Panamá, 20 de enero de 2003
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Desmembrando a Petróleos de Venezuela

En vez de negociar, el Gobierno se ha empeñado en confrontar hasta el final, dispuesto a acabar con la estructura corporativa, si es necesario desnacionalizando la operación de la industria

Aurelio F. Concheso
aurelco@cantv.net

Demorará años para que realmente la economía venezolana sienta el impacto por el desmembramiento de Petróleos de Venezuela, S.A. (PDVSA) que en estos momentos se está produciendo. Si algún acierto tuvieron los gobiernos democráticos del último medio siglo, fue proceder a la estatización de nuestra principal industria de una manera juiciosa que la aislaba del vaivén político en cuanto a su gerencia y desempeño técnico se refiere. Este aislamiento permitió que lo mejor de la cultura empresarial de las antiguas operadoras privadas se preservara y se fuera sintetizando lentamente en una nueva cultura corporativa propia, es cierto, pero permeada de los valores de la meritocracia, la competencia técnica, la innovación tecnológica y la eficiencia que la precedían.

Los resultados estaban a la vista. PDVSA se convirtió en una de las principales empresas energéticas del mundo, integrada verticalmente desde el pozo hasta el surtidor de gasolina, y como caso único entre empresas estatales, con patrones de desempeño que igualaban o excedían los de sus pares en países desarrollados tales como Exxon, Shell y British Petroleum. Finalmente, el reconocimiento máximo se lo otorgaba el mercado financiero internacional, al darle a PDVSA una clasificación de riesgo mucho más favorable que la que le otorga a la deuda soberana del Estado venezolano.

En un país donde el culto a la excelencia es visto con recelo, sobre todo por ciertos círculos políticos e “intelectuales” que lo consideran parte de un “complot” del “imperio capitalista globalizador”, el indiscutible éxito de PDVSA en escapar de la ineficiencia estructural de empresas estatales como PEMEX y PETROBRAS no podía pasar desapercibido. Desde un inicio estos círculos desarrollaron toda una teoría sobre la perversidad de ese éxito, que por fortuna durante años se mantuvo limitada a oscuras salas de universitarios y grupos como Fundapatria. Al llegar el nuevo gobierno en 1999, sin embargo, quienes durante años habían visualizado el desmembramiento y politización de PDVSA como un vehículo para librar al país del yugo esclavizante de la globalizadora cultura de excelencia, encontraron un apoyo político para la aplicación de sus teorías.

Los primeros intentos se encontraron con el rechazo colectivo de obreros y gerentes (produciendo la primera huelga petrolera en mucho tiempo), y el Gobierno reaccionó correctamente al colocar un administrador (como Guaicaipuro Lameda) al frente de la compañía. La tregua fue corta, y produjo una nueva crisis con el cambio de directiva de febrero, y por último con las acciones más diplomáticas, es cierto, pero siempre en la misma dirección del nuevo presidente a partir de mayo.

Los trágicos resultados están a la vista. En vez de negociar, el Gobierno se ha empeñado en confrontar hasta el final, dispuesto a acabar con la estructura corporativa, si es necesario desnacionalizando la operación de la industria. Ya los mercados financieros han dado su primer veredicto, al reducir la clasificación de deuda de PDVSA al nivel de “bonos basura”. Los competidores, como México y Arabia Saudita se frotan las manos al desplazar barriles venezolanos del mercado estadounidense, y el presupuesto nacional comienza a crujir ante la perspectiva de menores niveles de producción, mayores costos por barril, o una combinación de ambos. Finalmente, 80 años de bien ganada fama como proveedor seguro se han ido por la borda. ¿Valdrá la pena tanta intransigencia para imponer a sangre y fuego unas teorías que probablemente nunca deberían haberse escapado de las aulas de la UCV? Con seguridad que no, pero el experimento lo vamos a pagar todos los venezolanos.

El autor es presidente del Centro de Divulgación del Conocimiento Económico (CEDICE)

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