Brujos, un obstáculo en la lucha contra el sida
Los llamados “médicos tradicionales” o hechiceros de Africa entorpecen la labor que la medicina occidental intenta desarrollar en el continente más afectado por el sida
Rosa M. Tristán
El Mundo
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Fewdays Mwanza, de 11 años de edad, se sienta junto a su padre Efraim Mwanza, de 47 años, y afectado por el sida, en el hogar de ambos en Lusaka, Zambia. Efraim está tan débil que no puede ni siquiera caminar y depende por completo de su hijo para valerse.
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GAZA/NKHOTAKOTA. — Salomon va a morir solo en el dispensario de Chalucuane (Mozambique), la zona más afectada por las inundaciones de hace dos años. Tiene sida y la muerte pintada en la mirada. Cuando enfermó, consultó al hechicero de la aldea, y este acusó a su tía de haberle causado el malungo (el mal). Así que, de vuelta a casa, dio una paliza de muerte a la mujer, la única persona que le cuidaba y cuando llegó al hospital que las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl tienen en la aldea, a 210 kilómetros de Maputo, estaba desahuciado. Ya habrá muerto.
La ciencia médica occidental aún no ha ganado la batalla a los brujos, los “médicos tradicionales” que existen en todo el continente africano. Países como Malaui o Mozambique no escapan a su poder, sobre todo en el ámbito rural, pero también en las ciudades. En Lilongwe (capital de Malaui) no es raro tropezarse con uno de sus tenderetes, donde ofrecen remedios a todo tipo de males: desde el de amores hasta el sida.
Nadie duda hoy de que la correcta utilización de determinadas hierbas que ofrece la naturaleza tienen efectos beneficiosos para la salud, así como el poder de la mente al creer en ellas, pero también pueden hacer mucho daño.
Adela, misionera mexicana en Chalucuane, que trabaja como médico asistente en el hospital —cuya reconstrucción tras las inundaciones ha ayudado a levantar Manos Unidas—, asegura que, muy frecuentemente, sus extrañas artes causan estragos.
“``No acudir a ellos y venir a nuestras consultas antes se considera una traición”, asegura.
La llegada del VIH no ha hecho sino empeorar la situación. “Para hacer las escarificaciones en la piel (cicatrices rituales), los brujos usan láminas de metal que no desinfectan y son un foco de transmisión del sida a niños y adultos. Y también lo es la poligamia o el cambio de unas mujeres por otras cuando enferman, porque aquí siempre se cree que son ellas las que contagian, y el brujo así lo recomienda”, dice Adela. A continuación muestra los análisis realizados en su laboratorio: siete de los ocho tests del VIH de la mañana dan positivo. Ninguno de estos pacientes recibirá medicamentos retrovirales, el sueño inalcanzable de los profesionales en toda Africa.
Hierbas peligrosas
Javier, un valenciano recién licenciado en Medicina que lleva dos meses como cooperante en la misión, comparte su criterio. “También nos llegan muchos niños desnutridos, después de haber ingerido unas hierbas facilitadas por el hechicero de su poblado, que le provocan terribles diarreas”, explica.
En esta provincia mozambiqueña, la mayoría de sus habitantes son de la llamada secta de los Maziones, una mezcla de animismo y cristianismo, cuyos miembros acuden a los curanderos habitualmente cuando enferman: incluso lo hace parte del personal del hospital.
Sus consejos no son gratuitos: el pago por consulta puede alcanzar el millón y medio de meticais (60 euros), una auténtica fortuna para las familias que aún no se han recuperado de lo que se llevó el agua. “Cuando sus trucos no funcionan, nos los envían al hospital ya medio muertos, como a Salomón; así, si fallecen, echan la culpa a la medicina muzungu (la de los blancos)”. Adela, como prueba, muestra una carta de recomendación de un enfermo escrita por un brujo.
Pero en medio de esta complejidad cultural, no es posible aterrizar con imposiciones científicas sin correr el riesgo del fracaso.
José María Márquez lo entendió muy bien cuando, hace unos años, aterrizó en Malaui, un país donde el gasto sanitario por habitante es de cinco euros y el sueldo medio de unas 800 kwachas (10 euros).
“Lo importante no es solo dar, eso está bien en las emergencias, pero luego hay que intentar alcanzar un desarrollo sostenible con una pequeña ayuda, que sean los africanos los que salgan adelante, integrando sus tradiciones con el progreso para que nosotros podamos irnos”, asegura.
La esperanza de Alinafe
Con tal fin, en 1998, José María consiguió la cesión de un terreno para construir un dispensario en el distrito de Nkhotakota, al que llamó Alinafe (“Dios está con nosotros”, en chechewa, el idioma local). Lo gestiona una congregación religiosa de Malaui, las Teresian Sister, con la ayuda de ONG españolas: Yamba, la Fundación Solidaridad con Malaui y Manos Unidas. Ahora, en Alinafe ya hay un centro de nutrición y una clínica móvil, además de todo un ejemplar proyecto de desarrollo sostenible.
Para empezar, con solo 6 mil euros y en solo dos meses han solucionado el problema del agua potable en 50 poblados con otros tantos pozos.
“Aquí no se desperdicia ni un euro. Lo hemos logrado implicando a los de la aldea en su construcción para que fueran conscientes de que es algo suyo, que les evitará muchas enfermedades”, explica Devline Msowoya, asistente médico de Alinafe y “alma mater” del proyecto.
Otra de sus iniciativas es facilitar a los agricultores bombas de agua para que puedan regar sus campos, sin esperar a las lluvias, y poder tener dos cosechas al año.
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