Cuatro vidas y cuatro paredes
Una colombiana, condenada a ocho años de prisión por entregar dos maletas de drogas a un británico, sueña con volver a su tierra natal
HERMES SUCRE SERRANO
hsucre@prensa.com
La colombiana Luz María Osorio Arias jamás borrará de su mente el día 5 de abril de 2001. Por contratiempos de última hora perdió su vuelo a Jamaica. En un instante, la ilusión de volver con sus hijos se desvaneció, como lo hacían los aviones, que poco a poco se perdían en el aire como si fueran pequeños alfileres de plata.
Otro día más en Panamá. A su regreso del aeropuerto de Tocumen, Luz María, de 43 años, veía en cada metro de carretera el retrato de sus hijos, Jeniffer Lisette, de 15 años, y Jorge Iván, de 23 años. También pensaba en su madre (nativa de Pereira, Colombia), una señora de 76 años, enferma del corazón y de mala circulación. A pesar de sus achaques, ella cuida a Jeniffer. En el retorno del aeropuerto se le fue la vida; estaba asustada, con las manos sudorosas y la mirada perdida. Volvió en sí cuando el taxista le cobró la carrera.
“¡Queda arrestada!”
Luz María se hospedó en el hotel Lisboa como a las 2:30 de la tarde. Después salió a caminar por la Avenida México para despejar la mente. Su paseo duró muy poco; dos detectives antinarcóticos -un hombre y una mujer- la agarraron suavemente por el brazo: “¡queda arrestada!”, le dijeron.
La ciudadana colombiana fue acusada de haberle entregado -en un hotel de la ciudad- dos maletas llenas de droga a un inglés llamado Peter Sullivan, quien ese día (5 de abril) había sido detenido en el aeropuerto cuando intentaba viajar a España con su mortal mercancía.
Según Luz María, el británico la había contratado como intérprete (ella habla inglés). Ese día lo acompañó a hacer unas compras en la Vía España y a comerse un churrasco en la parrillada Martín Fierro, ubicada en la lujosa zona de El Cangrejo, corregimiento de Bella Vista. Dijo que las autoridades no encontraron evidencias en su contra, pero Sullivan la denunció como la persona que le había entregado las valijas con la cocaína. “En las maletas solo vi paquetes de café”, comentó Luz María.
Después de un juicio en el que, según ella, le dieron pocas oportunidades de defenderse, fue condenada a ocho años de prisión; de los que ha cumplido 20 meses en el Centro Femenino de Rehabilitación (Cárcel de Mujeres).
Arrepentimiento
A Luz María Osorio le gusta sentirse sola con sus pensamientos. Para olvidarse del penal como un sitio de castigo, lo vislumbra como un claustro para reencontrarse con sus sentimientos, para reflexionar sobre sus actuaciones. A sus 43 años se le ve decaída, acongojada. Aparenta tener más edad.
Su resignación no solo la lleva en la mente y en su corazón, sino que lo demuestra con el apoyo que brinda a sus demás compañeras internas. Luz María es una aficionada a la lectura, especialmente a los clásicos. Le gusta la literatura anglosajona, porque vivió 10 años en los Estados Unidos. Es secretaria bilingüe, y piensa aprovechar su cualidad de buena redactora para escribir un libro sobre los páramos de su vida. “En una ocasión la profesora Ileana Gólcher vino a instruirnos sobre cómo redactar... aquí hay personas con mucha capacidad y deseos de superación”, comentó.
Actualmente dicta clases de inglés en los programas que coordinan sus compañeras del centro. “Todo es posible porque esta cárcel tiene una magnífica administradora (Martha Navarro)”, indicó.
El 5 de abril del 2001, Luz María pensaba viajar a Jamaica, país en el que tenía dos años de residir. Su hija Jennifer vive con su abuela en Pereira y su hijo Jorge Iván reside en España; trabaja en un aeropuerto.
“Yo espero que mis hijos y mi madre me entiendan y me perdonen. Tengo una deuda con la sociedad; si hice algún mal me arrepiento y pido perdón a todos”, expresa la mujer, mientras unas opacas lágrimas se deslizan entre la oscuridad de sus ojeras.
Esta es una historia más de las llamadas “mulas” (personas que forman parte de la cadena de distribución de la droga).
Ella pide a la presidenta Mireya Moscoso que interceda para que se reconsidere su caso, y que se haga una nueva audiencia con mayores oportunidades de defensa para ella.
Luz María pone la mano en su frente y mira al cielo con la esperanza de que algún día, en uno de esos aviones que brillan en el aire como alfileres de plata, viaje ella hacia un reencuentro de cuatro vidas.
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