Panamá, 17 de enero de 2003
 
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Mis muertes preferidas

La del poeta, escritor, filósofo, militar, etc., Chuchú Martínez es una brasa ardiente en su denuncia a la invasión del 20 de diciembre

Jaime A. Porcell Alemán

Cuando escuché las circunstancias que rodean los últimos momentos de Guayo Martínez, solo atiné a comentar: así quisiera morir yo.

La muerte, siempre tan absoluta y rotunda, resulta canallesca cuando niega el broche de oro al héroe, condenándolo a morir postrado de viejo, para así acallar la música que exhalan las cenizas. Ocasionalmente resuma justicia, exactitud matemática, colaborando con el mito al entregar sonoridades de grand finale.

La de Ascanio, más que muerte, fue una ascensión a la poesía de Diana Morán, José Franco, Changmarín. Enerva el fusilamiento del cholo Victoriano, en los albores de la República, víctima de la traición de propios camaradas liberales.

Las hay prescindibles, baladíes, hasta burlescas, como la del piloto Claudio Fernández. A sus 52, el capitán, recién abuelo y enamorado, cae en un insípido accidente aéreo. La parca niega dignidad a la despedida, burlándose de un polemista inclaudicable, alguien capaz de dejarse poner preso por la causa del “equipo del pueblo”, el Plaza Amador.

Arnulfo se monta en dos strikes. Uno, en aquel atentado durante una manifestación en Colón en 1932, que afecta una cuerda vocal. El otro, en aquella huelga de hambre de varón, realizada mientras permanece detenido por pedir elecciones libres, en el 46. Finalmente la parca opaca su memoria cuando lo convoca en un hospital de Miami ya octogenario.

Su antónimo Torrijos, siempre intuye que no moriría en una cama. Y en el momento preciso en que agiganta su mediación en el conflicto centroamericano, termina sembrado en cerro Marta, víctima de un accidente (?) demasiado conveniente para sus adversarios, mismo que allana el camino al mimado de la CIA, Noriega.

Aquello de genio y figura, hasta la sepultura, parece haberse enunciado como epitafio para el folclorista Ramiro Saavedra Córdova. Ramirín cuelga el acordeón luego de tres días de tamborito en San Carlos. Resulta rociado por la uretra de una que lo orina, mejor dicho, lo mea, mientras duerme, por negarse a tocar la Niña Markela. Estos personajes, graciosos hasta el último suspiro, no deben despedirse cual mortal cualquiera. Y con Ramiro, una parca pemisiva cede un dejo vernacular a la cumbia con que cierra su baile.

La del poeta, escritor, filósofo, militar, etc., Chuchú Martínez, es una brasa ardiente en su denuncia a la invasión del 20 de diciembre. La muerte de José de Jesús riposta con un gaznatón vital a la soldadesca yanqui y al estado mayor que se llenó la boca con aquello de “ni un paso atrás”, mientras abandona a la tropa en la desigual guerra.

Las capas medias y el propio pueblo han respondido cuando una muerte, bella por exacta, los convoca. Por su parte, la oligarquía deja a otros la heroicidad y nunca cotiza cuota. El 2 de enero del ´31, luego de pregonar a los cuatro vientos que “de la presidencia solo me sacan muerto”, Florencio Harmodio Arosemena termina firmando la renuncia a los golpistas de Acción Comunal y abandona el Palacio caminando.

Hará apenas unos días, conmueve el deceso pleno de civismo del comensal Juan Grael. Grael enfrenta a unos malhechores que asaltan un restaurante en San Joaquín. ¿Armado?, sí, de una silla. Le propinan tres disparos, y una vez herido, lo rematan de forma artera. Un centenar de valientes así, y en este país la delincuencia iría en retirada.

Guayo, mártir número 22, fue el cronista legítimo del 9. Ayer la gesta conmemora 39 años. Como era ya costumbre, Eduardo madruga en un periplo docente por emisoras de Chitré. Allá conoce de la represión lite en la embajada, contra estudiantes y obreros, misma en que cae una policía ingenua, azuzada por quienes temen vuelva a repetirnos el chistecito del 11 de octubre. Mientras emocionado ejercía su oficio en Radio Reforma, la parca extiende la mano, y él acepta el abrazo fatal. Yo saludo esa muerte certera y fulminante, no por habérselo llevado, sí por hacerlo vivir por siempre.

El autor es investigador de mercado

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