Panamá, 2 de enero de 2003
 
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Tras 48 años del crimen de Remón

Quizás el que más desearía el esclarecimiento que planteamos para descansar en paz, sería el propio general Remón. Así tendría la justicia que reclamaba para los panameños

Guillermo A. Cochez
gcochez@cableonda.net

El 2 de enero de 1955, cuando fue asesinado el presidente José Antonio Remón Cantera, vivíamos en Calle D El Cangrejo en uno de los primeros edificios construidos en el área. A los que estábamos en casa nos fue fácil oír las ráfagas de ametralladora que cegaron su vida, ya que la cercanía del Hipódromo Juan Franco, ubicado donde hoy está Galerías Obarrio, y la inexistencia de construcciones por allí, hicieron posible escuchar por esa parte de la Vía España el retumbar de las balas. Tenía yo nueve años.

Me interesó el asunto porque conocí de niño al coronel Remón, quien residía al final de la Calle 52, esquina con Federico Boyd, calle donde vivimos antes de irnos a El Cangrejo. Su casa tenía la forma de un pastel redondo, en donde hoy está el Hotel Costa del Sol. Al lado, en una casa de madera de dos altos, vivían cuatro hijos de Rubén Oscar Miró Guardia, uno de los cuales estuvo conmigo en La Salle desde primer grado. En la parte trasera de ambas viviendas, en la Vía España, estaba el edificio donde vivía el entonces diputado Juan B. Arias, al lado de Felix. De allí el interés que desde pequeño tuve por el magnicidio y en la tremenda injusticia y cobarde actuación que la clase política de la época tuvo para que, sin asco ni escrúpulo alguno, destituyeran a quien correspondía la Presidencia de la República, José Ramón Guizado Valdés. Hombre digno, pero quizá sin la malicia y los intereses de quienes, aprovechándose del crimen o de su participación en este, optaron por quedarse con el poder, importándoles poco el esclarecimiento del magnicidio que, para escarnio nacional, al igual que el del general Torrijos, aún permanecen en el misterio.

Leyendo el estudio Del caso Remón-Guizado, de José Vicente Romeu, distinguido catedrático de la USMA, escrito en el 2000, que recientemente encontré medio escondido en los anaqueles de una Arrocha, el tema me ha vuelto a la mente. Fue tal la canallada política que le hicieron al ingeniero Guizado, que motivó que durante su juicio, al preguntarle su acusador si tenía algo que decir, asintiendo con la cabeza dijera frente al micrófono, gritando con toda su alma: “¡Esta es una infamia...carajo¡ ¡Lo que están haciendo conmigo! La infamia más grande del mundo”. Se suma a esta lectura el excelente trabajo Anatomía de una infamia, de Juan Materno Vásquez, llegado a mis manos por la gentileza de su hijo Luis y El proceso Guizado, alegato para la historia, del amigo y colega Carlos Iván Zúñiga, el cual obtuve a través de su hijo Juan Cristóbal.

Los interesantes análisis de Romeu, Vásquez y Zúñiga nos dejan dos sinsabores: la participación de la dirigencia política criolla en la patraña que le montaron al presidente Guizado, evitando investigar el crimen, perpetuándose en el poder, y la posible participación del Gobierno de Estados Unidos en tan horrendo episodio, aun sin poder descifrar quiénes fueron los responsables del mismo, aunque sí quiénes se beneficiaron, y mucho, con lo que le hicieron a Guizado para separarlo de su cargo, como advierten Juan Materno Vásquez y Carlos Iván Zúñiga, juzgándolo por un delito cometido por un presidente, cuando de haber sido parte en tal ilícito, en ese instante no tenía tal condición, y por lo tanto la Asamblea Nacional no tenía competencia para convertirse en su tribunal, sino la Corte Suprema de Justicia.

Relata Romeu que en el juicio de Guizado, según relato del sobrino de este, Luis Eduardo Guizado Jr., a su padre Luis Eduardo Guizado, diputado principal y el hijo del primero José Ramón Guizado Jr., impedidos para actuar en el juicio, fueron reemplazados por la segunda suplente, Serafina Q. de Higuera, quien votó en contra del presidente Guizado cuando la Asamblea lo declaró culpable. Dicha persona, ya difunta, “que votó en contra de José Ramón, al que luego fue a ver a su casa después que quedara libre en el 57, para pedir excusas y dar explicaciones, porque parece que ella tenía unos puestecitos en el mercado y la amenazaron con quitárselos, además de que le pagaron 3 mil dólares”. Recordemos que eso pasó hace más de 46 años; por los 6 mil que dicen haber recibido hoy, en el 55 equivaldrían a 4 reales y medio. Imagínense el precio que tenía el votar en contra de un presidente para declararlo culpable de un crimen a sabiendas de su inocencia, solo para sacarlo de la Presidencia, sin importarles nada si se encontraba o no a los culpables; y todo esto con la connivencia de los familiares del presidente muerto.

En las obras mencionadas se cuenta lo que ya otros panameños han señalado y es la posible participación estadounidense en el hecho. En 1995, el diario La Prensa, citando al New York Daily News en 1975, señaló que “el asesinato de Remón pudo haber sido inspirado y/o ejecutado por agentes de la CIA”, indicando el periodista responsable de la crónica, Paul Meskil, que “un antiguo agente de la CIA había revelado al periódico que Rubén Miró, el acusado de dar a muerte a Remón...había estado en contacto con la CIA ‘antes’ y ‘después’ del asesinato”. Citando a Alvaro Chiu (La Prensa 2 de enero de 1996), Romeu reproduce el texto de los autores Robert J. Groden y Harrison E. Livingstone que dice: “Marion Cooper, quien trabajó en la CIA, dijo que él asistió a una reunión el 1 de enero de 1955, en Honduras, en donde la planificación del asesinato del presidente Remón fue discutida en detalle. Presentes en esa reunión estuvieron el equipo de asesinos contratados para hacer ese trabajo, y el vicepresidente de Estados Unidos, Richard Nixon. Al día siguiente Remón fue acribillado a muerte”.

Preocupado por el devenir nacional, propongo que para conmemorar nuestro centenario en el 2003 exaltemos a ocho panameños que dieron ejemplo de entereza y rectitud durante esos sucesos. Me refiero a los ocho diputados que votaron en contra de que se condenara al presidente Guizado por un crimen que no cometió. Muchos de sus 43 compañeros diputados, a sabiendas de que lo que hacían era incorrecto, sucumbieron a las mentiras y a las falacias que se tejieron para embarrar al ingeniero Guizado. Esos tendrán que explicarle al Ser Superior lo que hicieron, ya que no nos corresponde ser jueces de nadie. Esos dignos panameños son Aquilino Boyd, Juan B. Arias, Antonio Delgado, Carlos Iván Zúñiga, Simeón Conte, Tomás Rodrigo Arias, Francisco José Linares y Plinio Varela, a quien conocí muy de cerca por ser tío abuelo de mi esposa.

Esclarecer el crimen del presidente Remón, aunque tardíamente y aunque con ello se pisen muchos callos, y se refresquen eventos que muchos preferirían que se olviden para siempre, es algo que la salud histórica de nuestra Nación se merece. Sería, por igual, algo loable que hacer en nuestro centenario. En el camino, la Cancillería debería procurar gestionar en los archivos del Gobierno de Estados Unidos toda la información confidencial y secreta, ya de acceso público, para ver qué papel jugó ese país en todo aquello que tanto descrédito nos dio a nivel mundial y que tanto ha favorecido a que no logremos encontrar nuestra verdadera identidad nacional. Ese esclarecimiento también se lo merecen los familiares de José Ramón Guizado y de otros, como el amigo y socio de este, Rodolfo de Saint Malo, que fueron arrastrados por tan nauseabundo torbellino. Quizás el que más desearía el esclarecimiento que planteamos para descansar en paz, sería el propio general Remón. Así tendría la justicia que reclamaba para los panameños, y la salud patria podría comenzar a tener algunas muestras de alivio.

El autor es abogado


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