Emiliani, la valentía de un humanista
cristiano
Los humanistas son ateos,
agnósticos o creyentes, pero no parten del ateísmo, agnosticismo
o de la fe para fundamentar su visión del mundo y su proceder; parten
del ser humano y de sus necesidades inmediatas
Xavier Sáez-Llorens xsaezll@cwpanama.net
Hace unas tres semanas fui gentilmente invitado
por Geraldine Emiliani al lanzamiento del libro titulado Me mueve
la compasión cuya autoría pertenece a su hermano, monseñor Rómulo.
Aunque no admiro los ideales teológicos ni comparto las motivaciones
y creencias del obispo auxiliar de Honduras –de hecho soy un confeso
antagonista–, decidí asistir encantado en compañía de mi esposa
a este homenaje por varias razones. Primero, porque tanto su hermana
como su madre son personas que gozan de mi sincero aprecio. Segundo,
porque me fascina todo lo relacionado con la cultura literaria.
Tercero, porque don Rómulo se ha ganado el cariño de multitudes
por su esfuerzo personal y lucha desinteresada a favor de los segmentos
más desaventajados de nuestro país. Y finalmente, porque por sus
valientes y perseverantes actuaciones, muchas veces apartándose
de los lineamientos tradicionales de la cúpula eclesial, lo considero
uno de los pocos humanistas cristianos, genuinamente comprometido,
que ha tenido nuestra República a lo largo de su historia.
La Real Academia de la Lengua define humanismo
como una doctrina o actitud vital basada en la concepción integradora
de los valores humanos; un humanista es, por tanto, la persona que
la practica. A mi entender, esta definición no solo es mezquina
y diluyente, sino que carece de especificidad y deja abierta la
puerta a la relatividad en la interpretación del concepto. Desde
mi punto de vista, un humanista es aquella persona cuyo actuar en
la vida tiene como principales derroteros la estimulación de la
creatividad del hombre para dominar y transformar su entorno en
beneficio colectivo y la ayuda al prójimo en sus necesidades vitales,
sin que medien intereses personales de ningún tipo y muchas veces
anteponiéndolos para conseguir el bienestar ajeno. No solo actúa
motivado por la compasión (simple humanitarismo) sino que tiene
el coraje de intentar cambiar, con perseverancia y contundencia,
la mentalidad de los integrantes de la sociedad, aun en las condiciones
de mayor adversidad, con el fin de lograr sus nobles objetivos.
La personalidad del humanista no es dictada por nadie ni se enmarca
dentro de directrices institucionales de ninguna índole. Su motivación
no debe tampoco obedecer a la búsqueda de la aprobación de algún
dios para obtener la gracia eterna, ir directamente al cielo sin
pasar por el purgatorio o conseguir vivir en un paraíso después
de morir en la tierra. El humanismo no es una corriente anti-religiosa,
sino una línea de pensamiento pro-humana.
Un auténtico humanista no necesariamente tiene que
fundar o ser voluntario de una asociación benéfica ni requiere pertenecer
a ningún culto, clase social, género, estatus económico o afiliación
política. Los grandes humanistas de la historia han sido cleros
o seculares, comunistas o capitalistas, ricos o pobres, hombres
o mujeres, blancos, negros, amarillos o indígenas, americanos, asiáticos,
europeos o africanos. El verdadero humanista tiene valores morales
generados directamente por su conciencia, es fiel a sus principios,
no arruga su postura ni se deja intimidar por nadie, sabe que guardar
silencio ante la adversidad es sinónimo de suspicaz complicidad
y no utiliza sofismas ni recurre a la vanidad para expresar sus
pensamientos. El humanista se interesa por buscarle sentido a la
vida, apartándose de la resignación y el absurdo. La valentía en
su accionar, en su lenguaje o en su escritura constituye un atributo
innato del humanista genuino. Los humanistas son ateos, agnósticos
o creyentes, pero no parten del ateísmo, agnosticismo o de la fe
para fundamentar su visión del mundo y su proceder; parten del ser
humano y de sus necesidades inmediatas. Hago énfasis en todas estas
cualidades no solo para justificar mi atrevimiento de incluir a
monseñor Emiliani en esta corriente intelectual, sino también para
refutar un escrito desafortunado, cargado de elucubraciones inconexas,
interpretaciones simplistas y definiciones ancladas en el tiempo,
claramente desfasadas de la realidad contemporánea, escrito recientemente
(La Prensa, 4 de enero del 2003).
Al leer Me mueve la compasión debo confesar que
la forma de escribir de monseñor Emiliani no es de mi completo agrado
literario. Prefiero la prosa más finamente hilvanada y elaborada
que utiliza su hermana para plasmar las ideas. No obstante, los
temas abordados en la obra y sus pruriginosos contenidos son fiel
reflejo de la personalidad altruista, dinámica y profundamente humanista
del autor. Trata, en todo momento, de reforzar la dignidad humana,
de promover la transparencia y de inspirar la búsqueda de los mejores
valores morales, eso sí bajo el paraguas de su fe en Dios. Deja
entrever, sin embargo, la importancia de la espiritualidad individual
sobre la institucional. Me llama la atención que en ninguno de sus
escritos se pronuncia en contra de la anticoncepción, si bien presumo
que, por obediencia, se opondría si fuese públicamente cuestionado
–algo que me decepcionaría si ocurriese. Prefiero pensar que se
abstiene de emitir juicios robóticos sobre las técnicas anticonceptivas
para no chocar con los probados beneficios en favor de la salud
colectiva de la población más humilde. Denuncia todo tipo de corrupción
e hipocresía, incluso aquella cometida por huestes de su propia
Iglesia. Me recuerda mucho al padre Natalio, el único sacerdote
decente que actuó en la película El crimen del padre Amaro, quien
precisamente por su honestidad e identificación con los desposeídos
fue aislado por la jerarquía obispal de su país. No me extrañaría
que su exilio de tierras darienitas y posterior traslado a Honduras
tenga que ver más que con amenazas de guerrilleros colombianos,
con espurios destellos de poder, envidia y mediocridad, emanados
desde su misma cofradía apostólica.
Ojalá hubiesen más humanistas genuinos en Panamá.
Estoy seguro de que no solo alejaríamos a los corruptos del istmo
y mejoraríamos la distribución de las riquezas entre nuestros habitantes,
sino que se modernizaría la institucionalidad católica para reemplazar
el actual modelo dictatorial, monárquico y medieval, por uno más
democrático, tolerante y participativo. Hay que traer, con urgencia,
a don Rómulo de vuelta a la patria para que lidere una revolución
religiosa de iniciativa panameña. Se organizarían debates intelectuales
más excitantes en nuestra sociedad, ¿no creen?
El autor es pediatra infectólogo
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