Panamá, 6 de enero de 2003
 
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Etica y sensatez en medicina

Ninguna de las hierbas que se venden en Panamá ha sido sometida al escrutinio científico serio por el que pasan todos los fármacos que recetan facultativos idóneos

Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net

Cuatro acontecimientos médicos perturbaron mi paz intelectual durante el año 2002. El primero de ellos fue el relacionado con la costosa e innecesaria duplicidad en los servicios de atención pediátrica de tercer y cuarto nivel, lo que propicia una inmoral estratificación de nuestros niños en asegurados y no asegurados. El segundo evento tuvo que ver con la apresurada noticia de que pronto tendríamos una vacuna efectiva contra el virus del sida y que sería llamada Panamá gracias a los pioneros trabajos de un distinguido investigador criollo. El tercer suceso fue el asociado a la súbita e incontrolada proliferación de especialistas en hierbas y medicina alternativa, los que inundan ciertos subdesarrollados programas radiales y televisivos, atentando contra la salud pública de los panameños. Por último, el anuncio del nacimiento del primer bebé clonado, por un grupo de científicos temerarios, afines al culto de los raelianos. Cuando un profesional ejecuta sus movimientos y actividades dentro de un estricto marco ético, estas cuatro noticias se interpretan como claros ejemplos de narcisismo laboral o protagonismo imprudente. Si queremos darle seriedad y credibilidad a nuestras directrices sanitarias, estas actuaciones deben someterse a la contundente e impostergable regulación de los que lideran el sector Salud en nuestros países.

Este mes abre sus puertas un hospital de especialidades para los niños asegurados. Visto de forma superficial, la idea puede entenderse como una justa aspiración de los galenos del Complejo Hospitalario Metropolitano y necesidad inaplazable para los hijos de individuos que cotizan en el Seguro Social (CSS). Desde una óptica más profunda, puede constituir un golpe bajo contra la población pediátrica humilde del país. Primero, porque evita que los pediatras especialistas unan sus fuerzas para que, en armónica colaboración y bajo un mismo pabellón hospitalario, brinden sus mejores esfuerzos físicos y mentales al niño panameño, a ese que no se le debe poner apellido de asegurado o no asegurado. Segundo, porque probablemente la aportación monetaria que hace la seguridad social para cubrir el 30% de las criaturas atendidas en el Hospital del Niño, se reducirá ostensiblemente, haciendo de la solidaridad una palabra que se esfuma entre las tinieblas de la demagogia y el poco importa. ¿Cuántos de nosotros no quisiéramos que nuestras aportaciones a la CSS, las cuales nunca aprovechamos, fueran destinadas a la atención de los niños más humildes del país? Si todos los pediatras estuviéramos juntos, habría suficiente mano de obra y capacidad neuronal para efectuar cualquier actividad por más compleja que esta sea. Se imaginan ustedes no tener que hacer colectas millonarias para trasladar a niños a Estados Unidos con el propósito de que reciban transplantes o se sometan a cirugías sofisticadas. Al duplicar los servicios se pierde el potencial de invertir sabiamente en recursos humanos y tecnológicos que garanticen un servicio de calidad a toda la sociedad, sin distingos de clases. Lamentablemente, ya parece ser demasiado tarde. Caciquismos feudales, caprichos personales, rencillas irresueltas o deseos de protagonismo se imponen sobre las necesidades reales de nuestra población. Ojalá los académicos más jóvenes de ambas instituciones dialoguemos para encontrar soluciones salomónicas al futuro de la pediatría panameña.

Numerosos investigadores en todo el mundo ensayan vacunas contra el sida en animales de experimentación. Algunas de estas ya han entrado en el campo de la investigación en humanos. Aunque varias vacunas parecen prometedoras en ensayos clínicos preliminares, existe preocupación porque estas puedan provocar la aparición de eventos adversos serios o inducir mutaciones del virus que lo tornen irreconocible o más virulento. Para que una vacuna efectiva contra el sida emerja claramente victoriosa a la palestra pública, puede faltar todavía un mínimo de cinco años. Las primeras a evaluar serán vacunas terapéuticas, es decir, vacunas que retrasen la progresión de la enfermedad en individuos ya infectados. Posteriormente, vendrán las vacunas preventivas, destinadas a evitar que los individuos expuestos se infecten. Apresurarse a anunciar que una vacuna preventiva de nombre Panamá está a la vuelta de la esquina es una aseveración temeraria y ofrece un falso sentido de esperanza a las personas enfermas o de riesgo elevado. Desconozco si la noticia fue tergiversada por la prensa o propiciada por las palabras del ilustre investigador panameño. La prudencia y cautela son cualidades importantes de todo hombre de ciencia.

Hay que detener, con urgencia, el bombardeo periodístico y la venta incontrolada de productos botánicos que se revelan como panaceas para prevenir o tratar todo tipo de dolencias y enfermedades. Esto lo he venido denunciando desde hace más de dos años, sin que nadie se dé por aludido. Me alegra saber que hace dos semanas la revista médica más importante del mundo (N Engl J Med 2002; 347:2073) exhorta a la comunidad científica sobre la necesidad imperiosa de regular la medicina botánica. Numerosas reclamaciones han sido efectuadas sobre la toxicidad renal, hepática, cardiaca, neurológica y sobre los efectos carcinogénicos de una gran diversidad de extractos herbáceos. Otras quejas se basan en la falta de estandarización de los preparados, adulteración del supuesto contenido e interacción peligrosa con medicamentos de eficacia comprobada. Ninguna de las hierbas que se venden en Panamá ha sido sometida al escrutinio científico serio por el que pasan todos los fármacos que recetan facultativos idóneos.

Soy enérgico defensor de la clonación terapéutica porque con esta se puede paliar la miserable calidad de vida que sufren millones de personas afectadas por enfermedades crónicas. La clonación reproductiva, sin embargo, requiere de rigurosas consideraciones éticas antes de aventurarnos a practicarla en seres humanos. Esta debe superar todas las fases de investigación en animales para garantizar su completa inocuidad; de hecho, diversas anomalías congénitas o trastornos inmunológicos posteriores han aparecido en varias especies de animales clonados en los últimos años. Resulta trascendental regular, además, su práctica futura para restringirla a situaciones puntuales específicas y bajo la tutela de científicos responsables que actúen basados en criterios legales firmemente establecidos y consensuados. Debemos condenar tanto a la Dra. Boissellier como al Dr. Antinori por buscar protagonismo mundial a expensas de iniciar una aventura científica todavía insegura y de connotaciones inciertas a largo plazo. Lo peor es que el nacimiento del primer clon humano ha sido fomentado por una desquiciada secta que cree que nuestra especie surgió por técnicas de ingeniería genética elaboradas por extraterrestres. ¡Otro disparate del ser humano! Como nunca nadie ha experimentado contacto creíble con alguna supuesta deidad, cada quien inventa y adora su propia divinidad para ganar poder y manipular a su propio rebaño. Y nos llaman seres racionales...

El autor es pediatra infectólogo

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