Hipocampos
Eva Aguilar
eaguilar@prensa.com
Llaman la atención por su forma y colores extraños. Viven en un mundo en el que moverse con velocidad significa asegurar la supervivencia, pero ellos se desplazan con calma entre los arrecifes de coral y coquetean con las algas. Aunque tienen un temperamento nervioso, está claro que darse prisa, no es lo suyo.
Se calcula que un caballito de mar (hipocampo) podría tardar dos días y medio en recorrer un kilómetro. Pero, ¿para qué abandonar el territorio cuando se está dotado de recursos estratégicos suficientes como para permanecer a salvo de los depredadores y engañar a los crustáceos de los que se alimentan?
Etimológicamente, el término hipocampo proviene del griego hippos, que quiere decir “caballo”, y de campus, que significa “monstruo marino”, lo que indica lo maravillados que debieron quedar los primeros taxónomos ante estos animales de cabeza equina.
Los caballitos de mar son los miembros más conocidos de la familia de los singnátidos (syngnathidae), nombre de origen griego que significa “mandíbulas unidas” y que reciben porque están provistos de un largo hocico en forma de tubo que termina en una boca desprovista de dientes. Para alimentarse, aspiran a sus presas enteras.
Aunque por sus cuerpos tubulares no lo parezcan, los singnátidos son peces que han conseguido adaptarse a nichos específicos después de haber pasado por un largo proceso de evolución. Por escamas tienen placas dérmicas que revisten su cuerpo de una coraza rígida, que en el caso de los hipocampos los obliga a nadar de forma vertical, y en lugar de aleta caudal poseen una fuerte cola que les permite adherirse a los tallos de las algas.
Como son de nado lento, los singnátidos se defienden de sus depredadores y engañan a sus presas con técnicas de camuflaje muy desarrolladas. Son capaces de mimetizarse con cualquier cosa, desde hojas hasta pedazos de madera o malezas.
No obstante, la asombrosa capacidad de cambiar de color no es únicamente un modo de supervivencia, sino una forma de manifestar su estado de ánimo. Un hipocampo estresado e incómodo con el entorno se volverá oscuro, mientras que en plena temporada de apareamiento manifestará su satisfacción aclarando sus colores.
Si bien el Hipocampo Gigante del Pacífico mide 30 centímetros y el Pigmeo del Golfo apenas tres, la gran mayoría de las especies de caballitos de mar, como los Hippocampus kuda, abdominalis o erectus, tienen un tamaño de 15 centímetros.
El caballito de mar no solo está provisto de una visión muy desarrollada que le permite percibir cosas minúsculas, sino que además tiene la capacidad de mover sus ojos de manera independiente, por lo que enseguida advierte el peligro. Se comunica con sus congéneres emitiendo sonidos imperceptibles para el oído humano.
La danza del vientre
Aunque comparten con otros animales el título de padres responsables, el macho de hipocampo es el único que queda plenamente embarazado. A la hora del parto sufrirá fuertes dolores que manifestará doblándose en dos y agarrándose con fuerza a los tallos de las algas. Durante varias horas expulsará las decenas de alevines que lleva en su bolsa incubadora y que serán copias exactas de sus padres en tamaño reducido a 15 milímetros.
El rito previo del apareamiento da, sin embargo, la impresión de ser un momento de felicidad. Hembra y macho entrelazan sus colas mientras se mueven de un lado a otro en una especie de danza sincronizada que puede durar varias horas.
Una vez terminado el acoplamiento, unen sus vientres y la hembra utiliza una papila genital para depositar los huevos en la bolsa incubadora del macho, donde serán fertilizados.
Según su tamaño, un macho de hipocampo puede concebir hasta 200 pequeños caballitos en un solo parto. Sin embargo, en comparación con la capacidad reproductiva de otros peces, que incubarán hasta 200 mil huevos en los meses de reproducción, entre abril y octubre una pareja de caballitos de mar verá nacer únicamente a unos mil alevines.
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