Panamá, 2 de enero de 2003
 
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Populismo y subdesarrollo

Los pueblos han asimilado el erróneo concepto de que el Estado es una especie de ser omnipotente que debe, instantáneamente, cubrir todas sus necesidades

Rubén M. Castillo
rcastillo@mavclex.com

El inicio de un nuevo año nos hace reflexionar sobre el pasado. Esas constantes meditaciones permiten que los seres humanos podamos entender el futuro que se aproxima.

El ayer de nuestra sociedad se asienta en el temperamento del facilismo. La gente desea que sus problemas se resuelvan mágicamente, sin esfuerzos mayores y sin el irreprochable sudor que provoca el trabajo.

Los pueblos han asimilado el erróneo concepto de que el Estado es una especie de ser omnipotente que debe, instantáneamente, cubrir todas sus necesidades. En realidad lo que debe hacer el Estado es viabilizar el progreso a través de incentivar el espíritu emprendedor de los asociados, para que estos produzcan la riqueza que, distribuida correctamente, mitigue las diferencias sociales.

Obviamente el Estado no puede ser un convidado de piedra y en consecuencia debe guiar el desarrollo de la sociedad en asocio con los sectores privados, siempre cuidando que los sectores menos favorecidos de la sociedad puedan progresar. El progreso, evidentemente, no llega por casualidad sino por la acción vigorosa de la educación y por un toque de asistencialismo, cuando este sea necesario.

Cuando surgen las “dirigencias mesiánicas”, el Estado se sobredimensiona y el futuro queda aplazado ya que los pueblos se entregan a la falsa ilusión de lograrlo a través de un atajo.

En América Latina, los ejemplos de ese malsano mesianismo abundan. Por ejemplo, la república Argentina, a mediados de la década del 30, no tenía deuda externa, su ingreso per cápita era equiparable al de varios países de Europa y, por el impulso de la educación, tenía ya un desarrollo científico admirable; sin embargo, luego del populismo peronista y de la locura militar, dicha nación acumula más de 100 mil millones de dólares en deuda y atroces diferencias sociales. Sobre el particular, recomiendo la obra Totalitarismo e improductividad, del profesor García Hamilton, la cual establece, con claridad, el criterio de que el excesivo populismo atrofia la “luz del entendimiento”.

En Panamá, el régimen militar acentuó el espíritu del “juega vivo” y destruyó el ansia de superación de los asociados. El pueblo estaba a merced de que alguien, desde la tranquilidad de una hamaca, decidiera su futuro. Recuerdo con la diafanidad que todavía me otorga la memoria, que los militares decidían desde la concesión de un día libre hasta la graciosa entrega de dinero para pagar la cuenta de luz, con lo cual el pueblo pensaba que su futuro dependía, exclusivamente, de los detentadores del poder.

Ese populismo irracional desmejoró la educación nacional, liquidó el movimiento estudiantil y nos situó en el camino del atraso. No puedo olvidar que la crisis actual de la Universidad de Panamá es el resultado de ese absurdo pasado. Se habló de popularización de la educación superior y lo que se consiguió fue desmejorarla hasta sumirla en la más abyecta mendicidad, ya que quedó a merced de los impredecibles cambios políticos.

Para rescatar nuestro futuro es necesario que los asociados entiendan que no existe figuras que, por sí solas, determinen el curso de la historia y que solo el esfuerzo colectivo y la determinación de alcanzar nuestras metas nacionales pueden provocar el resultado que buscamos.

Si entendemos las lecciones de la historia y logramos establecer –al margen de nuestras diferencias– las metas de la nación, iniciaremos el recorrido que nos llevará hacia un destino estelar; de lo contrario, siempre estaremos esperando la llegada de las inexistentes soluciones milagrosas.

El autor es abogado


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