Banderas
La bandera panameña, para
este sector tan conservador, era un símbolo intruso que no podía
permitirse y un elemento que representaba la distorsión de un mundo
y de un estilo de vida que habían adoptado ellos
Adolfo Ahumada
Aunque la causa profunda del 9 de enero de
1964 fue la lucha por la soberanía, su origen inmediato estuvo en
la cuestión simbólica de la bandera. Doce años después, al discutirse
el régimen aplicable a los militares estadounidenses en el período
de transición, entendí la intensidad de la resistencia de Estados
Unidos en esta materia. Hasta ese momento prevalecía la creencia
de que la emoción desbordada por el significado de la bandera nacional
era cuestión exclusiva del espíritu latino. Los sajones, considerados
fríos y cerebrales, no daban la impresión de preocuparse demasiado
por el destino de los símbolos y de tener más bien inclinación por
el sentido pragmático de la vida. Pues resulta que uno de los aspectos
más difíciles de la negociación de los Tratados Torrijos-Carter
fue el de las banderas, y su solución negociada demandó tiempo y
prolongadas discusiones, algunas cargadas de tensión.
Para quien desconociera la realidad de este
problema tenía que parecerle incomprensible cómo, manteniendo un
control absoluto de la Zona del Canal, administrando el Canal unilateralmente
y con fuerte presencia militar en el territorio nacional, Estados
Unidos hubiese demorado tanto para enfrentar con dedicada atención
el tema de la colocación de las banderas de ambos países y hubiera
permitido que le creciera a tal grado que dio lugar a los enfrentamientos
de enero de 1964. Del lado de Panamá, ya las señas no podían estar
más claras: el 2 de mayo de 1958 hubo siembra de banderas en la
Zona del Canal, en una acción que realizó la Unión de Estudiantes
Universitarios, bajo la dirección de Carlos Arellano Lennox. Hubo
otro acontecimiento del que se sabe poco: en octubre de 1958 y bajo
la inspiración de la acción de mayo del mismo año, algunos estudiantes
del Instituto Nacional, aprovechando una excursión de los sextos
años, izamos la bandera panameña en el Fuerte de San Lorenzo, sitio
histórico que estaba bajo el control de las tropas estadounidenses
de Fuerte Sherman. La bandera, bien camuflada por Carlos López,
fue desplegada por varios minutos por un grupo que formábamos, entre
otros, Víctor Gorday, Tomás Herrera Cáliz, Gilberto de León y Resires
Vargas. El 3 de noviembre de 1959, con el liderazgo de Aquilino
Boyd y Ernesto Castillero Pimentel, se trató de colocar la bandera
panameña en la Zona, pero la manifestación fue violentamente repelida
por las autoridades estadounidenses, de lo cual resultaron cientos
de panameños heridos. De allí que la puesta en ejecución del acuerdo
entre los gobiernos de Roberto Chiari y John Kennedy, que permitía
el izamiento de la bandera panameña en aquellos sitios de la Zona
del Canal en donde se izara la estadounidense fue un gran avance
en las relaciones entre los dos países, pero las autoridades estadounidenses
no dieron atención adecuada a las reacciones de su propia gente
instalada en Panamá. Quizá pensaron que bastaba con la firma del
presidente de la Nación para que cada cual asumiera las reglas normales
de la disciplina administrativa, social y política. Las cosas no
resultaron así, porque hubo dos factores negativos: por una parte,
el gobernador de la Zona del Canal adoptó una táctica que le resultó
fallida: en lugar de cumplir la orden de sus superiores en Washington,
decidió dejar de colocar la bandera estadounidense en ciertos sitios,
con la finalidad de no verse obligado, tal como señalaban los acuerdos,
a izar la panameña al lado. Esta circunstancia le restó fuerza moral
y consistencia a la decisión presidencial. El otro factor fue quizá
más de fondo: los “zoneítas” no se sentían panameños ni muy estadounidenses.
Habían desarrollado un sentido de pertenencia especial a la Zona
del Canal, a tal punto que, con el transcurso del tiempo, iban perdiendo
vínculos con sus familias y con los recuerdos de Estados Unidos.
Además, la cuestión de la bandera daba lugar a impulsos sentimentales
más fuertes de los que se hubiese podido percibir en otras épocas.
La bandera panameña, para este sector tan conservador, era un símbolo
intruso que no podía permitirse y un elemento que representaba la
distorsión de un mundo y de un estilo de vida que habían adoptado
ellos, sus padres y sus abuelos, estilo que ni siquiera su propio
presidente tenía el derecho de afectar.
Cuando los estudiantes del Instituto Nacional se
dirigieron a Balboa High School a colocar la bandera panameña como
repuesta a la negativa de izarla en ese sitio, ya las condiciones
estaban dadas para el enfrentamiento. Solo faltaba la chispa, a
fin de que se desatara la lucha histórica entre emoción frente a
emoción que, a su vez, reflejaba la contradicción que había marcado
la existencia, especialmente, de la Zona del Canal, verdadero Estado
dentro de otro, área territorial en la cual Estados Unidos actuaba
“como si fuese soberano”, según rezaba el Tratado Hay-Bunau Varilla
de 1903. Fue desde enero de 1964 que se obvió la intención revisionista
de este tratado y se impuso la necesidad de abrogarlo, como causa
principal del conflicto entre los dos países. Omar Torrijos y Jimmy
Carter lo consiguieron en 1977, con una determinación de estadistas
cuyo significado crece cada día y que, sin proponérselo, les permitió
la entrada en la historia contemporánea del continente.
El autor es abogado
Además en opinión
• Banderas: Adolfo
Ahumada •
Los partidos, ¿de las cúpulas?: Martín Araúz G.
• Recordando al ‘Presidente
de la Dignidad’: Ventura Vega O. •
Vivan los mártires del 9 de enero: Adela
Panezo
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