Panamá, 9 de enero de 2003
 
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Aumenta de intensidad el debate sobre la desigualdad

El ingreso real en los hogares es encuestado sistemáticamente solo por los gobiernos nacionales, y esos gobiernos miden cosas diferentes, en épocas diferentes y bajo condiciones diferentes

Laura Secor

Cuando las barreras comerciales empezaron a desplomarse a finales de la década de 1970, los políticos y expertos se jactaron de que la globalización económica sería el inicio de una utopía capitalista: el círculo de prosperidad se ampliaría, permitiendo a los países pobres finalmente alcanzar a las naciones ricas. Pero, desde la reunión cimera en Seattle de la Organización Mundial de Comercio en 1999, un creciente movimiento contra la globalización ha declarado exactamente lo opuesto: los ricos y los pobres del mundo son más desiguales que nunca, y la culpa de ello son las políticas neoliberales de libre comercio.

¿Cuál es la versión correcta? Parece una pregunta muy sencilla, una que un economista podría responder rápidamente. Pero si se desea una respuesta rápida, no le pregunte a un economista. Los economistas están tomando parte en un encarnizado debate que abarca prácticamente todos los aspectos de la desigualdad global. “Está aumentando o disminuyendo? Cómo debe medirse la desigualdad? Y qué, si es que algo, tienen que ver el libre comercio y la globalización con ello?”.

En un artículo en The New York Review of Books el pasado agosto, el economista de Harvard Benjamin Friedman citó un estudio en el que se asegura que la desigualdad global está disminuyendo. En Foreign Affairs del pasado febrero, David Dollar y Aart Kraay, economistas del Banco Mundial, observaron una tendencia similar hacia una mayor igualdad y la atribuyeron al éxito de la globalización. Ambos artículos se enfrentaron a una oleada de controversia en las páginas de cartas de los lectores. ¿Cómo pueden los economistas evaluar el impacto de la globalización si no puede siquiera estar de acuerdo en las tendencias básicas de los tres últimos decenios?

El núcleo de la disputa estadística, que se ha tornado sorprendentemente feroz, tiene que ver menos con cifras que con definiciones. Hay cuando menos tres formas aceptables para definir la desigualdad global. La primera forma compara el ingreso promedio o producto nacional bruto per cápita en los países. Según esta medición, los economistas están de acuerdo en que la brecha entre los países ricos y pobres se ha estado ampliando constantemente desde finales de la década de 1970. Los países ricos como Estados Unidos se han hecho más ricos, mientras que los pobres, como Malawi, fundamentalmente se han estancado o se han hecho más pobres.

Pero algunos economistas aseguran que esta observación no es particularmente significativa. Este enfoque toma a países como unidad de análisis, en lugar a individuos y, como resultado, los mil 280 millones de habitantes de China no cuentan más que los 448 mil 560 habitantes de Luxemburgo. Cuando los economistas sopesan el ingreso promedio de cada país en términos de población, descubren que la desigualdad global, de hecho, está disminuyendo.

¿Por qué? Porque China e India, naciones que entre ambas albergan a 8% de la población mundial, han experimentado un crecimiento económico radical. “El que la desigualdad global se eleve o descienda dependerá, a la larga, en lo que pase a los ingresos promedio de los países pobres grandes como China e India”, dice Dani Rodrik, economista de la Escuela John F. Kennedy de gobierno.

Y, no obstante, este hecho no pone fin, de ninguna forma, al debate. Si bien el crecimiento económico de China quizá haya reducido la desigualdad en términos mundiales, los economistas están de acuerdo en señalar que la desigualdad en el interior de China en realidad ha aumentado. “Es evidente que China se está haciendo más rica si se le compara con el resto del mundo, y muchos individuos en China se están haciendo más ricos”, dice el economista Branko Milanovic, del Banco Mundial. “Pero dentro de China también hay crecientes desigualdades”.

Milanovic llega a la conclusión de que medir la desigualdad global mediante la comparación de ingresos promedio de países diferentes –incluso tomando en cuenta su población– es profundamente inadecuado, ya que da por sentado que todos los ciudadanos de una nación reciben el mismo ingreso. Arabia Saudita y Eslovenia, por ejemplo, son muy similares en PNB per cápita, pero Eslovenia tiene una de las distribuciones de ingreso más igualitarias del mundo, en tanto que Arabia Saudita tiene una de las más desiguales. Milanovic espera que si podemos tomar en cuenta tanto la distribución de ingresos dentro de los países como entre países, entonces podremos medir el grado de desigualdad entre individuos, en lugar de entre naciones. Esencialmente, eso sería como alinear a toda la gente del mundo, desde los más ricos hasta los más pobres, independientemente de su nacionalidad, y luego evaluar los cambios en distribución de ingresos en general.

¿Es esto algo que puede hacerse? Dos economistas que lo han intentado, Milanovic y Xavier sala-i-Martin, de la Universidad de Columbia, han llegado a resultados marcadamente diferentes. Según sala-i-Martin, quien escribió el estudio citado por Friedman en The New York Review of Books, la desigualdad entre los individuos de todo el mundo está declinando.

Según Milanovic, la desigualdad se ha mantenido en los mismos niveles o bien se ha acentuado ligeramente. La disputa entre Milanovic y sala-i-Martin se ha acalorado a tal grado que un intercambio de correos electrónicos entre ellos, repletos de insultos y resentimiento, ha estado circulando entre sus colegas. (En él, sala-i-Martin sugiere que él dirá a los superiores de Milanovic que se ha comportado en forma no profesional. A lo que Milanovic replicó: “Cuando los argumentos escasean, la gente emplea amenazas”). El factor clave en la disputa en este caso reside en los datos, y los datos sobre la distribución de ingresos dentro de los países son frustrantemente escasos. El ingreso real en los hogares es encuestado sistemáticamente solo por los gobiernos nacionales, y esos gobiernos miden cosas diferentes, en épocas diferentes y bajo condiciones diferentes. El Banco Mundial ha compilado, en un juego de cifras sobre la desigualdad mundial, lo mejor de los datos de las encuestas de hogares en el mundo.

“El resultado carece de sentido”, acusa James K. Galbraith, economista de la Universidad de Texas. “No es consistente tomando en cuenta los países, no es consistente tomando en cuenta el momento en que se hizo... No cumple con ningún estándar razonable de confiabilidad, en mi opinión”.

Associated Press

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