Etica y sensatez en medicina
Ninguna de las hierbas
que se venden en Panamá ha sido sometida al escrutinio científico
serio por el que pasan todos los fármacos que recetan facultativos
idóneos
Xavier Sáez-Llorens xsaezll@cwpanama.net
Cuatro acontecimientos médicos perturbaron
mi paz intelectual durante el año 2002. El primero de ellos fue
el relacionado con la costosa e innecesaria duplicidad en los servicios
de atención pediátrica de tercer y cuarto nivel, lo que propicia
una inmoral estratificación de nuestros niños en asegurados y no
asegurados. El segundo evento tuvo que ver con la apresurada noticia
de que pronto tendríamos una vacuna efectiva contra el virus del
sida y que sería llamada Panamá gracias a los pioneros trabajos
de un distinguido investigador criollo. El tercer suceso fue el
asociado a la súbita e incontrolada proliferación de especialistas
en hierbas y medicina alternativa, los que inundan ciertos subdesarrollados
programas radiales y televisivos, atentando contra la salud pública
de los panameños. Por último, el anuncio del nacimiento del primer
bebé clonado, por un grupo de científicos temerarios, afines al
culto de los raelianos. Cuando un profesional ejecuta sus movimientos
y actividades dentro de un estricto marco ético, estas cuatro noticias
se interpretan como claros ejemplos de narcisismo laboral o protagonismo
imprudente. Si queremos darle seriedad y credibilidad a nuestras
directrices sanitarias, estas actuaciones deben someterse a la contundente
e impostergable regulación de los que lideran el sector Salud en
nuestros países.
Este mes abre sus puertas un hospital de
especialidades para los niños asegurados. Visto de forma superficial,
la idea puede entenderse como una justa aspiración de los galenos
del Complejo Hospitalario Metropolitano y necesidad inaplazable
para los hijos de individuos que cotizan en el Seguro Social (CSS).
Desde una óptica más profunda, puede constituir un golpe bajo contra
la población pediátrica humilde del país. Primero, porque evita
que los pediatras especialistas unan sus fuerzas para que, en armónica
colaboración y bajo un mismo pabellón hospitalario, brinden sus
mejores esfuerzos físicos y mentales al niño panameño, a ese que
no se le debe poner apellido de asegurado o no asegurado. Segundo,
porque probablemente la aportación monetaria que hace la seguridad
social para cubrir el 30% de las criaturas atendidas en el Hospital
del Niño, se reducirá ostensiblemente, haciendo de la solidaridad
una palabra que se esfuma entre las tinieblas de la demagogia y
el poco importa. ¿Cuántos de nosotros no quisiéramos que nuestras
aportaciones a la CSS, las cuales nunca aprovechamos, fueran destinadas
a la atención de los niños más humildes del país? Si todos los pediatras
estuviéramos juntos, habría suficiente mano de obra y capacidad
neuronal para efectuar cualquier actividad por más compleja que
esta sea. Se imaginan ustedes no tener que hacer colectas millonarias
para trasladar a niños a Estados Unidos con el propósito de que
reciban transplantes o se sometan a cirugías sofisticadas. Al duplicar
los servicios se pierde el potencial de invertir sabiamente en recursos
humanos y tecnológicos que garanticen un servicio de calidad a toda
la sociedad, sin distingos de clases. Lamentablemente, ya parece
ser demasiado tarde. Caciquismos feudales, caprichos personales,
rencillas irresueltas o deseos de protagonismo se imponen sobre
las necesidades reales de nuestra población. Ojalá los académicos
más jóvenes de ambas instituciones dialoguemos para encontrar soluciones
salomónicas al futuro de la pediatría panameña.
Numerosos investigadores en todo el mundo ensayan
vacunas contra el sida en animales de experimentación. Algunas de
estas ya han entrado en el campo de la investigación en humanos.
Aunque varias vacunas parecen prometedoras en ensayos clínicos preliminares,
existe preocupación porque estas puedan provocar la aparición de
eventos adversos serios o inducir mutaciones del virus que lo tornen
irreconocible o más virulento. Para que una vacuna efectiva contra
el sida emerja claramente victoriosa a la palestra pública, puede
faltar todavía un mínimo de cinco años. Las primeras a evaluar serán
vacunas terapéuticas, es decir, vacunas que retrasen la progresión
de la enfermedad en individuos ya infectados. Posteriormente, vendrán
las vacunas preventivas, destinadas a evitar que los individuos
expuestos se infecten. Apresurarse a anunciar que una vacuna preventiva
de nombre Panamá está a la vuelta de la esquina es una aseveración
temeraria y ofrece un falso sentido de esperanza a las personas
enfermas o de riesgo elevado. Desconozco si la noticia fue tergiversada
por la prensa o propiciada por las palabras del ilustre investigador
panameño. La prudencia y cautela son cualidades importantes de todo
hombre de ciencia.
Hay que detener, con urgencia, el bombardeo periodístico
y la venta incontrolada de productos botánicos que se revelan como
panaceas para prevenir o tratar todo tipo de dolencias y enfermedades.
Esto lo he venido denunciando desde hace más de dos años, sin que
nadie se dé por aludido. Me alegra saber que hace dos semanas la
revista médica más importante del mundo (N Engl J Med 2002; 347:2073)
exhorta a la comunidad científica sobre la necesidad imperiosa de
regular la medicina botánica. Numerosas reclamaciones han sido efectuadas
sobre la toxicidad renal, hepática, cardiaca, neurológica y sobre
los efectos carcinogénicos de una gran diversidad de extractos herbáceos.
Otras quejas se basan en la falta de estandarización de los preparados,
adulteración del supuesto contenido e interacción peligrosa con
medicamentos de eficacia comprobada. Ninguna de las hierbas que
se venden en Panamá ha sido sometida al escrutinio científico serio
por el que pasan todos los fármacos que recetan facultativos idóneos.
Soy enérgico defensor de la clonación terapéutica
porque con esta se puede paliar la miserable calidad de vida que
sufren millones de personas afectadas por enfermedades crónicas.
La clonación reproductiva, sin embargo, requiere de rigurosas consideraciones
éticas antes de aventurarnos a practicarla en seres humanos. Esta
debe superar todas las fases de investigación en animales para garantizar
su completa inocuidad; de hecho, diversas anomalías congénitas o
trastornos inmunológicos posteriores han aparecido en varias especies
de animales clonados en los últimos años. Resulta trascendental
regular, además, su práctica futura para restringirla a situaciones
puntuales específicas y bajo la tutela de científicos responsables
que actúen basados en criterios legales firmemente establecidos
y consensuados. Debemos condenar tanto a la Dra. Boissellier como
al Dr. Antinori por buscar protagonismo mundial a expensas de iniciar
una aventura científica todavía insegura y de connotaciones inciertas
a largo plazo. Lo peor es que el nacimiento del primer clon humano
ha sido fomentado por una desquiciada secta que cree que nuestra
especie surgió por técnicas de ingeniería genética elaboradas por
extraterrestres. ¡Otro disparate del ser humano! Como nunca nadie
ha experimentado contacto creíble con alguna supuesta deidad, cada
quien inventa y adora su propia divinidad para ganar poder y manipular
a su propio rebaño. Y nos llaman seres racionales...
El autor es pediatra infectólogo
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