La estructuración del país
En 1919 el presidente Belisario
Porras expidió la Ley Nº40 que creó la Junta Central de Caminos,
encargada de planificar y realizar los trabajos carreteros
Nota: La fotografía de la semana pasada salió amputada
en uno de sus extremos y por eso no apareció el joven vestido a
la usanza de esos tiempos y del cual hacíamos mención.
Harry Castro Stanziola
Foto: R. López Arias revista@prensa.com
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Nos encontramos en el soberbio
edificio situado en la Avenida Central con el anteriormente
llamado Malecón y que hoy es ocupado por unos estacionamientos,
al lado del Convento de San Francisco y a la orilla del mar.
Primitivamente, a la edificación se le conocía como el Palacio
Nacional, ya que llegó a alojar casi todos los ministerios,
llamados secretarías en aquellos tiempos. Hoy tan solo el
Ministerio de Gobierno está alojado en esa edificación, por
eso se le ha bautizado como el Palacio de esa última entidad.
Casualmente y volviendo a tiempos pretéritos, el edificio
en mención llegó a servir a las oficinas del Ministerio de
Obras Públicas, lo cual tiene estrecha relación con nuestra
fotografía de hoy, ya que se trata de una reunión relacionada
con el plan de carreteras, que a partir de la ley emitida
por el presidente Porras, se iría a implementar. El salón
es uno de los grandes y atractivos espacios con los que el
edificio contaba y que hoy, gracias a los magníficos trabajos
de restauración allí efectuados, han vuelto a ser sumamente
útiles y además han vuelto a relucir. Nótese el decorado del
techo, hoy también recuperado, la elegancia de los sillones,
los espejos, las lámparas y el ambiente en general. Se trataba,
ya lo dijimos, de una de las muchas reuniones que allí se
han debido efectuar y que en esta ocasión estaba dedicada
a organizar, tal como ya lo dijimos, la estructuración del
plan de carreteras que pronto se iba a realizar. Funcionarios
panameños y estadounidenses asistieron a la convocación, los
personajes más cercanos, por estar de espaldas, ni tan siquiera
se puede sospechar quiénes eran ni de dónde eran. El que se
dirige a los presentes y en posición de pie, si que era de
acá donde uno. Luego sigue una elegante mecanotaquígrafa,
hoy se llamarían “seres humanos computarizados”, aparentemente
zurda, que toma atenta nota —con un lápiz con buena punta,
de ahí de lo de tecnología de punta actual— de lo que se expone
o se discute allí. En la filas traseras, unos técnicos muy
solemnes esperan la ocasión o su turno para intervenir. Nos
da la impresión, mas no estamos seguros, que el ciudadano
vestido de blanco con una banda negra en la manga en señal
de luto, era el ingeniero Tomás Guardia, padre. Ustedes lo
comprobarán o lo negarán. Volviendo al primer plan de carreteras
que aprobó la Junta Central de Caminos, estas nacieron en
Aguadulce hasta el puente sobre el Río Santa María. De allí
seguiría a Parita, a Los Santos, a Las Tablas, con más o menos
un total de 90 kilómetros. Por el otro extremo y desde el
mismo Aguadulce, el futuro camino llegaría primero a Natá
y después hasta Penonomé. En el plan primitivo se incluyeron
cinco kilómetros correspondientes de la carretera de la capital
hasta Las Sabanas. El primer contrato tenía sus términos redactados
en inglés, idioma que para seguir la actual tradición, pronto
reemplazará a lo único que nos daba personalidad, el rico
idioma español.
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Entre las autoridades panameñas de las ramas
de la educación, del orden público, de asuntos de la salud, del mismo
gobierno, de las finanzas, relacionadas con los tratados de las obras
públicas, etc. y expertos estadounidenses se llevaron a cabo multitud
de reuniones con el objeto de debatir en ellas los más variados asuntos
o los problemas que existían por resolver.
Algo trascendental para la nueva República
—lo cual no quiere decir ni por un momento que los otros asuntos
no lo fueran— consistía en el inicio y desarrollo del primer plan
vial de la nueva nación. Cuando se pensó por primera vez en ello,
en el año de 1919, no existían muchos ingenieros en el país y por
eso hubo necesidad de asesorarse una vez más con algunos estadounidenses.
Tal sucedió cuando en el año citado el presidente
Belisario Porras (qué hombre más activo; siempre tenemos, si es
que queremos hablar del desarrollo inicial de Panamá que hablar
de él), emitió la Ley Nº40 que creó la Junta Central de Caminos,
que sería la encargada de planificar y realizar los trabajos que
era necesario comenzar en asuntos de carreteras.
El presidente nombró una comisión para que la presidiera,
la cual estuvo formada por el general Manuel Quintero Villarreal
y por Rafael Neira. Al no ser, y tal como lo dijimos arriba, ingenieros
estos señores, se solicitó la asesoría del profesional de esa rama
el estadounidense R. R. West y para que sirviese como fiscal de
las finanzas se nombró en ese también delicado trabajo a Addison
T. Ruan.
De acuerdo con la ley emitida, repetimos, la 40,
quedaron fijadas las normas para la construcción de las carreteras.
Los ferrocarriles, también en proyecto, se organizarían después.
Las carreteras fueron divididas en tres categorías: nacionales,
que unirían a la capital con las capitales de provincia, así como
con los puertos y las poblaciones que estuvieran más cercanas; las
provinciales, que comunicaban las cabeceras de estas con otras poblaciones
y por último los llamados caminos vecinales. Las carreteras o caminos
nacionales constituían las de primer orden, deberían tener por lo
menos una anchura de seis metros y unas cunetas a los lados de cómo
mínimo 80 centímetros. Las cercas de los terrenos adyacentes deberían
quedar por lo menos a tres metros del borde correspondiente de las
cunetas. Los caminos provinciales deberían tener un mínimo de cinco
metros de anchura y algo menos los vecinales.
Hubo grandes discusiones y protestas, ya que al
ingeniero West se le asignaron 500 dólares mensuales de sueldo,
mientras que los de los panameños figuraban desde 250 hasta 400
por el mismo tiempo. Con el tiempo hubo algunos otros que llegaron
a devengar hasta 800 dólares mensuales. Un capataz devengaba 3 dólares
con 50 centavos por jornada. Un obrero entre 50 y 75 centavos diarios.
Un dato irritante, cuando era necesario utilizar mulas o caballos,
a sus dueños se les pagaba por su uso un dólar con 20 centavos por
día.
Si mencionamos algo de los oficinistas, una mecanotaquígrafa,
especie ya extinta, percibía 100 dólares mensuales.
Ya para terminar, con estos datos que consideramos
interesantes y que en unas “Raíces” de 1996 las citamos, el decreto
correspondiente también obligaba a los ciudadanos a contribuir con
dinero para las construcciones mencionadas. El general José Antonio
Remón Cantera, cuando fue presidente, también utilizó la misma idea.
En lo concerniente a la Junta Central de Caminos, Aguadulce remitió
2 mil 816 dólares, Penonomé 2 mil 650. ¡Antón! 13 mil 861 dólares.
Y todo Coclé un total de 22 mil 140.
El primer contrato para iniciar la construcción
de la primera red de carreteras, lo ganó la firma Hubbard. En siete
meses del año de 1920 hasta el 1921 la junta invirtió 30 mil 226
dólares en salarios, 12 mil 970.80 en materiales y en equipo, mil
987.56 en transporte y 81 mil 14.02 en misceláneas. Cada kilómetro
construido costó 14 mil 596.13.
Para la adquisición de materiales se permitía comprar
hasta mil dólares sin necesidad de licitación.
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