
Desmembrando a Petróleos de Venezuela
En vez de negociar, el
Gobierno se ha empeñado en confrontar hasta el final, dispuesto
a acabar con la estructura corporativa, si es necesario desnacionalizando
la operación de la industria
Aurelio F. Concheso aurelco@cantv.net
Demorará años para que realmente la economía
venezolana sienta el impacto por el desmembramiento de Petróleos
de Venezuela, S.A. (PDVSA) que en estos momentos se está produciendo.
Si algún acierto tuvieron los gobiernos democráticos del último
medio siglo, fue proceder a la estatización de nuestra principal
industria de una manera juiciosa que la aislaba del vaivén político
en cuanto a su gerencia y desempeño técnico se refiere. Este aislamiento
permitió que lo mejor de la cultura empresarial de las antiguas
operadoras privadas se preservara y se fuera sintetizando lentamente
en una nueva cultura corporativa propia, es cierto, pero permeada
de los valores de la meritocracia, la competencia técnica, la innovación
tecnológica y la eficiencia que la precedían.
Los resultados estaban a la vista. PDVSA
se convirtió en una de las principales empresas energéticas del
mundo, integrada verticalmente desde el pozo hasta el surtidor de
gasolina, y como caso único entre empresas estatales, con patrones
de desempeño que igualaban o excedían los de sus pares en países
desarrollados tales como Exxon, Shell y British Petroleum. Finalmente,
el reconocimiento máximo se lo otorgaba el mercado financiero internacional,
al darle a PDVSA una clasificación de riesgo mucho más favorable
que la que le otorga a la deuda soberana del Estado venezolano.
En un país donde el culto a la excelencia es visto
con recelo, sobre todo por ciertos círculos políticos e “intelectuales”
que lo consideran parte de un “complot” del “imperio capitalista
globalizador”, el indiscutible éxito de PDVSA en escapar de la ineficiencia
estructural de empresas estatales como PEMEX y PETROBRAS no podía
pasar desapercibido. Desde un inicio estos círculos desarrollaron
toda una teoría sobre la perversidad de ese éxito, que por fortuna
durante años se mantuvo limitada a oscuras salas de universitarios
y grupos como Fundapatria. Al llegar el nuevo gobierno en 1999,
sin embargo, quienes durante años habían visualizado el desmembramiento
y politización de PDVSA como un vehículo para librar al país del
yugo esclavizante de la globalizadora cultura de excelencia, encontraron
un apoyo político para la aplicación de sus teorías.
Los primeros intentos se encontraron con el rechazo
colectivo de obreros y gerentes (produciendo la primera huelga petrolera
en mucho tiempo), y el Gobierno reaccionó correctamente al colocar
un administrador (como Guaicaipuro Lameda) al frente de la compañía.
La tregua fue corta, y produjo una nueva crisis con el cambio de
directiva de febrero, y por último con las acciones más diplomáticas,
es cierto, pero siempre en la misma dirección del nuevo presidente
a partir de mayo.
Los trágicos resultados están a la vista. En vez
de negociar, el Gobierno se ha empeñado en confrontar hasta el final,
dispuesto a acabar con la estructura corporativa, si es necesario
desnacionalizando la operación de la industria. Ya los mercados
financieros han dado su primer veredicto, al reducir la clasificación
de deuda de PDVSA al nivel de “bonos basura”. Los competidores,
como México y Arabia Saudita se frotan las manos al desplazar barriles
venezolanos del mercado estadounidense, y el presupuesto nacional
comienza a crujir ante la perspectiva de menores niveles de producción,
mayores costos por barril, o una combinación de ambos. Finalmente,
80 años de bien ganada fama como proveedor seguro se han ido por
la borda. ¿Valdrá la pena tanta intransigencia para imponer a sangre
y fuego unas teorías que probablemente nunca deberían haberse escapado
de las aulas de la UCV? Con seguridad que no, pero el experimento
lo vamos a pagar todos los venezolanos.
El autor es presidente del Centro de Divulgación
del Conocimiento Económico (CEDICE)
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