Panamá, 17 de enero de 2003
 
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Dos caras de la corrupción

El Organo Judicial de Chile está funcionando al cumplir su misión, con rectitud, valentía e independencia

Fernando Berguido

Cada año, cuando se publica el Indice Mundial de Percepción de la Corrupción, hay un solo país de Latinoamérica que salva la cara a toda la región: Chile. Si no fuera por Chile, Latinoamérica tendría una puntuación promedio similar a la de Africa.

Transparencia Internacional ha dado una puntuación envidiable a esta nación de manera consistente en los últimos años, calificación que es comparable a la de los países más desarrollados del mundo. Cuando visité Chile recientemente me encontré, sin embargo, con una ciudadanía escandalizada por unos actos de corrupción que la prensa había denunciado, y que mantenían a la ciudadanía alarmada. Más que perturbados por los detalles que iban apareciendo en los medios de comunicación, los chilenos con quienes me entrevistaba se sentían abochornados por la conducta de sus políticos, decepcionados ante una clase política que, mal que bien, se ha ganado una reputación de probidad incomparable en la región.

Me interesó el caso y lo he seguido desde entonces. Se conoce como el caso “Coimas” y el mismo explotó a mediados de octubre del año pasado, cuando un empresario confesó haber pagado por debajo de la mesa al entonces viceministro de Transporte, para ser favorecido en la adjudicación de una concesión para la revisión de vehículos. Investigaciones posteriores apuntan a favores y regalías adicionales, y parece que parte de estos fondos fueron a parar al financiamiento de campañas políticas.

La pregunta inocente salta de inmediato: con un escándalo así, ¿cómo puede Chile seguir obteniendo calificaciones tan meritorias por los analistas e inversionistas del mundo?

La respuesta viene de la mano. No hay país en el mundo que esté libre de corrupción. La diferencia está en lo que se hace ante el fenómeno. Hay países, como el nuestro, impávidos ante el flagelo, con sistemas que no solo incentivan la corrupción por su falta de transparencia y desmesurada burocracia, sino que florecen en el medio de una cultura indulgente ante la corrupción, ignorante de su costo y consecuencias y resignada por la impunidad. Y hay otros que se han dado a la tarea de poner en práctica sistemas que la controlan, la combaten y la sancionan, producto de sociedades que sencillamente no la toleran.

Cuando llegué a Santiago, el escándalo llevaba un mes en los medios de comunicación. Menos de 30 días después ya el juez había ordenado la detención del viceministro, el jefe del gabinete ministerial y un jefe de finanzas, además de dos empresarios. Más meritorio aún, el hasta entonces viceministro de Transporte acababa de asumir como presidente del cogobernante Partido Radical Social Demócrata.

En las investigaciones se encontraron vínculos con algunos diputados oficialistas y el juez solicitó el levantamiento de la inmunidad.

Los cables internacionales acaban de dar la noticia anhelada, en lo que han denominado la mayor crisis del Gobierno chileno. “En un duro fallo contra la coalición gobernante, el pleno de la Corte Suprema de Chile quitó el fuero parlamentario a cinco diputados oficialistas por haber sospechas fundadas de su participación en casos de cohecho y soborno por el funcionamiento de centros de revisión técnica de vehículos”. Los magistrados levantaron la inmunidad a diputados de todo el abanico gobernante, dos de ellos eran incluso vicepresidentes de sus respectivos partidos políticos, además del propio vicepresidente de la Cámara Legislativa.

El levantamiento de la inmunidad, que en Chile conduce a una especie de separación del cargo, pone en aprietos a la coalición gobernante al reducir la ventaja que tenía en la Cámara de Diputados, a un solo voto.

El Organo Judicial está funcionando al cumplir su misión, con rectitud, valentía e independencia. Eso hace una gran diferencia en la democracia, en un estado de derecho, en la seguridad jurídica y en todas aquellas cualidades que hacen la verdadera diferencia entre las naciones desarrolladas y comprometidas con lograr mejores días, y las que no terminan de salir del subdesarrollo.

¿Y cómo ha reaccionado el Ejecutivo, acosado por estos escándalos, aparentemente sin precedentes en la nueva democracia chilena? El presidente Lagos, que separó de inmediato a los implicados, se ha comprometido a cumplir con la justicia “caiga quien caiga”. Luego de la decisión de la Corte Suprema se nos informa que el Palacio de la Moneda ha anunciado que tratará de enfrentar el problema frontalmente, ha planteado la necesidad de una estrategia de transparencia –me imagino el equivalente a lo que infructuosamente hemos venido proponiendo en Panamá hace varios años, un “plan nacional de integridad”– y presentando al Parlamento “regular la financiación de los partidos políticos, las remuneraciones de los altos cargos y la modernización del Estado”.

No es casual que Chile haya alcanzado y mantenido los niveles de desarrollo que tiene, destacadísimos en la región, y que sea el único país latinoamericano que año tras año logra arrancarle a la pobreza miles y miles de ciudadanos. Y es que no hay secreto en la fórmula: la lucha contra la pobreza y el subdesarrollo no tiene la más mínima posibilidad de éxito si no va de la mano de una batalla contra la corrupción.

El autor es presidente del capítulo panameño de Transparencia Internacional


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