Vicente Lebbe: el trueno en la distancia
“China es mi destino, mi país y la gente de aquí es mi hermana y mi hija”: Vicente Lebbe
“Me he hecho todo a todos, a fin de ganarlos a todos. Todo lo hago por el evangelio, para participar yo también de sus bienes”: San Pablo. (1 Cor.9:23)
Jorge De Las Casas
jdelascasas@prensa.com
“Al país que fueres haz lo que vieres” dice un sabio adagio popular. Uno de los hombres que más se identificó con este refrán por respeto con la cultura que lo acogía fue Vicente Lebbe, misionero belga nacido en 1877. En este sentido Lebbe fue un digno continuador de la actitud de Mateo Ricci, el sabio jesuita que había predicado en China durante el Renacimiento europeo y que también ha sido reseñado por nosotros.
Desde la temprana edad de once años de edad, Lebbe había establecido su vocación como sacerdote misionero, y misionero en China de modo permanente. Fue siempre fiel a este ideal que se vio realizado con plenitud. Tal vez la clave de ello es el amor que Vicente puso en su sueño.
En 1901 tenía apenas 23 años y era sacerdote vicentino. Fue ese el año en que llegó a China por vez primera. Apenas bajó del barco empezó a arrastrar su propia valija, algo que muchos harían, pero no un misionero europeo en China, en aquel tiempo. Así que uno de sus compañeros le increpó al verlo en ese afán. A Lebbe eso no le importaba: amaba a los chinos aun antes de llegar a ese país, y estaba decidido a ser uno de ellos.
Nadie, de entre sus compañeros de “profesión” podía entender tal entusiasmo, igualdad y amor para con los chinos. Y es que la “pastoral de la Iglesia en China en ese momento, se resumía en las siguientes posturas:
a) Los misioneros europeos se sentían superiores frente a los chinos.
b) Muchos sacerdotes franceses, y también obispos, ignoraban el idioma, la cultura y la historia china.
c) Los sacerdotes chinos ordenados no eran directamente responsables de una actividad pastoral, sino que más bien actuaban como asistentes de los sacerdotes europeos.
d) La Iglesia católica funcionaba bajo “la protección” del gobierno francés.
e) Para muchos misioneros era prácticamente lo mismo la lealtad a Cristo o al Evangelio que a la bandera de Francia.
f) Los eclesiásticos europeos no se daban cuenta de que todas las actitudes anteriores los ponían a distancia del afecto y la comprensión del pueblo chino, y por supuesto, lejos de su aceptación.
Como consecuencia de los puntos anteriores:
a) La religión cristiana era considerada una “religión extranjera”, más que una religión para todos. Por lo tanto, algo opuesto a la cultura china.
b) La Iglesia en China era percibida como el capítulo espiritual del coloniaje francés. Por lo tanto, algo opuesto a la dignidad de los chinos.
Lebbe no comprendía esta manera de considerar la misión, pues él decía: “Soy chino, con todo mi corazón, alma y fuerzas”. Pero los demás misioneros no eran Lebbe, y algo había que hacer para cambiar la percepción al respecto. ¿Cuál sería su plan? Veamos:
a) Predicó el Evangelio en las esquinas de las calles y organizaba lecturas públicas de la palabra de Dios.
b) Se aproximó a los líderes cívicos y a los no cristianos prominentes e intentó ganarse su amistad y respeto.
c) Organizaba sociedades de caridad, escuelas y asociaciones de católicos laicos.
d) Fundó la primera imprenta católica de China.
e) Hizo notoria su devoción por China: dominaba el idioma y había cambiado su vestimenta. No usaba sotana, vestía como un trabajador chino pobre y llevaba coleta. Sus amigos misioneros se burlaban de él. Su conducta les parecía no apropiada para un sacerdote. Pero Vicente tenía a mano la respuesta de la Biblia: san Pablo se había vuelto griego con los griegos. “Si tratara de seguir siendo un europeo, no sería mejor que un cadáver. Llegamos a conocer a la gente solo volviéndonos uno de ella. La ganamos solo dándonos nosotros mismos”.
Vicente Lebbe tuvo todo el éxito que su celo merecía. Unos años después ya era uno de los extranjeros más respetados y conspicuos de China.
Pero a pesar de su éxito, Lebbe era repudiado por sus superiores, a quienes irritaban sus métodos. Y es que Lebbe pensaba que la Iglesia en China no tendría futuro si no había un desarrollo de una Iglesia nacional china: entendida como una Iglesia formada por un clero chino, que no dependiera más del clero extranjero ni de la cultura foránea. Por lo tanto, trabajó en la consecución de obispos nativos de China. Pero esto era rechazado por sus superiores. Según ellos, Lebbe era un alborotador, y el clero chino no estaría preparado en un siglo para dirigirse a sí mismo.
Vicente Lebbe conocería a partir de entonces, las horas de obscuridad. R. Ellsberg nos cuenta: “A pesar de su efectividad como misionero, fue tratado por sus propios superiores como un paria, despojado de responsabilidades y trasladado de un cometido a otro en lugares apartados. Se sometió a estas humillaciones con obediencia y dignidad, si bien le costó mucho sufrimiento. Pensaba si esto no sería en realidad el martirio que había imaginado cuando niño”
Lebbe se dio cuenta que el futuro de la Iglesia china dependía de Roma, y partió para el Vaticano, donde obtuvo audiencia con el papa Pío XI, a quien le presentó la situación y una lista de candidatos chinos al episcopado. Los obispos franceses lo veían ahora como un traidor y no le permitían volver a China.
En 1926 el Papa Pío XI dio un giro a los acontecimientos: consagró personalmente seis obispos chinos, recomendados por Lebbe. Ahora el tenaz sacerdote, que estaba en Roma para presenciar la ceremonia, contaba con seis patrocinadores de sus obras que ansiaban sus servicios. Al regresar a China se naturalizó de inmediato. Ahora nadie podría obligarlo a salir de allí.
A sus antiguas obras añadió otras. Organizó una comunidad monástica con una asociación de sacerdotes chinos y la llamó “Los hermanitos de Juan el Bautista” y se convirtió en el superior de esta congregación en 1929.
Cuando empezó la guerra con Japón, Lebbe organizó un grupo de camilleros que se internase en la batalla para rescatar vidas. Esto le aseguró un lugar de honor en los corazones chinos. Otros misioneros se declararon neutrales, Lebbe, por lo contrario, leal. “Preferiría morir que seguir viviendo como neutral, sin animarme a llamar al bien y al mal por sus verdaderos nombres, sin animarme a dar hasta la última gota de sangre por los oprimidos”.
El 24 de junio de 1940 cesó de existir en esta vida el Padre Lebbe. El gobierno chino lo honró declarando un día de duelo, considerándolo un gran cristiano y un gran patriota chino. Y se refirieron a él por su nombre en chino: Lei-Ming-Yuan (“el trueno que canta en la distancia”).
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