Panamá, 17 de enero de 2003
 
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Las trampas de los entornos

Creo que la mayor arma política de Torrijos fue ese manejo increíble e intuitivo de escaparse de todos los cercos y emboscadas que le tendían distintos “entornos”

Roberto Díaz Herrera

Dos figuras de dimensión universal, ambos militares y dictadores, tuvieron –como todos los gobernantes– cohortes y entornos aprisionantes que les ayudaron y les perjudicaron. Napoleón, con su sangre de la Córcega mediterránea es acusado por la historia de ceder a las tentaciones de sus hermanos, hermanas y cuñados, y repartir principados y cargos entre ellos para los cuales no estaban preparados. Josefina, de cierta manera, se adueñó de prebendas políticas, hasta su salida como emperatriz, por el matrimonio de Francia con Austria.

En América, Bolívar fue prisionero de sus propias pasiones, especialmente las amorosas, donde brilló Manuelita Sáenz, la misma ecuatoriana que nos sedujo, la “Libertadora del Libertador” que lo salva de los sicarios de Santander, pero le enredó la vida. El caraqueño en el plano militar, la prioridad por la independencia, tuvo buen cuidado de crear dos estados mayores, el criollo, con los Sucre, el más insigne, Páez y los otros que ambicionaban poderes regionales, y otro grupo de asesores militares europeos de alta escuela, en la estrategia, entre los cuales uno de ellos, el irlandés O’Leary, nos hizo el legado de sus memorias. Con ambos grupos, y todos sus eternos enredos de faldas logró que América se zafara del yugo español. Conocí a un personaje nacional de trascendencia indudable en varios continentes. No deseo compararlo en modo alguno con los dos anteriores. Se trata de Omar Torrijos. Lo traté directamente por 20 años, 13 de los cuales ejerció el poder en Panamá.

Nuestra relación, pese a ser estrecha, fue dual: su subalterno militar disciplinado, por una parte, por otro lado, el primo hermano y asistente, con la confianza de poder llamar en su nombre, por simple delegación, e impartir ciertas instrucciones a los ministros o altos funcionarios, o responder –sin consultarle– miles de correspondencias, telegramas especialmente, que llegaban a sus destinatarios como si los hubiese firmado el general, en atención a tantos clamores que llegaban de todos los rincones, aprovechando ese corazón irresponsablemente generoso y paternalista de Omar, el cual desde su alta posición buscaba mitigar dolores y miserias.

Nuestra posición la entendimos bien: se trataba de ayudar, intermediar, no de ser el poder. Menos de tratar de aprovecharnos del sensible cargo, lo que por otra parte nunca lo hubiese permitido el carácter del Omar. Mi tema esencial no es tan anecdótico: deseo destacar que, en medio de los humanos yerros del personaje, este tuvo virtudes tan incuestionables que le hacen mantener –pese a más de dos décadas de ausencia física– una presencia vigorosa, cuyo ejemplo notorio es la existencia y fuerza del PRD. Creo que la mayor virtud y arma política de Torrijos fue ese manejo increíble e intuitivo de escaparse de todos los cercos y emboscadas que le tendían distintos “entornos” e ir a buscar alianzas y diálogos con el que le diera la gana, sin que nadie pudiese entorpecerlo. A solas, sin testigos, aunque en la antesala hubiese un amigo del general que odiase al que estaba atendiendo. Su derecho de mandatario, de oír todos los criterios, era superior a los intereses de cualquier grupo que lo rodeaba, fuese familiar, social, económico, militar o político. Todos los que estuvimos cerca de él sabíamos que ninguno tenía el poder de administrar el poder del general. Lamentablemente Torrijos fue una excepción; los dirigentes y mandatarios se dejan atrapar generalmente por esas argollas que por pretextos diversos se adueñan del personaje, lo manipulan con halagos y sonrisas, y lo empujan hacia abajo, hasta el nivel de cada argolla. Tal cosa es un hecho histórico y su causa principal es la mediocridad, la inseguridad, la codicia, la envidia, de quienes festinan cerca de los que tienen el mando, sin concepciones ideológicas o éticas, simplemente por ser “amigos o amigas”, sin importarle que Dios concede oportunidades para gobernar a muy pocos, y que si bien tal poder debe ser delegado, la autoridad, el voto recibido, no se delega. Menos la necesidad de hablar con todos, de aproximarse a las voces de toda la sociedad, aun a los contrarios, única manera de entender el sentimiento del pueblo. La gente vota por un líder, no por el asistente, la secretaria o el amigo. ¿De qué otra manera se puede gobernar bien?... “Dile a los ministros que me dejen hablar con el que quiero, que no se me zampen en el avión o en el carro cuando voy de gira, porque lo que desean es presentarme sus obras y sus amigos. Bastante los veo diariamente”, me decía Omar. ¿Acaso esa tendencia no se está dando actualmente? ¿Cómo hablar con un personaje si no se tiene amistad con el que le manipula la agenda? Tal actitud de independencia, de elegir y no que “nos elijan amigos y enemigos”, produjo su famoso lema, “díganme lo malo, que lo bueno ya lo sé”. Ello permitió crear el más amplio y heterogéneo abanico político que jamás se haya hecho.

¿Cómo hacer una sugerencia o una crítica constructiva a un dirigente, si la censura primero un intermediario? La capacidad de saber qué cosa es importante para atenderla personalmente o no, la debe desarrollar el propio líder, si lo es. Escaparse del anillo de las cohortes será siempre el gran desafío de los dirigentes y mandatarios. Su fracaso o su triunfo. Lamentablemente son pocos los que lo logran. Y pocos los grandes.

El autor es coronel (r) y estudiante de derecho

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