Las trampas de los entornos
Creo que la mayor arma
política de Torrijos fue ese manejo increíble e intuitivo de escaparse
de todos los cercos y emboscadas que le tendían distintos “entornos”
Roberto Díaz Herrera
Dos figuras de dimensión universal, ambos
militares y dictadores, tuvieron –como todos los gobernantes– cohortes
y entornos aprisionantes que les ayudaron y les perjudicaron. Napoleón,
con su sangre de la Córcega mediterránea es acusado por la historia
de ceder a las tentaciones de sus hermanos, hermanas y cuñados,
y repartir principados y cargos entre ellos para los cuales no estaban
preparados. Josefina, de cierta manera, se adueñó de prebendas políticas,
hasta su salida como emperatriz, por el matrimonio de Francia con
Austria.
En América, Bolívar fue prisionero de sus
propias pasiones, especialmente las amorosas, donde brilló Manuelita
Sáenz, la misma ecuatoriana que nos sedujo, la “Libertadora del
Libertador” que lo salva de los sicarios de Santander, pero le enredó
la vida. El caraqueño en el plano militar, la prioridad por la independencia,
tuvo buen cuidado de crear dos estados mayores, el criollo, con
los Sucre, el más insigne, Páez y los otros que ambicionaban poderes
regionales, y otro grupo de asesores militares europeos de alta
escuela, en la estrategia, entre los cuales uno de ellos, el irlandés
O’Leary, nos hizo el legado de sus memorias. Con ambos grupos, y
todos sus eternos enredos de faldas logró que América se zafara
del yugo español. Conocí a un personaje nacional de trascendencia
indudable en varios continentes. No deseo compararlo en modo alguno
con los dos anteriores. Se trata de Omar Torrijos. Lo traté directamente
por 20 años, 13 de los cuales ejerció el poder en Panamá.
Nuestra relación, pese a ser estrecha, fue dual:
su subalterno militar disciplinado, por una parte, por otro lado,
el primo hermano y asistente, con la confianza de poder llamar en
su nombre, por simple delegación, e impartir ciertas instrucciones
a los ministros o altos funcionarios, o responder –sin consultarle–
miles de correspondencias, telegramas especialmente, que llegaban
a sus destinatarios como si los hubiese firmado el general, en atención
a tantos clamores que llegaban de todos los rincones, aprovechando
ese corazón irresponsablemente generoso y paternalista de Omar,
el cual desde su alta posición buscaba mitigar dolores y miserias.
Nuestra posición la entendimos bien: se trataba
de ayudar, intermediar, no de ser el poder. Menos de tratar de aprovecharnos
del sensible cargo, lo que por otra parte nunca lo hubiese permitido
el carácter del Omar. Mi tema esencial no es tan anecdótico: deseo
destacar que, en medio de los humanos yerros del personaje, este
tuvo virtudes tan incuestionables que le hacen mantener –pese a
más de dos décadas de ausencia física– una presencia vigorosa, cuyo
ejemplo notorio es la existencia y fuerza del PRD. Creo que la mayor
virtud y arma política de Torrijos fue ese manejo increíble e intuitivo
de escaparse de todos los cercos y emboscadas que le tendían distintos
“entornos” e ir a buscar alianzas y diálogos con el que le diera
la gana, sin que nadie pudiese entorpecerlo. A solas, sin testigos,
aunque en la antesala hubiese un amigo del general que odiase al
que estaba atendiendo. Su derecho de mandatario, de oír todos los
criterios, era superior a los intereses de cualquier grupo que lo
rodeaba, fuese familiar, social, económico, militar o político.
Todos los que estuvimos cerca de él sabíamos que ninguno tenía el
poder de administrar el poder del general. Lamentablemente Torrijos
fue una excepción; los dirigentes y mandatarios se dejan atrapar
generalmente por esas argollas que por pretextos diversos se adueñan
del personaje, lo manipulan con halagos y sonrisas, y lo empujan
hacia abajo, hasta el nivel de cada argolla. Tal cosa es un hecho
histórico y su causa principal es la mediocridad, la inseguridad,
la codicia, la envidia, de quienes festinan cerca de los que tienen
el mando, sin concepciones ideológicas o éticas, simplemente por
ser “amigos o amigas”, sin importarle que Dios concede oportunidades
para gobernar a muy pocos, y que si bien tal poder debe ser delegado,
la autoridad, el voto recibido, no se delega. Menos la necesidad
de hablar con todos, de aproximarse a las voces de toda la sociedad,
aun a los contrarios, única manera de entender el sentimiento del
pueblo. La gente vota por un líder, no por el asistente, la secretaria
o el amigo. ¿De qué otra manera se puede gobernar bien?... “Dile
a los ministros que me dejen hablar con el que quiero, que no se
me zampen en el avión o en el carro cuando voy de gira, porque lo
que desean es presentarme sus obras y sus amigos. Bastante los veo
diariamente”, me decía Omar. ¿Acaso esa tendencia no se está dando
actualmente? ¿Cómo hablar con un personaje si no se tiene amistad
con el que le manipula la agenda? Tal actitud de independencia,
de elegir y no que “nos elijan amigos y enemigos”, produjo su famoso
lema, “díganme lo malo, que lo bueno ya lo sé”. Ello permitió crear
el más amplio y heterogéneo abanico político que jamás se haya hecho.
¿Cómo hacer una sugerencia o una crítica constructiva
a un dirigente, si la censura primero un intermediario? La capacidad
de saber qué cosa es importante para atenderla personalmente o no,
la debe desarrollar el propio líder, si lo es. Escaparse del anillo
de las cohortes será siempre el gran desafío de los dirigentes y
mandatarios. Su fracaso o su triunfo. Lamentablemente son pocos
los que lo logran. Y pocos los grandes.
El autor es coronel (r) y estudiante de derecho
Además en opinión
• Solicitudes a Juan
Jované: I. Roberto Eisenmann, Jr. •
Mis muertes preferidas: Jaime A. Porcell Alemán
• Dos
caras de la corrupción: Fernando Berguido •
Las trampas de los entornos: Roberto Díaz Herrera
|