras generaciones la venalidad de sus apetitos, y de manera irreverente, plasmaron en ella un pacto de no agresión, en un campo feliz. Pero también legarían, en la primera constituyente un artículo no negociable, el cual se convertiría, en barrera infranqueable para todo aquel que osara, fuera de sus partidos de guerra, presentarse con aspiraciones a la Presidencia de su República, de manera independiente. Esto, quizá, habría que asociarlo con el temor que sentían de que los líderes naturales, como lo era Victoriano o antes lo había sido Pedro Prestán y otros más próximos a nuestra época, como Pinzón, pudieran arrasar en las elecciones populares. No en balde se urdió para liquidarlos, porque su liderazgo podría haber brindado posibilidades al pueblo desarrapado y depauperado, de elegir a un presidente por la vía independiente.

Pero ¡cosas veredes, Sancho! Guardadas las condiciones, los casos del recién electo presidente de Ecuador, Gutiérrez, el de Brasil, Da Silva, e incluso el tristemente célebre Fujimori de los 90, el de aquella primera elección, son evidencias contundentes de que es posible romper la poderosa mancuerna del bipartidismo. La Constitución impide la candidatura no partidaria. Ya sabemos que este fue un coup du minorite, magistralmente colado en la Carta Política.

Hace unas semanas, los que están en el espacio interpartidario vieron colapsar la posibilidad de tener, por lo menos por cinco años y aunque fuese de forma, un Gobierno de la mayoría. Los genios de la democracia, los acuñadores de la libertad, fraternidad e igualdad, no podrían jamás haber pensado lo que los poderosos de cada país han hecho de su dorada tríada. Ou est L’acualité, se preguntarían los padres de la electocracia, si pudieran ver lo que le ha ocurrido a Vallarino. ¿De cuál democracia habla la presidenta? ¿Podría haber algún ente más autocrático, dictatorial y antidemocrático que la cúpula de su partido mayoritario?

Una paradoja del mejor teatro. Vallarino no reprsentaría precisamente los intereses populares, ni en estricto ni en laxo sensu, pero constituiría lo que podríamos denominar la posibilidad de la tri-alternabilidad y quizá una oportunidad y antecedente que abriría perspectivas a futuras candidaturas de arraigo popular. No podrían darse mejores condiciones. Amplios sectores de votantes, quizá más del 60%, no van ni con la alianza que conformará el oficialismo ni tampoco con la que pudiera consolidar la oposición; así lo demostró la estadística de las elecciones pasadas. Por supuesto, ¡a menos que ocurra un milagro! Esa amplia mayoría del pueblo panameño, de los que no votaron, no inscrita en ningún partido, y un importante sector de los partidos de registro mínimo, habría encontrado una vía para asestarle en la morcilla al bipartidismo. Además que allí deberíamos contar a miles de aquellos que aun cuando están inscritos, lo están por no tener más alternativa para poner la olla, y que también sumarían a la hora de contar los votos. Y yo sí tengo plena confianza en que los votos serán contados para quien los deposite el pueblo; de esto tengo plena y absoluta confianza.

Los magos de la política, esos que suman y restan, desde los resultados de las estadísticas y desde las encuestas no cuentan a la mayoría que decide; y que me perdone la presidenta, que en las elecciones pasadas, la de carne hueso no la ganó su partido, sino el de su adversario principal. Cuando llega la hora decisiva no hay ungidos de cúpula ni sacos de cemento ni seco ni caña de azúcar que valga; el pueblo le dispara el voto al que encontró en su conciencia y en la espontaneidad de su sentido de conservación. De seguro que en las próximas elecciones le aventará el voto al que menos le promete y al que le pueda quitar de encima el pesado fardo de las privatizaciones, los impuestos de madrugada, los regalos portuarios, las concesiones multimodales y a los alíbabá del alba. Aún sigo pensando que el “no” de Vallarino es una táctica de guerra de baja intensidad, y que quien estuvo atento al momento en que lo pronunció, percibió que su voz dijo una cosa y el acompañamiento muscular total de su rictus dijo otra y, quizá, a quien le ha sido vedado el derecho a correr por la silla presidencial, por obra y gracia de una práctica primitiva y dictatorial, tome en cuenta que la mayoría votante no está inscrita en los partidos que más adherentes oficiales tienen. Pero no demorarán los sectores y fuerzas políticas opositoras en encontrar un candidato, que sin tener una pizca de liderazgo, lo presenten para capitalizar ese segmento del pueblo votante no inscrito y a los inscritos por conveniencia. En todo caso no será un candidato del pueblo.

El autor es docente universitario

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