La oportunidad de la mayoría no
partidaria
De seguro, que en las próximas
elecciones le aventará el voto al que menos le promete y al que
le pueda quitar de encima el pesado fardo de las privatizaciones
Anel González
Coincido con el columnista Arango, en el
sentido de que quizás el momento actual sea propicio para el surgimiento
de una reacción de la mayoría votante de Panamá. Una estadística
sin números exactos nos refleja que, aproximadamente, 800 mil panameños
no votaron por Unión por Panamá, que casi un cuarto de millón votó
por el Ing. Vallarino y que más de 20% de la población votante se
abstuvo. A simple vista nuestra presidenta fue electa por escasamente
un 30% del total de votantes, con lo cual su representatividad formal
es muy precaria aunque, legalmente, el resultado y las reglas del
juego la legitimen.
No es difícil concluir que la voluntad del
pueblo panameño no puede quedar expresada en un porcentaje tan bajo.
Pero ¿a qué se debe este fenómeno? A consideración muy personal,
este fenómeno viene determinado por el bipartidismo, a buena hora
para tirios y a mala para troyanos. Para tirios, los partidos mayoritarios
y sus entelequias parásitas, parece ser a buena hora, pero para
los troyanos, la mayoría no partidaria (independiente) viene a ser
una verdadera desgracia. ¿Por qué? A buen entender, cuando en el
albor de la República, los bandos que estaban diezmados por la guerra
de mil días, vieron que su fragilidad política parecía hundirlos
y que plegarse a la voluntad de la Gran Colombia les resultaría
más dolorosa, optaron por la negociación. Las condiciones no podían
ser mejores para tomar aire y recomponer sus maltrechas finanzas.
Vaya, que si la patria lo exigía, ¡ellos harían el difícil sacrificio
de firmar la paz!
Conservadores y liberales lo entendieron bien. El
diseño y los colores de la bandera les recordarían su noble sacrificio
de legar a las futuras generaciones la venalidad de sus apetitos,
y de manera irreverente, plasmaron en ella un pacto de no agresión,
en un campo feliz. Pero también legarían, en la primera constituyente
un artículo no negociable, el cual se convertiría, en barrera infranqueable
para todo aquel que osara, fuera de sus partidos de guerra, presentarse
con aspiraciones a la Presidencia de su República, de manera independiente.
Esto, quizá, habría que asociarlo con el temor que sentían de que
los líderes naturales, como lo era Victoriano o antes lo había sido
Pedro Prestán y otros más próximos a nuestra época, como Pinzón,
pudieran arrasar en las elecciones populares. No en balde se urdió
para liquidarlos, porque su liderazgo podría haber brindado posibilidades
al pueblo desarrapado y depauperado, de elegir a un presidente por
la vía independiente.
Pero ¡cosas veredes, Sancho! Guardadas las condiciones,
los casos del recién electo presidente de Ecuador, Gutiérrez, el
de Brasil, Da Silva, e incluso el tristemente célebre Fujimori de
los 90, el de aquella primera elección, son evidencias contundentes
de que es posible romper la poderosa mancuerna del bipartidismo.
La Constitución impide la candidatura no partidaria. Ya sabemos
que este fue un coup du minorite, magistralmente colado en la Carta
Política.
Hace unas semanas, los que están en el espacio interpartidario
vieron colapsar la posibilidad de tener, por lo menos por cinco
años y aunque fuese de forma, un Gobierno de la mayoría. Los genios
de la democracia, los acuñadores de la libertad, fraternidad e igualdad,
no podrían jamás haber pensado lo que los poderosos de cada país
han hecho de su dorada tríada. Ou est L’acualité, se preguntarían
los padres de la electocracia, si pudieran ver lo que le ha ocurrido
a Vallarino. ¿De cuál democracia habla la presidenta? ¿Podría haber
algún ente más autocrático, dictatorial y antidemocrático que la
cúpula de su partido mayoritario?
Una paradoja del mejor teatro. Vallarino no reprsentaría
precisamente los intereses populares, ni en estricto ni en laxo
sensu, pero constituiría lo que podríamos denominar la posibilidad
de la tri-alternabilidad y quizá una oportunidad y antecedente que
abriría perspectivas a futuras candidaturas de arraigo popular.
No podrían darse mejores condiciones. Amplios sectores de votantes,
quizá más del 60%, no van ni con la alianza que conformará el oficialismo
ni tampoco con la que pudiera consolidar la oposición; así lo demostró
la estadística de las elecciones pasadas. Por supuesto, ¡a menos
que ocurra un milagro! Esa amplia mayoría del pueblo panameño, de
los que no votaron, no inscrita en ningún partido, y un importante
sector de los partidos de registro mínimo, habría encontrado una
vía para asestarle en la morcilla al bipartidismo. Además que allí
deberíamos contar a miles de aquellos que aun cuando están inscritos,
lo están por no tener más alternativa para poner la olla, y que
también sumarían a la hora de contar los votos. Y yo sí tengo plena
confianza en que los votos serán contados para quien los deposite
el pueblo; de esto tengo plena y absoluta confianza.
Los magos de la política, esos que suman y restan,
desde los resultados de las estadísticas y desde las encuestas no
cuentan a la mayoría que decide; y que me perdone la presidenta,
que en las elecciones pasadas, la de carne hueso no la ganó su partido,
sino el de su adversario principal. Cuando llega la hora decisiva
no hay ungidos de cúpula ni sacos de cemento ni seco ni caña de
azúcar que valga; el pueblo le dispara el voto al que encontró en
su conciencia y en la espontaneidad de su sentido de conservación.
De seguro que en las próximas elecciones le aventará el voto al
que menos le promete y al que le pueda quitar de encima el pesado
fardo de las privatizaciones, los impuestos de madrugada, los regalos
portuarios, las concesiones multimodales y a los alíbabá del alba.
Aún sigo pensando que el “no” de Vallarino es una táctica de guerra
de baja intensidad, y que quien estuvo atento al momento en que
lo pronunció, percibió que su voz dijo una cosa y el acompañamiento
muscular total de su rictus dijo otra y, quizá, a quien le ha sido
vedado el derecho a correr por la silla presidencial, por obra y
gracia de una práctica primitiva y dictatorial, tome en cuenta que
la mayoría votante no está inscrita en los partidos que más adherentes
oficiales tienen. Pero no demorarán los sectores y fuerzas políticas
opositoras en encontrar un candidato, que sin tener una pizca de
liderazgo, lo presenten para capitalizar ese segmento del pueblo
votante no inscrito y a los inscritos por conveniencia. En todo
caso no será un candidato del pueblo.
El autor es docente universitario
Además en opinión
• Mi tierra: I. Roberto
Eisenmann, Jr. •
Bella, soberana y centenaria: Rafael Mezquita •
La oportunidad de la mayoría no partidaria:
Anel González •
Oda a nuestro Cuchungo: Desmond Harrington Shelton
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