Panamá, 12 de enero de 2003
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Primera, segunda y tercera fuerzas

Hablando con gente de todas las clases sociales, llegué a la conclusión de que Alberto sería el próximo presidente de Panamá. El PRD le tenía pavor

Guillermo Sánchez Borbón

Faltando dos o tres semanas para las elecciones de 1999, le dije a alguien que me entrevistó que Alberto no tenía la menor posibilidad de ganar. En Panamá el electorado ha tendido siempre a polarizarse entre gobierno y oposición, sin dejar espacio para una tercera fuerza. Lo curioso del caso es que los candidatos de la tercera fuerza fueron, casi siempre, hombres de gran calidad intelectual y moral: en 1948 José Isaac Fábrega, en 1960 Víctor Florencio Goytía, en 1964 Juan de Arco Galindo. Esta polarización era evidente en 1999. De ahí mi dictamen.

Además, el pueblo quería castigar dos veces al toro por su intento de reelegirse. Mireya, a su vez, despertó grandes esperanzas, pronto desmentidas por una corrupción abismal y por el nombramiento del peor gabinete de nuestra historia. La mayoría de los ministros son sencillamente ineptos.

La alternancia, por la cual tanto luchamos, se ha producido entre los dos grandes finados, que cada cinco años vuelven a la liza a pelear el mismo combate que los enfrentó en vida. Las elecciones se han reducido a cenas macabras: los animales carroñeros que se alimentan de sus respectivos tótems los han dejado en el puro hueso. Los pobres ya no dan para más. Hay que enterrarlos para que no sigan emponzoñando el aire que respiramos.

En 1999 el grueso de las filas de Alberto Vallarino estaba integrado por decenas de millares de personas de la clase media, que en ningún caso hubieran votado por el PRD (al que juzgaban instrumento político de la dictadura), pero que se negaban a votar por los arnulfistas.

Ahora, el pueblo está harto de los dos partidos y quiere que le brinden una tercera opción. Es lo que explica que se hubiera ampliado tanto la base social del albertismo. No sólo la clase media, sino los panameños de a pie empezaron a poner sus esperanzas en el líder de la tercera fuerza. Por ejemplo, casi todos los taxistas que conozco (y los conozco a casi todos) me dijeron que le darían el voto a Vallarino, porque lo consideraban más capaz que los otros políticos. Además, me dijo no un chofer, sino un pasajero con quien compartía el taxi: “Tiene tanta plata que no necesita robar”. Otros esperaban que se rodearía de los mejores hombres (pensaban, creo yo, en una especie de tecnocracia). Hablando con gente de todas las clases sociales, llegué a la conclusión de que Alberto sería el próximo presidente de Panamá. El PRD le tenía pavor. Sabe bien que los pre-candidatos del arnulfismo no pasan de ser bromas de mal gusto: políticos que no llegan al 2% de popularidad, no representan ningún reto. Sin haber proclamado formalmente su candidatura, Alberto Vallarino marcaba un sitio de honor en las encuestas. Con éste de contrincante, Martín no hubiera podido llegar a primera base.

Con la misma energía y franqueza con que le negué toda posibilidad de ganar en 1999, declaro hoy que en el 2004 nadie le hubiera ganado.

Por eso me dispuse a escuchar con el mayor interés la entrevista que le hizo Luz María Noli. Lo encontré más articulado y claro que nunca y conforme avanzaba su exposición, me reafirmaba “Es el próximo presidente de Panamá”. No tenía ninguna duda. Y quedé tan asombrado, como el resto del país, cuando reveló que no correría en las próximas elecciones. Todavía turulato, subí a un taxi. El chofer estaba furioso: “no tenía ningún derecho a despertar esperanzas en el pueblo para después dejarnos plantados”. Argüí que seguramente tenía esperanzas muy poderosas para tomar semejante decisión; yo esperaría a conocerlas antes de opinar, pero el hombre estaba tan enfadado, que no quería oír hablar de razones, y opté por cerrar la boca.


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