
Después del fin de la historia
“Los últimos hombres” no
tienen ya ningún deseo por ser reconocidos como mejores que otros.
Así, pues, renuncian a la excelencia o a los grandes logros
Ruling Barragán Yañez
Hace una década, la interesante y polémica obra The End of History
and the Last Man, de Francis Fukuyama, debutó en el mundo académico-político.
En este libro, Fukuyama argumentaba que, luego de la caída del socialismo
real, la democracia liberal podría bien constituir “el fin de la
evolución ideológico-política de la humanidad” y la “última forma
posible de gobierno humano”.
Diez años después, Fukuyama aún sostiene
su célebre tesis y mantiene en pie las preguntas que le circundan.
¿Podemos hablar todavía de una “Historia” (con mayúscula), es decir,
“la historia entendida como un meta-relato único y coherente de
un proceso evolutivo que abarca a todas las gentes, de todos los
tiempos”?
Según Hegel y Marx –nos recuerda Fukuyama– debíamos
hablar de un desarrollo coherente de las sociedades humanas, desde
simples agrupaciones tribales basadas en la esclavitud y la agricultura,
las cuales evolucionan hasta devenir sucesivamente en teocracias,
monarquías, y aristocracias feudales, hasta llegar a las modernas
democracias liberales y el capitalismo impulsado por la tecnología.
Fukuyama nos señala que Hegel y Marx creían que
la evolución de las sociedades humanas no era infinita, sino que
finalizaría cuando la humanidad alcanzara una forma de gobierno
que satisficiera sus aspiraciones fundamentales. Así, pues, ambos
pensadores ubicaban “el fin de la historia” en algún punto: de acuerdo
a Hegel, el punto final era la democracia liberal, aunque para Marx
lo era la sociedad comunista. La “historia real” parece haberle
dado la razón a Hegel. Fukuyama piensa que esto se debe a dos razones
básicas. Una de ellas es científico-económica y la otra filosófico-política.
La primera de estas razones apunta a la lógica de
la ciencia natural moderna, la cual ha influido decisivamente en
el mundo económico a través de la tecnología. La segunda de estas
razones tiene que ver con “el deseo de ser reconocido”, una noción
fundamental en la filosofía política de Hegel.
De acuerdo con Hegel, los seres humanos difieren
fundamentalmente de los animales en que, aparte de sus deseos y
necesidades naturales, los hombres se caracterizan por el “deseo
por el reconocimiento”. El deseo o impulso por ser reconocidos encuentra
particular expresión en innumerables actividades humanas. Por ejemplo,
la lucha por el poder, la riqueza o la fama. En estas actividades,
los seres humanos buscan ser apreciados o valorados por los demás.
Hegel ve en este deseo el primer atisbo de la libertad
humana, ya que este deseo no está determinado por la dimensión físico-biológica
de los seres humanos, sino por su particular naturaleza racional-moral.
Este deseo es el motor de todo el proceso histórico de la humanidad
y encuentra singular expresión en la política.
Con el advenimiento de la independencia norteamericana
y la Revolución Francesa, Hegel aseguró que la historia había llegado
a su fin, porque el impulso o aspiración que había regido el proceso
histórico –el deseo por el reconocimiento– había sido ahora satisfecho
en una sociedad caracterizada por el reconocimiento universal y
recíproco. Así, pues, ninguna otra configuración de nuestras instituciones
sociopolíticas sería capaz de satisfacer el deseo por el reconocimiento
y, por consiguiente, no habría ya ningún cambio histórico cualitativamente
significativo.
He aquí lo más polémico de las tesis de Hegel-Fukuyama
y en donde la izquierda y la derecha ofrecen distintas respuestas,
tratando de ir “más allá del fin de la historia”.
La izquierda afirma –resumida por Fukuyama– que
“el reconocimiento universal de las democracias liberales es necesariamente
incompleto, pues el capitalismo crea inequidad económica y requiere
una división del trabajo que implica a fortiori un reconocimiento
no igualitario”. En este sentido, el más alto nivel de paz y prosperidad
alcanzado por una nación no soluciona el problema del reconocimiento
porque seguirán existiendo quienes sean relativamente oprimidos
y pobres y, por lo tanto, no reconocidos plenamente como seres humanos.
Paradójicamente, la democracia liberal solo puede reconocer a individuos
iguales de una manera no igualitaria.
La derecha especula sobre el fin de la historia
con base en una noción del filósofo Nietzsche, que Fukuyama trae
a colación y anuncia ya en el título de su obra The Last Man (el
último hombre).
El último hombre es un concepto que se aplica a
la clase de hombres generada por la democracia liberal contemporánea
(o postmoderna, si se quiere). Estos hombres, suficientemente satisfechos
con el reconocimiento universal e igualitario, abandonan toda creencia
en la dignidad superior que pueden alcanzar algunos de sus congéneres.
“Los últimos hombres” no tienen ya ningún deseo por ser reconocidos
como mejores que otros. Así, pues, renuncian a la excelencia o a
los grandes logros. No sienten necesidad o interés por descollar
o sobresalir entre otros. Se hallan bastante contentos con su felicidad
y carecen de orgullo, de tal manera que, según Nietzsche, se tornan
“despreciables” y “menos que humanos”.
Fukuyama se pregunta aquí si estas apreciaciones
de Nietzsche son correctas y aplicables a nuestro tiempo. Sin embargo,
su pregunta más importante podría ser la siguiente: ¿Retornará el
impulso por el reconocimiento –que el último hombre abandona o no
posee– en nuevas e inesperadas formas, algunas de ellas nocivas
para la subsistencia de las democracias liberales postmodernas?
El terrorismo que ahora sobrecoge a la política
mundial, a raíz del trágico episodio del 11 de septiembre parece
responder a lo anterior. También parece contradecir la tesis del
fin de la historia. Sin embargo, Fukuyama piensa que aún permanecemos
en el fin de la historia, porque “el triunfo de la democracia liberal
postmoderna se encuentra respaldado por la tendencia general de
los acontecimientos históricos que han transcurrido desde la modernidad”.
A pesar de la inseguridad global que el terrorismo presenta en este
nuevo siglo, Fukuyama se expresa optimista en que el sistema de
las democracias liberales de occidente dominará la escena política
del mundo.
Podríamos ser escépticos acerca de este optimismo
de Fukuyama y la tendencia general que muestra la historia de la
política y la economía mundial en estos últimos siglos. No obstante,
solo la propia Historia (con mayúscula) tendrá la última palabra
en torno a ella misma.
El autor es ciudadano panameño
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