Populismo y subdesarrollo
Los pueblos han asimilado
el erróneo concepto de que el Estado es una especie de ser omnipotente
que debe, instantáneamente, cubrir todas sus necesidades
Rubén M. Castillo rcastillo@mavclex.com
El inicio de un nuevo año nos hace reflexionar
sobre el pasado. Esas constantes meditaciones permiten que los seres
humanos podamos entender el futuro que se aproxima.
El ayer de nuestra sociedad se asienta en
el temperamento del facilismo. La gente desea que sus problemas
se resuelvan mágicamente, sin esfuerzos mayores y sin el irreprochable
sudor que provoca el trabajo.
Los pueblos han asimilado el erróneo concepto de
que el Estado es una especie de ser omnipotente que debe, instantáneamente,
cubrir todas sus necesidades. En realidad lo que debe hacer el Estado
es viabilizar el progreso a través de incentivar el espíritu emprendedor
de los asociados, para que estos produzcan la riqueza que, distribuida
correctamente, mitigue las diferencias sociales.
Obviamente el Estado no puede ser un convidado de
piedra y en consecuencia debe guiar el desarrollo de la sociedad
en asocio con los sectores privados, siempre cuidando que los sectores
menos favorecidos de la sociedad puedan progresar. El progreso,
evidentemente, no llega por casualidad sino por la acción vigorosa
de la educación y por un toque de asistencialismo, cuando este sea
necesario.
Cuando surgen las “dirigencias mesiánicas”, el Estado
se sobredimensiona y el futuro queda aplazado ya que los pueblos
se entregan a la falsa ilusión de lograrlo a través de un atajo.
En América Latina, los ejemplos de ese malsano mesianismo
abundan. Por ejemplo, la república Argentina, a mediados de la década
del 30, no tenía deuda externa, su ingreso per cápita era equiparable
al de varios países de Europa y, por el impulso de la educación,
tenía ya un desarrollo científico admirable; sin embargo, luego
del populismo peronista y de la locura militar, dicha nación acumula
más de 100 mil millones de dólares en deuda y atroces diferencias
sociales. Sobre el particular, recomiendo la obra Totalitarismo
e improductividad, del profesor García Hamilton, la cual establece,
con claridad, el criterio de que el excesivo populismo atrofia la
“luz del entendimiento”.
En Panamá, el régimen militar acentuó el espíritu
del “juega vivo” y destruyó el ansia de superación de los asociados.
El pueblo estaba a merced de que alguien, desde la tranquilidad
de una hamaca, decidiera su futuro. Recuerdo con la diafanidad que
todavía me otorga la memoria, que los militares decidían desde la
concesión de un día libre hasta la graciosa entrega de dinero para
pagar la cuenta de luz, con lo cual el pueblo pensaba que su futuro
dependía, exclusivamente, de los detentadores del poder.
Ese populismo irracional desmejoró la educación
nacional, liquidó el movimiento estudiantil y nos situó en el camino
del atraso. No puedo olvidar que la crisis actual de la Universidad
de Panamá es el resultado de ese absurdo pasado. Se habló de popularización
de la educación superior y lo que se consiguió fue desmejorarla
hasta sumirla en la más abyecta mendicidad, ya que quedó a merced
de los impredecibles cambios políticos.
Para rescatar nuestro futuro es necesario que los
asociados entiendan que no existe figuras que, por sí solas, determinen
el curso de la historia y que solo el esfuerzo colectivo y la determinación
de alcanzar nuestras metas nacionales pueden provocar el resultado
que buscamos.
Si entendemos las lecciones de la historia y logramos
establecer –al margen de nuestras diferencias– las metas de la nación,
iniciaremos el recorrido que nos llevará hacia un destino estelar;
de lo contrario, siempre estaremos esperando la llegada de las inexistentes
soluciones milagrosas.
El autor es abogado
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