Muerte celular programada
Eva Aguilar
eaguilar@prensa.com
La ciencia
ha tomado del griego la palabra apoptosis —término que define la
caída natural de las hojas de los árboles— para nombrar el proceso
fisiológico por el cual una célula muere para dar paso a otras,
de la misma forma en que, en determinados momentos de su vida, el
árbol se deshace de sus hojas para dar paso a las nuevas. Es decir,
para nombrar un fenómeno natural que ocurre en todos los organismos,
conclusión optimista a la que se llegó después de que por mucho
tiempo se pensara que la muerte celular era signo inequívoco de
enfermedad. Fue a principios del siglo XX cuando los científicos
descubrieron que la muerte celular es necesaria para que los organismos
sigan viviendo, porque está relacionada con procesos tan vitales
como la metamorfosis de los animales, la formación del sistema circulatorio
o la regeneración de las capas de la piel. De esa forma, se estableció
la diferencia entre la necrosis —muerte celular patológica—, y la
apoptosis, o muerte celular programada: mientras que la primera
se produce a causa de enfermedad o agresión física o química que
altera la función celular, en la apoptosis es la célula la que “decide”
morir.
Dado que una de las modalidades de muerte se produce de forma violenta y la otra responde a una norma natural, las consecuencias de ambos fenómenos también son distintas.
En la necrosis la membrana celular se rompe y el contenido se libera de forma desordenada, lo que desata el ataque de otras células llamadas macrófagos, que se encargan de comerse los restos celulares. En este caso, la acción se manifiesta con hinchazón y dolor. Casi no hay producción de energía porque toda se pierde en el momento.
En la apoptosis —llamada también “suicidio celular” debido a la activa participación que tiene la propia célula— el proceso ocurre como un ritual ordenado: una vez que la célula recibe las señales químicas que le indican que ha llegado la hora de morir, se ponen en marcha mecanismos enzimáticos que destruyen las estructuras internas que le son vitales (como las proteínas y las cadenas de ADN que contienen el material genético), y dado que es un proceso endergónico, es decir, que ocurre dentro de la membrana celular sin que esta se rompa, la célula se vale de sustancias que expulsa al exterior y que atraen a los macrófagos y a otras células que acabarán con los pequeños corpúsculos a los que queda reducida. Nada se desperdicia en este proceso, porque la célula deja toda su energía para ser aprovechada por otras, de la misma forma en que el humus alimenta el bosque a partir de las hojas caídas.
Exceso y defecto
Toda la materia viva está compuesta por células y todas las células pasan por un ciclo vital: se dividen para formar células hijas, crecen y mueren. El secreto para mantener la “juventud” de las células está en el balance que se establece entre la continua división y la muerte. Dicho de otro modo, entre la formación de células nuevas a partir de las que ya han madurado, y la eliminación de las que envejecen. Si el cuerpo elimina estas últimas por medio de apoptosis, es precisamente porque esas células viejas amenazan con enfermar al organismo.
Sin embargo, hay ocasiones en que ese proceso da un giro equivocado y entonces pueden ocurrir dos cosas: que la apoptosis se detenga y el cuerpo se vea obligado a quedarse con las células enfermas (que a su vez enfermarán a otras), o, por el contrario, que se produzca una muerte celular acelerada y se eliminen incluso células que están sanas, sin posibilidades de una regeneración rápida.
La inhibición o exceso de apoptosis se produce porque, así como desde dentro y fuera de las células se ponen en funcionamiento mecanismos que favorecen la eliminación selectiva de aquellas no deseadas, también pueden activarse otros que impiden la muerte celular cuando esta es necesaria, o la aceleren rompiendo el equilibrio entre división y muerte. Es entonces cuando el organismo se enferma.
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