Primera, segunda y tercera fuerzas
Hablando con gente de todas
las clases sociales, llegué a la conclusión de que Alberto sería
el próximo presidente de Panamá. El PRD le tenía pavor
Guillermo Sánchez Borbón
Faltando dos o tres semanas para las elecciones
de 1999, le dije a alguien que me entrevistó que Alberto no tenía
la menor posibilidad de ganar. En Panamá el electorado ha tendido
siempre a polarizarse entre gobierno y oposición, sin dejar espacio
para una tercera fuerza. Lo curioso del caso es que los candidatos
de la tercera fuerza fueron, casi siempre, hombres de gran calidad
intelectual y moral: en 1948 José Isaac Fábrega, en 1960 Víctor
Florencio Goytía, en 1964 Juan de Arco Galindo. Esta polarización
era evidente en 1999. De ahí mi dictamen.
Además, el pueblo quería castigar dos veces
al toro por su intento de reelegirse. Mireya, a su vez, despertó
grandes esperanzas, pronto desmentidas por una corrupción abismal
y por el nombramiento del peor gabinete de nuestra historia. La
mayoría de los ministros son sencillamente ineptos.
La alternancia, por la cual tanto luchamos, se ha
producido entre los dos grandes finados, que cada cinco años vuelven
a la liza a pelear el mismo combate que los enfrentó en vida. Las
elecciones se han reducido a cenas macabras: los animales carroñeros
que se alimentan de sus respectivos tótems los han dejado en el
puro hueso. Los pobres ya no dan para más. Hay que enterrarlos para
que no sigan emponzoñando el aire que respiramos.
En 1999 el grueso de las filas de Alberto Vallarino
estaba integrado por decenas de millares de personas de la clase
media, que en ningún caso hubieran votado por el PRD (al que juzgaban
instrumento político de la dictadura), pero que se negaban a votar
por los arnulfistas.
Ahora, el pueblo está harto de los dos partidos
y quiere que le brinden una tercera opción. Es lo que explica que
se hubiera ampliado tanto la base social del albertismo. No sólo
la clase media, sino los panameños de a pie empezaron a poner sus
esperanzas en el líder de la tercera fuerza. Por ejemplo, casi todos
los taxistas que conozco (y los conozco a casi todos) me dijeron
que le darían el voto a Vallarino, porque lo consideraban más capaz
que los otros políticos. Además, me dijo no un chofer, sino un pasajero
con quien compartía el taxi: “Tiene tanta plata que no necesita
robar”. Otros esperaban que se rodearía de los mejores hombres (pensaban,
creo yo, en una especie de tecnocracia). Hablando con gente de todas
las clases sociales, llegué a la conclusión de que Alberto sería
el próximo presidente de Panamá. El PRD le tenía pavor. Sabe bien
que los pre-candidatos del arnulfismo no pasan de ser bromas de
mal gusto: políticos que no llegan al 2% de popularidad, no representan
ningún reto. Sin haber proclamado formalmente su candidatura, Alberto
Vallarino marcaba un sitio de honor en las encuestas. Con éste de
contrincante, Martín no hubiera podido llegar a primera base.
Con la misma energía y franqueza con que le negué
toda posibilidad de ganar en 1999, declaro hoy que en el 2004 nadie
le hubiera ganado.
Por eso me dispuse a escuchar con el mayor interés
la entrevista que le hizo Luz María Noli. Lo encontré más articulado
y claro que nunca y conforme avanzaba su exposición, me reafirmaba
“Es el próximo presidente de Panamá”. No tenía ninguna duda. Y quedé
tan asombrado, como el resto del país, cuando reveló que no correría
en las próximas elecciones. Todavía turulato, subí a un taxi. El
chofer estaba furioso: “no tenía ningún derecho a despertar esperanzas
en el pueblo para después dejarnos plantados”. Argüí que seguramente
tenía esperanzas muy poderosas para tomar semejante decisión; yo
esperaría a conocerlas antes de opinar, pero el hombre estaba tan
enfadado, que no quería oír hablar de razones, y opté por cerrar
la boca.
Además en opinión
• Primera, segunda
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