Gratitud y esclavitud
Con la dignidad de ciudadanos
dotados de libre albedrío, pueden tomar, sin ataduras artificiales,
el camino que consideren mejor para este maltrecho país
Marco Julio de Obaldía
El Quijote, especie de biblia laica, nos
dice que “uno de los pecados que más a Dios ofende es el de la ingratitud”.
Estoy de acuerdo; no solamente guardo deudas
de gratitud hacia quienes me han auxiliado espiritual o materialmente,
sino que he procurado inculcar en mis hijos la gratitud como una
virtud, parte de la honestidad.
Hermosa como es la gratitud debe, sin embargo, dimensionarse
adecuadamente. La verdadera deuda de gratitud, aquella que contraemos
con quien jamás nos la reclama, aquella que se asemeja a la que
tenemos con nuestros progenitores, esa deuda no se salda nunca,
pero tampoco nos ata. Si es económica, procuremos saldarla con premura,
pero aun así, el agradecimiento ha de ser imperecedero.
La deuda que se nos recuerda, que se nos reclama,
muchas veces con usura, esa no amerita gratitud y hay que saldarla,
si es factible, con la misma moneda en la forma más rápida posible
y, desde luego, no volver a contraerla.
He mencionado anteriormente que el PRD se ha portado
en forma ingrata con los militares; por un lado su actitud aparenta
total desconocimiento de todos los desmanes cometidos durante la
dictadura y por el otro sus fabulosas fortunas nos indican a las
claras que fueron amasadas cuando laboraban “tiempo completo” y
mientras nuestra deuda pública se multiplicaba 35 veces, de 200
millones a 7 mil millones. Las fortunas de los militares, que debe
haberlas, no alcanzan las astronómicas cifras de las de los civiloides.
Naturalmente que esta apreciación corresponde a
los “monos gordos” del PRD, mas no a toda su membresía.
Paradójicamente, estos individuos que tan ingratamente
se han portado con quienes les dieron vigencia y fortuna, son quienes,
con usura, exigen casi vasallaje a aquellos a quienes favorecieron
en alguna ocasión con algún cargo público o una beca, llegando aun
–como ocurría en años remotos– a exigir el mismo vasallaje por parte
de sus descendientes.
Después del golpe de Estado de octubre de 1968,
los militares, poco duchos en estos menesteres, se rodearon de un
grupo heterogéneo de consejeros y asesores, muchísimos de los cuales
–complaciendo los apetitos de quienes tenían el poder– procuraron
con éxito, llevar agua a su propio molino.
A sabiendas de que era un fracaso, instauraron un
gobierno a la vez paternalista, derrochador y dictatorial en el
cual, en principio, había una sola cabeza que los mismos asesores
se encargaban de programar adecuadamente.
Veintiún años fueron más que suficientes para permitir
que el proyecto de nación que nació en 1903 con sus vicios y virtudes,
desapareciese totalmente sepultado en una maraña, en una manigua
tropical. Nacieron entonces el pedigüeño y el “juega vivo” que genéticamente
ya existían, pero las condiciones eran propicias ahora para reproducirse
como larvas y así lo hicieron.
Ya se acerca el período de la política, el período
de la demagogia, de promesas y de pactos.
El PRD es, sin duda, el partido político con mayor
membresía, con mejor organización y con más dinero.
Uno de los dogmas falsos que con mayor éxito ha
introducido el PRD entre sus huestes ha consistido en convencerlos
de que, durante 21 años, ellos representaban la patria, el Estado,
la soberanía, todo (recuerden su invención de “antipatria”) de manera
que si mantenían un funcionario por muy eficiente y laborioso que
fuese, este funcionario les debía fidelidad ilimitada así como también
su familia; si un brillante y estudioso joven recibía una beca,
éste junto con su familia, debía seguir sus lineamientos.
Naturalmente, mucho se puede discutir acerca de
si políticas como ésta le restan dignidad al individuo.
Personalmente pienso y sugiero que aquellas personas
que se consideran obligadas con el PRD por favores recibidos de
las arcas del Estado, deben reflexionar sobre su situación individual
y decidir si desean ser totalmente libres o, por el contrario, sentirse
obligadas a continuar indefinidamente pagando una deuda a personas
que, a la postre, no eran más que usurpadores. Hecha la reflexión,
con la dignidad de ciudadanos dotados de libre albedrío, pueden
tomar, sin ataduras artificiales, el camino que consideren mejor
para este maltrecho país.
El autor es ingeniero y profesor jubilado
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