
Aumenta de intensidad el debate sobre
la desigualdad
El ingreso real en los
hogares es encuestado sistemáticamente solo por los gobiernos nacionales,
y esos gobiernos miden cosas diferentes, en épocas diferentes y
bajo condiciones diferentes
Laura Secor
Cuando las barreras comerciales empezaron
a desplomarse a finales de la década de 1970, los políticos y expertos
se jactaron de que la globalización económica sería el inicio de
una utopía capitalista: el círculo de prosperidad se ampliaría,
permitiendo a los países pobres finalmente alcanzar a las naciones
ricas. Pero, desde la reunión cimera en Seattle de la Organización
Mundial de Comercio en 1999, un creciente movimiento contra la globalización
ha declarado exactamente lo opuesto: los ricos y los pobres del
mundo son más desiguales que nunca, y la culpa de ello son las políticas
neoliberales de libre comercio.
¿Cuál es la versión correcta? Parece una
pregunta muy sencilla, una que un economista podría responder rápidamente.
Pero si se desea una respuesta rápida, no le pregunte a un economista.
Los economistas están tomando parte en un encarnizado debate que
abarca prácticamente todos los aspectos de la desigualdad global.
“Está aumentando o disminuyendo? Cómo debe medirse la desigualdad?
Y qué, si es que algo, tienen que ver el libre comercio y la globalización
con ello?”.
En un artículo en The New York Review of Books el
pasado agosto, el economista de Harvard Benjamin Friedman citó un
estudio en el que se asegura que la desigualdad global está disminuyendo.
En Foreign Affairs del pasado febrero, David Dollar y Aart Kraay,
economistas del Banco Mundial, observaron una tendencia similar
hacia una mayor igualdad y la atribuyeron al éxito de la globalización.
Ambos artículos se enfrentaron a una oleada de controversia en las
páginas de cartas de los lectores. ¿Cómo pueden los economistas
evaluar el impacto de la globalización si no puede siquiera estar
de acuerdo en las tendencias básicas de los tres últimos decenios?
El núcleo de la disputa estadística, que se ha tornado
sorprendentemente feroz, tiene que ver menos con cifras que con
definiciones. Hay cuando menos tres formas aceptables para definir
la desigualdad global. La primera forma compara el ingreso promedio
o producto nacional bruto per cápita en los países. Según esta medición,
los economistas están de acuerdo en que la brecha entre los países
ricos y pobres se ha estado ampliando constantemente desde finales
de la década de 1970. Los países ricos como Estados Unidos se han
hecho más ricos, mientras que los pobres, como Malawi, fundamentalmente
se han estancado o se han hecho más pobres.
Pero algunos economistas aseguran que esta observación
no es particularmente significativa. Este enfoque toma a países
como unidad de análisis, en lugar a individuos y, como resultado,
los mil 280 millones de habitantes de China no cuentan más que los
448 mil 560 habitantes de Luxemburgo. Cuando los economistas sopesan
el ingreso promedio de cada país en términos de población, descubren
que la desigualdad global, de hecho, está disminuyendo.
¿Por qué? Porque China e India, naciones que entre
ambas albergan a 8% de la población mundial, han experimentado un
crecimiento económico radical. “El que la desigualdad global se
eleve o descienda dependerá, a la larga, en lo que pase a los ingresos
promedio de los países pobres grandes como China e India”, dice
Dani Rodrik, economista de la Escuela John F. Kennedy de gobierno.
Y, no obstante, este hecho no pone fin, de ninguna
forma, al debate. Si bien el crecimiento económico de China quizá
haya reducido la desigualdad en términos mundiales, los economistas
están de acuerdo en señalar que la desigualdad en el interior de
China en realidad ha aumentado. “Es evidente que China se está haciendo
más rica si se le compara con el resto del mundo, y muchos individuos
en China se están haciendo más ricos”, dice el economista Branko
Milanovic, del Banco Mundial. “Pero dentro de China también hay
crecientes desigualdades”.
Milanovic llega a la conclusión de que medir la
desigualdad global mediante la comparación de ingresos promedio
de países diferentes –incluso tomando en cuenta su población– es
profundamente inadecuado, ya que da por sentado que todos los ciudadanos
de una nación reciben el mismo ingreso. Arabia Saudita y Eslovenia,
por ejemplo, son muy similares en PNB per cápita, pero Eslovenia
tiene una de las distribuciones de ingreso más igualitarias del
mundo, en tanto que Arabia Saudita tiene una de las más desiguales.
Milanovic espera que si podemos tomar en cuenta tanto la distribución
de ingresos dentro de los países como entre países, entonces podremos
medir el grado de desigualdad entre individuos, en lugar de entre
naciones. Esencialmente, eso sería como alinear a toda la gente
del mundo, desde los más ricos hasta los más pobres, independientemente
de su nacionalidad, y luego evaluar los cambios en distribución
de ingresos en general.
¿Es esto algo que puede hacerse? Dos economistas
que lo han intentado, Milanovic y Xavier sala-i-Martin, de la Universidad
de Columbia, han llegado a resultados marcadamente diferentes. Según
sala-i-Martin, quien escribió el estudio citado por Friedman en
The New York Review of Books, la desigualdad entre los individuos
de todo el mundo está declinando.
Según Milanovic, la desigualdad se ha mantenido
en los mismos niveles o bien se ha acentuado ligeramente. La disputa
entre Milanovic y sala-i-Martin se ha acalorado a tal grado que
un intercambio de correos electrónicos entre ellos, repletos de
insultos y resentimiento, ha estado circulando entre sus colegas.
(En él, sala-i-Martin sugiere que él dirá a los superiores de Milanovic
que se ha comportado en forma no profesional. A lo que Milanovic
replicó: “Cuando los argumentos escasean, la gente emplea amenazas”).
El factor clave en la disputa en este caso reside en los datos,
y los datos sobre la distribución de ingresos dentro de los países
son frustrantemente escasos. El ingreso real en los hogares es encuestado
sistemáticamente solo por los gobiernos nacionales, y esos gobiernos
miden cosas diferentes, en épocas diferentes y bajo condiciones
diferentes. El Banco Mundial ha compilado, en un juego de cifras
sobre la desigualdad mundial, lo mejor de los datos de las encuestas
de hogares en el mundo.
“El resultado carece de sentido”, acusa James K.
Galbraith, economista de la Universidad de Texas. “No es consistente
tomando en cuenta los países, no es consistente tomando en cuenta
el momento en que se hizo... No cumple con ningún estándar razonable
de confiabilidad, en mi opinión”.
Associated Press
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