Panamá, 3 de enero de 2003
 
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Fin y comienzo

Estamos todos tan presos por la ansiedad de esta vida, que se nos olvida vivir

I. Roberto Eisenmann, Jr.

Escribo esto en los últimos días del año dos del nuevo siglo, y saldrá publicado en los primeros días del nuevo año tres. Es ese momento siempre emocional de un fin y de un nuevo comienzo. El regalo de la vida, el ser persona, implica responsabilidades y libertad. Para hacer ese inventario, usual en estos momentos, se requiere una cierta soledad interior, un sentido de integridad personal, un sentido claro de nuestra realidad y de nuestra propia habilidad de entregarnos a la sociedad en que vivimos o, por lo contrario, negarnos a esa vía para dedicarnos solo a nosotros mismos, lo que sería como una especie de cáncer de egoísmo espiritual.

Al profundizar en este fin y comienzo de un año y otro, no podemos dejar de pensar en todos los fines y comienzos de la vida incluso, primariamente, en el fin y comienzo de nuestra propia existencia. Vivir es un constante pensar y actuar guiado por la realidad objetiva de nuestro entorno. Es un constante experimentar y crecer en lo viejo, en lo que termina...y en lo nuevo, que comienza. Así la vida es siempre nueva. Incluso, llegar a nuestro fin...y a nuestro nuevo comienzo...es todo nuevo; es vivir y terminar lo conocido y vivir lo por conocer. Si tenemos la humildad necesaria este proceso de inventario lo hacemos en presencia de nuestro Dios...una presencia no definible con palabras del lenguaje humano. Una presencia que no es visual, cara a cara. Una presencia que es de ser a ser. Una presencia ante la que nos sentimos siempre hijo o hija, aun cuando tengamos muchos años y ya no existan nuestros padres y madres.

En este año dos que es fin, parece que todo –absolutamente todo– lo hemos convertido en problema. Ha sido un año de ansiedad para todos, sobre todo ansiedad económica, ya que la cosa está mal y no hay un solo país en el globo en el que esté bien y vigorosa la economía. Ansiedad por nuestro trabajo y nuestros ingresos; ansiedad por el terrorismo, ya que no parece haber hoy lugar seguro alguno en ninguna parte del mundo. Ansiedad por la guerra anunciada en Iraq...y ahora el problema adicional de Corea del Norte....y las desconocidas consecuencias de ambos potenciales conflictos bélicos.

Ansiedad y frustración por los políticos corruptos y cínicos que dicen representarnos tan solo porque en algún momento recibieron nuestro voto y lo consideraron una licencia quinquenal para servirse de lo nuestro.

Estamos todos tan presos por la ansiedad de esta vida, que se nos olvida vivir. Yo –por una crisis de salud– cumplo dos años de vida en el año dos...y agradezco a mi Dios simplemente eso: que tengo vida, rodeado de una magnífica familia y de queridísimos compañeros y compañeras de trabajo. Procuro no sufrir de ansiedad porque yo sé que no sirve de nada. La ansiedad no se cura, sino con acción. Se procura convertir cada problema en oportunidad con acción: acción personal a favor de lo propio, pero con una gran dosis de acción a favor de la sociedad a la que nos debemos. Acción de ciudadanía competente...y convertir toda nuestra acción en un gran rezo al Dios de nuestra preferencia. “A Dios rogando y con el mazo dando”, dice el genial dicho campesino.

Que para este nuevo comienzo, para este año 2003, que nuestras vidas, la mía, la tuya y la de aquel, sean de constante acción solidaria en busca de la justicia y la esperanza para todos nuestros hermanos en la nacionalidad.

El autor es presidente de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana

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