Tras 48 años del crimen de Remón
Quizás el que más desearía
el esclarecimiento que planteamos para descansar en paz, sería el
propio general Remón. Así tendría la justicia que reclamaba para
los panameños
Guillermo A. Cochez gcochez@cableonda.net
El 2 de enero de 1955, cuando fue asesinado el presidente José Antonio
Remón Cantera, vivíamos en Calle D El Cangrejo en uno de los primeros
edificios construidos en el área. A los que estábamos en casa nos
fue fácil oír las ráfagas de ametralladora que cegaron su vida,
ya que la cercanía del Hipódromo Juan Franco, ubicado donde hoy
está Galerías Obarrio, y la inexistencia de construcciones por allí,
hicieron posible escuchar por esa parte de la Vía España el retumbar
de las balas. Tenía yo nueve años.
Me interesó el asunto porque conocí de niño
al coronel Remón, quien residía al final de la Calle 52, esquina
con Federico Boyd, calle donde vivimos antes de irnos a El Cangrejo.
Su casa tenía la forma de un pastel redondo, en donde hoy está el
Hotel Costa del Sol. Al lado, en una casa de madera de dos altos,
vivían cuatro hijos de Rubén Oscar Miró Guardia, uno de los cuales
estuvo conmigo en La Salle desde primer grado. En la parte trasera
de ambas viviendas, en la Vía España, estaba el edificio donde vivía
el entonces diputado Juan B. Arias, al lado de Felix. De allí el
interés que desde pequeño tuve por el magnicidio y en la tremenda
injusticia y cobarde actuación que la clase política de la época
tuvo para que, sin asco ni escrúpulo alguno, destituyeran a quien
correspondía la Presidencia de la República, José Ramón Guizado
Valdés. Hombre digno, pero quizá sin la malicia y los intereses
de quienes, aprovechándose del crimen o de su participación en este,
optaron por quedarse con el poder, importándoles poco el esclarecimiento
del magnicidio que, para escarnio nacional, al igual que el del
general Torrijos, aún permanecen en el misterio.
Leyendo el estudio Del caso Remón-Guizado, de José
Vicente Romeu, distinguido catedrático de la USMA, escrito en el
2000, que recientemente encontré medio escondido en los anaqueles
de una Arrocha, el tema me ha vuelto a la mente. Fue tal la canallada
política que le hicieron al ingeniero Guizado, que motivó que durante
su juicio, al preguntarle su acusador si tenía algo que decir, asintiendo
con la cabeza dijera frente al micrófono, gritando con toda su alma:
“¡Esta es una infamia...carajo¡ ¡Lo que están haciendo conmigo!
La infamia más grande del mundo”. Se suma a esta lectura el excelente
trabajo Anatomía de una infamia, de Juan Materno Vásquez, llegado
a mis manos por la gentileza de su hijo Luis y El proceso Guizado,
alegato para la historia, del amigo y colega Carlos Iván Zúñiga,
el cual obtuve a través de su hijo Juan Cristóbal.
Los interesantes análisis de Romeu, Vásquez y Zúñiga
nos dejan dos sinsabores: la participación de la dirigencia política
criolla en la patraña que le montaron al presidente Guizado, evitando
investigar el crimen, perpetuándose en el poder, y la posible participación
del Gobierno de Estados Unidos en tan horrendo episodio, aun sin
poder descifrar quiénes fueron los responsables del mismo, aunque
sí quiénes se beneficiaron, y mucho, con lo que le hicieron a Guizado
para separarlo de su cargo, como advierten Juan Materno Vásquez
y Carlos Iván Zúñiga, juzgándolo por un delito cometido por un presidente,
cuando de haber sido parte en tal ilícito, en ese instante no tenía
tal condición, y por lo tanto la Asamblea Nacional no tenía competencia
para convertirse en su tribunal, sino la Corte Suprema de Justicia.
Relata Romeu que en el juicio de Guizado, según
relato del sobrino de este, Luis Eduardo Guizado Jr., a su padre
Luis Eduardo Guizado, diputado principal y el hijo del primero José
Ramón Guizado Jr., impedidos para actuar en el juicio, fueron reemplazados
por la segunda suplente, Serafina Q. de Higuera, quien votó en contra
del presidente Guizado cuando la Asamblea lo declaró culpable. Dicha
persona, ya difunta, “que votó en contra de José Ramón, al que luego
fue a ver a su casa después que quedara libre en el 57, para pedir
excusas y dar explicaciones, porque parece que ella tenía unos puestecitos
en el mercado y la amenazaron con quitárselos, además de que le
pagaron 3 mil dólares”. Recordemos que eso pasó hace más de 46 años;
por los 6 mil que dicen haber recibido hoy, en el 55 equivaldrían
a 4 reales y medio. Imagínense el precio que tenía el votar en contra
de un presidente para declararlo culpable de un crimen a sabiendas
de su inocencia, solo para sacarlo de la Presidencia, sin importarles
nada si se encontraba o no a los culpables; y todo esto con la connivencia
de los familiares del presidente muerto.
En las obras mencionadas se cuenta lo que ya otros
panameños han señalado y es la posible participación estadounidense
en el hecho. En 1995, el diario La Prensa, citando al New York Daily
News en 1975, señaló que “el asesinato de Remón pudo haber sido
inspirado y/o ejecutado por agentes de la CIA”, indicando el periodista
responsable de la crónica, Paul Meskil, que “un antiguo agente de
la CIA había revelado al periódico que Rubén Miró, el acusado de
dar a muerte a Remón...había estado en contacto con la CIA ‘antes’
y ‘después’ del asesinato”. Citando a Alvaro Chiu (La Prensa 2 de
enero de 1996), Romeu reproduce el texto de los autores Robert J.
Groden y Harrison E. Livingstone que dice: “Marion Cooper, quien
trabajó en la CIA, dijo que él asistió a una reunión el 1 de enero
de 1955, en Honduras, en donde la planificación del asesinato del
presidente Remón fue discutida en detalle. Presentes en esa reunión
estuvieron el equipo de asesinos contratados para hacer ese trabajo,
y el vicepresidente de Estados Unidos, Richard Nixon. Al día siguiente
Remón fue acribillado a muerte”.
Preocupado por el devenir nacional, propongo que
para conmemorar nuestro centenario en el 2003 exaltemos a ocho panameños
que dieron ejemplo de entereza y rectitud durante esos sucesos.
Me refiero a los ocho diputados que votaron en contra de que se
condenara al presidente Guizado por un crimen que no cometió. Muchos
de sus 43 compañeros diputados, a sabiendas de que lo que hacían
era incorrecto, sucumbieron a las mentiras y a las falacias que
se tejieron para embarrar al ingeniero Guizado. Esos tendrán que
explicarle al Ser Superior lo que hicieron, ya que no nos corresponde
ser jueces de nadie. Esos dignos panameños son Aquilino Boyd, Juan
B. Arias, Antonio Delgado, Carlos Iván Zúñiga, Simeón Conte, Tomás
Rodrigo Arias, Francisco José Linares y Plinio Varela, a quien conocí
muy de cerca por ser tío abuelo de mi esposa.
Esclarecer el crimen del presidente Remón, aunque
tardíamente y aunque con ello se pisen muchos callos, y se refresquen
eventos que muchos preferirían que se olviden para siempre, es algo
que la salud histórica de nuestra Nación se merece. Sería, por igual,
algo loable que hacer en nuestro centenario. En el camino, la Cancillería
debería procurar gestionar en los archivos del Gobierno de Estados
Unidos toda la información confidencial y secreta, ya de acceso
público, para ver qué papel jugó ese país en todo aquello que tanto
descrédito nos dio a nivel mundial y que tanto ha favorecido a que
no logremos encontrar nuestra verdadera identidad nacional. Ese
esclarecimiento también se lo merecen los familiares de José Ramón
Guizado y de otros, como el amigo y socio de este, Rodolfo de Saint
Malo, que fueron arrastrados por tan nauseabundo torbellino. Quizás
el que más desearía el esclarecimiento que planteamos para descansar
en paz, sería el propio general Remón. Así tendría la justicia que
reclamaba para los panameños, y la salud patria podría comenzar
a tener algunas muestras de alivio.
El autor es abogado
Además en opinión
• Populismo y subdesarrollo:
Rubén M. Castillo •
‘Me mueve la compasión’: Matías Rivas •
Tras 48 años del crimen de Remón:
Guillermo A. Cochez •
El chiste: un arte menor: Jacobo Sasso Maduro
|