Panamá, 12 de enero de 2003
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Gratitud y esclavitud

Con la dignidad de ciudadanos dotados de libre albedrío, pueden tomar, sin ataduras artificiales, el camino que consideren mejor para este maltrecho país

Marco Julio de Obaldía

El Quijote, especie de biblia laica, nos dice que “uno de los pecados que más a Dios ofende es el de la ingratitud”.

Estoy de acuerdo; no solamente guardo deudas de gratitud hacia quienes me han auxiliado espiritual o materialmente, sino que he procurado inculcar en mis hijos la gratitud como una virtud, parte de la honestidad.

Hermosa como es la gratitud debe, sin embargo, dimensionarse adecuadamente. La verdadera deuda de gratitud, aquella que contraemos con quien jamás nos la reclama, aquella que se asemeja a la que tenemos con nuestros progenitores, esa deuda no se salda nunca, pero tampoco nos ata. Si es económica, procuremos saldarla con premura, pero aun así, el agradecimiento ha de ser imperecedero.

La deuda que se nos recuerda, que se nos reclama, muchas veces con usura, esa no amerita gratitud y hay que saldarla, si es factible, con la misma moneda en la forma más rápida posible y, desde luego, no volver a contraerla.

He mencionado anteriormente que el PRD se ha portado en forma ingrata con los militares; por un lado su actitud aparenta total desconocimiento de todos los desmanes cometidos durante la dictadura y por el otro sus fabulosas fortunas nos indican a las claras que fueron amasadas cuando laboraban “tiempo completo” y mientras nuestra deuda pública se multiplicaba 35 veces, de 200 millones a 7 mil millones. Las fortunas de los militares, que debe haberlas, no alcanzan las astronómicas cifras de las de los civiloides.

Naturalmente que esta apreciación corresponde a los “monos gordos” del PRD, mas no a toda su membresía.

Paradójicamente, estos individuos que tan ingratamente se han portado con quienes les dieron vigencia y fortuna, son quienes, con usura, exigen casi vasallaje a aquellos a quienes favorecieron en alguna ocasión con algún cargo público o una beca, llegando aun –como ocurría en años remotos– a exigir el mismo vasallaje por parte de sus descendientes.

Después del golpe de Estado de octubre de 1968, los militares, poco duchos en estos menesteres, se rodearon de un grupo heterogéneo de consejeros y asesores, muchísimos de los cuales –complaciendo los apetitos de quienes tenían el poder– procuraron con éxito, llevar agua a su propio molino.

A sabiendas de que era un fracaso, instauraron un gobierno a la vez paternalista, derrochador y dictatorial en el cual, en principio, había una sola cabeza que los mismos asesores se encargaban de programar adecuadamente.

Veintiún años fueron más que suficientes para permitir que el proyecto de nación que nació en 1903 con sus vicios y virtudes, desapareciese totalmente sepultado en una maraña, en una manigua tropical. Nacieron entonces el pedigüeño y el “juega vivo” que genéticamente ya existían, pero las condiciones eran propicias ahora para reproducirse como larvas y así lo hicieron.

Ya se acerca el período de la política, el período de la demagogia, de promesas y de pactos.

El PRD es, sin duda, el partido político con mayor membresía, con mejor organización y con más dinero.

Uno de los dogmas falsos que con mayor éxito ha introducido el PRD entre sus huestes ha consistido en convencerlos de que, durante 21 años, ellos representaban la patria, el Estado, la soberanía, todo (recuerden su invención de “antipatria”) de manera que si mantenían un funcionario por muy eficiente y laborioso que fuese, este funcionario les debía fidelidad ilimitada así como también su familia; si un brillante y estudioso joven recibía una beca, éste junto con su familia, debía seguir sus lineamientos.

Naturalmente, mucho se puede discutir acerca de si políticas como ésta le restan dignidad al individuo.

Personalmente pienso y sugiero que aquellas personas que se consideran obligadas con el PRD por favores recibidos de las arcas del Estado, deben reflexionar sobre su situación individual y decidir si desean ser totalmente libres o, por el contrario, sentirse obligadas a continuar indefinidamente pagando una deuda a personas que, a la postre, no eran más que usurpadores. Hecha la reflexión, con la dignidad de ciudadanos dotados de libre albedrío, pueden tomar, sin ataduras artificiales, el camino que consideren mejor para este maltrecho país.

El autor es ingeniero y profesor jubilado


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