Fin y comienzo
Estamos todos tan presos
por la ansiedad de esta vida, que se nos olvida vivir
I. Roberto Eisenmann, Jr.
Escribo esto en los últimos días del año
dos del nuevo siglo, y saldrá publicado en los primeros días del
nuevo año tres. Es ese momento siempre emocional de un fin y de
un nuevo comienzo. El regalo de la vida, el ser persona, implica
responsabilidades y libertad. Para hacer ese inventario, usual en
estos momentos, se requiere una cierta soledad interior, un sentido
de integridad personal, un sentido claro de nuestra realidad y de
nuestra propia habilidad de entregarnos a la sociedad en que vivimos
o, por lo contrario, negarnos a esa vía para dedicarnos solo a nosotros
mismos, lo que sería como una especie de cáncer de egoísmo espiritual.
Al profundizar en este fin y comienzo de
un año y otro, no podemos dejar de pensar en todos los fines y comienzos
de la vida incluso, primariamente, en el fin y comienzo de nuestra
propia existencia. Vivir es un constante pensar y actuar guiado
por la realidad objetiva de nuestro entorno. Es un constante experimentar
y crecer en lo viejo, en lo que termina...y en lo nuevo, que comienza.
Así la vida es siempre nueva. Incluso, llegar a nuestro fin...y
a nuestro nuevo comienzo...es todo nuevo; es vivir y terminar lo
conocido y vivir lo por conocer. Si tenemos la humildad necesaria
este proceso de inventario lo hacemos en presencia de nuestro Dios...una
presencia no definible con palabras del lenguaje humano. Una presencia
que no es visual, cara a cara. Una presencia que es de ser a ser.
Una presencia ante la que nos sentimos siempre hijo o hija, aun
cuando tengamos muchos años y ya no existan nuestros padres y madres.
En este año dos que es fin, parece que todo –absolutamente
todo– lo hemos convertido en problema. Ha sido un año de ansiedad
para todos, sobre todo ansiedad económica, ya que la cosa está mal
y no hay un solo país en el globo en el que esté bien y vigorosa
la economía. Ansiedad por nuestro trabajo y nuestros ingresos; ansiedad
por el terrorismo, ya que no parece haber hoy lugar seguro alguno
en ninguna parte del mundo. Ansiedad por la guerra anunciada en
Iraq...y ahora el problema adicional de Corea del Norte....y las
desconocidas consecuencias de ambos potenciales conflictos bélicos.
Ansiedad y frustración por los políticos corruptos
y cínicos que dicen representarnos tan solo porque en algún momento
recibieron nuestro voto y lo consideraron una licencia quinquenal
para servirse de lo nuestro.
Estamos todos tan presos por la ansiedad de esta
vida, que se nos olvida vivir. Yo –por una crisis de salud– cumplo
dos años de vida en el año dos...y agradezco a mi Dios simplemente
eso: que tengo vida, rodeado de una magnífica familia y de queridísimos
compañeros y compañeras de trabajo. Procuro no sufrir de ansiedad
porque yo sé que no sirve de nada. La ansiedad no se cura, sino
con acción. Se procura convertir cada problema en oportunidad con
acción: acción personal a favor de lo propio, pero con una gran
dosis de acción a favor de la sociedad a la que nos debemos. Acción
de ciudadanía competente...y convertir toda nuestra acción en un
gran rezo al Dios de nuestra preferencia. “A Dios rogando y con
el mazo dando”, dice el genial dicho campesino.
Que para este nuevo comienzo, para este año 2003,
que nuestras vidas, la mía, la tuya y la de aquel, sean de constante
acción solidaria en busca de la justicia y la esperanza para todos
nuestros hermanos en la nacionalidad.
El autor es presidente de la Fundación para
el Desarrollo de la Libertad Ciudadana
Además en opinión
• Fin y comienzo: I.
Roberto Eisenmann, Jr. •
Viví escribiendo: Jaime A. Porcell Alemán
• Crecimiento
inteligente para Panamá: Hugo Navarro •
No es clavo pasado: Alvaro González Clare
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