
La hora de abandonar Corea
Es cierto que Corea del
Norte, con sus armas nucleares y su descarada extorsión es un problema
internacional, pero no exactamente para Estados Unidos
Carlos Alberto Montaner
Probablemente, la decisión menos mala que
puede tomar Washington ante la crisis de Corea sería comenzar a
empacar los matules y abandonar discretamente esa península antes
de poner en peligro a los 37 mil soldados allí acantonados. Al fin
y al cabo, la presencia estadounidense en ese país es la consecuencia
de una etapa superada de la historia: la Segunda Guerra Mundial
y la inmediata guerra fría que siguió a la derrota del eje nazifascista.
En 1945, los rusos entraron por el norte
y los estadounidenses por el sur en persecución de los ejércitos
japoneses. Tras la derrota de Tokio, poder dominante en Corea desde
principios del siglo XX, el paralelo 38 marcó la frontera entre
las dos zonas de influencia, y cinco años más tarde, en 1950, la
Corea comunista, auxiliada por China y dirigida por la URSS, desató
una terrible guerra de conquista. Harry Truman, entonces comprometido
con la política de contención frente al espasmo imperial de los
soviéticos, presentó batalla y consiguió derrotar a los invasores
al altísimo costo de un millón y medio de cadáveres, de los cuales
más de 30 mil fueron jóvenes estadounidenses. Finalmente, se firmó
un armisticio provisional, todavía vigente, que devolvió la situación
al estatus anterior al conflicto.
A partir de ese momento comenzó una fascinante competencia
entre las dos Coreas, entre los dos sistemas, en la que ambos partían
de las ruinas dejadas por la tremenda devastación de la guerra.
El norte, protegido y asesorado por China y la URSS, se convirtió
en un manicomio colectivista, organizado como una especie de colmena
humana, obediente y laboriosa, bajo la dirección del caudillo Kim
Il Sung, mientras el sur, cobijado por el paraguas estadounidense,
comenzó a evolucionar lentamente en dirección del multipartidismo
y la libertad económica, lo que necesariamente implicaba crisis
frecuentes en la estructura de poder, escándalos relacionados con
la corrupción, improvisaciones en el terreno de las medidas de gobierno
y fluctuaciones provocadas por los bandazos propios de un sistema
abierto. Por otra parte, étnicamente los coreanos conformaban uno
de los pueblos más homogéneos del planeta, de manera que el mundo
estaba ante un perfecto ensayo de laboratorio destinado a comparar
los resultados que se obtenían con la aplicación del modelo comunista
o con la economía de mercado y las instituciones políticas liberales
defendidas en Occidente.
Tras varias décadas de contraste la conclusión era
inocultable: Corea del Norte, gobernada con mano de hierro, se había
convertido en un país absolutamente miserable, incapaz de alimentarse
o de calentarse en el invierno, víctima de severas hambrunas que
liquidaban al 10% de la población, mientras Corea del Sur se había
transformado en una nación próspera, con una economía industrial
muy variada y producción dotada de alto valor agregado, mientras,
simultáneamente, conquistaba parcelas crecientes de libertad política
y respeto por los derechos humanos. Corea del Sur era uno de los
“tigres asiáticos”. Corea del Norte, una especie de coyote aullador,
muerto de frío y de hambre, que solo había logrado cierto grado
de excelencia en un aspecto siniestro de la producción: la industria
armamentista. Entre los cañones y la mantequilla, había optado por
los cañones.
Ante la exitosa historia de Corea del Sur muchos
estadounidenses se preguntan por qué los rechazan tantos surcoreanos,
incluidos los triunfadores en los últimos comicios, si la prosperidad
y la estabilidad de ese país se deben, esencialmente, a la presencia
y el respaldo de Estados Unidos. Y la respuesta es comprensible:
porque los surcoreanos, a estas alturas de la historia, se sienten
capaces de volar por cuenta propia. Atrapados entre chinos y japoneses,
los surcoreanos siempre vivieron bajo el “síndrome del protectorado”,
pese a ser un antiquísimo país orgulloso de sus tradiciones y logros
intelectuales. A principios del siglo XX, cuando fueron ocupados
por Japón –zarpazo imperial que pragmática y un tanto inmoralmente
validó Teddy Roosevelt–, la sociedad perdió el control de su destino.
Luego, en la segunda mitad de la centuria, los protegió el ala militar
y económica de Estados Unidos. Hoy, sencillamente, ya no los necesitan.
Es cierto que Corea del Norte, con sus armas nucleares
y su descarada extorsión –ahora quiere utilizar sus cañones para
robar mantequilla–, es un problema internacional, pero no exactamente
para Estados Unidos, sino, en primer lugar, para Corea del Sur,
Japón, China y Rusia: que sean esas naciones, dos de ellas potencias
nucleares, las que se enfrenten al problema. Pero para poder alejarse
del conflicto, primero es indispensable repatriar las tropas estadounidenses,
pues mientras estén al alcance de un misil atómico norcoreano no
son realmente guardianes, sino rehenes sometidos a chantaje.
¿Cuál es el lado débil de esta proposición? Probablemente,
la pérdida de protagonismo y liderazgo que comporta, pero es preferible
la disminución del rol estadounidense como única potencia del planeta,
que desangrarse inútilmente en el desempeño de un papel que, además,
casi nadie agradece. Estados Unidos, sabiamente, abandonó Filipinas
tras el fin de la Segunda Guerra y Panamá varias décadas más tarde.
Ahora le llegó el turno a Corea del Sur. A Churchill se le atribuye
la frase de que el genio de las grandes naciones no está en saber
escoger a sus amigos, sino a sus enemigos. Seguramente tenía razón.
(Firmas Press)
El autor es periodista y analista internacional
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