Panamá, 20 de enero de 2003
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Emiliani, la valentía de un humanista cristiano

Los humanistas son ateos, agnósticos o creyentes, pero no parten del ateísmo, agnosticismo o de la fe para fundamentar su visión del mundo y su proceder; parten del ser humano y de sus necesidades inmediatas

Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net

Hace unas tres semanas fui gentilmente invitado por Geraldine Emiliani al lanzamiento del libro titulado Me mueve la compasión cuya autoría pertenece a su hermano, monseñor Rómulo. Aunque no admiro los ideales teológicos ni comparto las motivaciones y creencias del obispo auxiliar de Honduras –de hecho soy un confeso antagonista–, decidí asistir encantado en compañía de mi esposa a este homenaje por varias razones. Primero, porque tanto su hermana como su madre son personas que gozan de mi sincero aprecio. Segundo, porque me fascina todo lo relacionado con la cultura literaria. Tercero, porque don Rómulo se ha ganado el cariño de multitudes por su esfuerzo personal y lucha desinteresada a favor de los segmentos más desaventajados de nuestro país. Y finalmente, porque por sus valientes y perseverantes actuaciones, muchas veces apartándose de los lineamientos tradicionales de la cúpula eclesial, lo considero uno de los pocos humanistas cristianos, genuinamente comprometido, que ha tenido nuestra República a lo largo de su historia.

La Real Academia de la Lengua define humanismo como una doctrina o actitud vital basada en la concepción integradora de los valores humanos; un humanista es, por tanto, la persona que la practica. A mi entender, esta definición no solo es mezquina y diluyente, sino que carece de especificidad y deja abierta la puerta a la relatividad en la interpretación del concepto. Desde mi punto de vista, un humanista es aquella persona cuyo actuar en la vida tiene como principales derroteros la estimulación de la creatividad del hombre para dominar y transformar su entorno en beneficio colectivo y la ayuda al prójimo en sus necesidades vitales, sin que medien intereses personales de ningún tipo y muchas veces anteponiéndolos para conseguir el bienestar ajeno. No solo actúa motivado por la compasión (simple humanitarismo) sino que tiene el coraje de intentar cambiar, con perseverancia y contundencia, la mentalidad de los integrantes de la sociedad, aun en las condiciones de mayor adversidad, con el fin de lograr sus nobles objetivos. La personalidad del humanista no es dictada por nadie ni se enmarca dentro de directrices institucionales de ninguna índole. Su motivación no debe tampoco obedecer a la búsqueda de la aprobación de algún dios para obtener la gracia eterna, ir directamente al cielo sin pasar por el purgatorio o conseguir vivir en un paraíso después de morir en la tierra. El humanismo no es una corriente anti-religiosa, sino una línea de pensamiento pro-humana.

Un auténtico humanista no necesariamente tiene que fundar o ser voluntario de una asociación benéfica ni requiere pertenecer a ningún culto, clase social, género, estatus económico o afiliación política. Los grandes humanistas de la historia han sido cleros o seculares, comunistas o capitalistas, ricos o pobres, hombres o mujeres, blancos, negros, amarillos o indígenas, americanos, asiáticos, europeos o africanos. El verdadero humanista tiene valores morales generados directamente por su conciencia, es fiel a sus principios, no arruga su postura ni se deja intimidar por nadie, sabe que guardar silencio ante la adversidad es sinónimo de suspicaz complicidad y no utiliza sofismas ni recurre a la vanidad para expresar sus pensamientos. El humanista se interesa por buscarle sentido a la vida, apartándose de la resignación y el absurdo. La valentía en su accionar, en su lenguaje o en su escritura constituye un atributo innato del humanista genuino. Los humanistas son ateos, agnósticos o creyentes, pero no parten del ateísmo, agnosticismo o de la fe para fundamentar su visión del mundo y su proceder; parten del ser humano y de sus necesidades inmediatas. Hago énfasis en todas estas cualidades no solo para justificar mi atrevimiento de incluir a monseñor Emiliani en esta corriente intelectual, sino también para refutar un escrito desafortunado, cargado de elucubraciones inconexas, interpretaciones simplistas y definiciones ancladas en el tiempo, claramente desfasadas de la realidad contemporánea, escrito recientemente (La Prensa, 4 de enero del 2003).

Al leer Me mueve la compasión debo confesar que la forma de escribir de monseñor Emiliani no es de mi completo agrado literario. Prefiero la prosa más finamente hilvanada y elaborada que utiliza su hermana para plasmar las ideas. No obstante, los temas abordados en la obra y sus pruriginosos contenidos son fiel reflejo de la personalidad altruista, dinámica y profundamente humanista del autor. Trata, en todo momento, de reforzar la dignidad humana, de promover la transparencia y de inspirar la búsqueda de los mejores valores morales, eso sí bajo el paraguas de su fe en Dios. Deja entrever, sin embargo, la importancia de la espiritualidad individual sobre la institucional. Me llama la atención que en ninguno de sus escritos se pronuncia en contra de la anticoncepción, si bien presumo que, por obediencia, se opondría si fuese públicamente cuestionado –algo que me decepcionaría si ocurriese. Prefiero pensar que se abstiene de emitir juicios robóticos sobre las técnicas anticonceptivas para no chocar con los probados beneficios en favor de la salud colectiva de la población más humilde. Denuncia todo tipo de corrupción e hipocresía, incluso aquella cometida por huestes de su propia Iglesia. Me recuerda mucho al padre Natalio, el único sacerdote decente que actuó en la película El crimen del padre Amaro, quien precisamente por su honestidad e identificación con los desposeídos fue aislado por la jerarquía obispal de su país. No me extrañaría que su exilio de tierras darienitas y posterior traslado a Honduras tenga que ver más que con amenazas de guerrilleros colombianos, con espurios destellos de poder, envidia y mediocridad, emanados desde su misma cofradía apostólica.

Ojalá hubiesen más humanistas genuinos en Panamá. Estoy seguro de que no solo alejaríamos a los corruptos del istmo y mejoraríamos la distribución de las riquezas entre nuestros habitantes, sino que se modernizaría la institucionalidad católica para reemplazar el actual modelo dictatorial, monárquico y medieval, por uno más democrático, tolerante y participativo. Hay que traer, con urgencia, a don Rómulo de vuelta a la patria para que lidere una revolución religiosa de iniciativa panameña. Se organizarían debates intelectuales más excitantes en nuestra sociedad, ¿no creen?

El autor es pediatra infectólogo

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