Panamá, 2 de enero de 2003
 
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Después del fin de la historia

“Los últimos hombres” no tienen ya ningún deseo por ser reconocidos como mejores que otros. Así, pues, renuncian a la excelencia o a los grandes logros

Ruling Barragán Yañez

Hace una década, la interesante y polémica obra The End of History and the Last Man, de Francis Fukuyama, debutó en el mundo académico-político. En este libro, Fukuyama argumentaba que, luego de la caída del socialismo real, la democracia liberal podría bien constituir “el fin de la evolución ideológico-política de la humanidad” y la “última forma posible de gobierno humano”.

Diez años después, Fukuyama aún sostiene su célebre tesis y mantiene en pie las preguntas que le circundan. ¿Podemos hablar todavía de una “Historia” (con mayúscula), es decir, “la historia entendida como un meta-relato único y coherente de un proceso evolutivo que abarca a todas las gentes, de todos los tiempos”?

Según Hegel y Marx –nos recuerda Fukuyama– debíamos hablar de un desarrollo coherente de las sociedades humanas, desde simples agrupaciones tribales basadas en la esclavitud y la agricultura, las cuales evolucionan hasta devenir sucesivamente en teocracias, monarquías, y aristocracias feudales, hasta llegar a las modernas democracias liberales y el capitalismo impulsado por la tecnología.

Fukuyama nos señala que Hegel y Marx creían que la evolución de las sociedades humanas no era infinita, sino que finalizaría cuando la humanidad alcanzara una forma de gobierno que satisficiera sus aspiraciones fundamentales. Así, pues, ambos pensadores ubicaban “el fin de la historia” en algún punto: de acuerdo a Hegel, el punto final era la democracia liberal, aunque para Marx lo era la sociedad comunista. La “historia real” parece haberle dado la razón a Hegel. Fukuyama piensa que esto se debe a dos razones básicas. Una de ellas es científico-económica y la otra filosófico-política.

La primera de estas razones apunta a la lógica de la ciencia natural moderna, la cual ha influido decisivamente en el mundo económico a través de la tecnología. La segunda de estas razones tiene que ver con “el deseo de ser reconocido”, una noción fundamental en la filosofía política de Hegel.

De acuerdo con Hegel, los seres humanos difieren fundamentalmente de los animales en que, aparte de sus deseos y necesidades naturales, los hombres se caracterizan por el “deseo por el reconocimiento”. El deseo o impulso por ser reconocidos encuentra particular expresión en innumerables actividades humanas. Por ejemplo, la lucha por el poder, la riqueza o la fama. En estas actividades, los seres humanos buscan ser apreciados o valorados por los demás.

Hegel ve en este deseo el primer atisbo de la libertad humana, ya que este deseo no está determinado por la dimensión físico-biológica de los seres humanos, sino por su particular naturaleza racional-moral. Este deseo es el motor de todo el proceso histórico de la humanidad y encuentra singular expresión en la política.

Con el advenimiento de la independencia norteamericana y la Revolución Francesa, Hegel aseguró que la historia había llegado a su fin, porque el impulso o aspiración que había regido el proceso histórico –el deseo por el reconocimiento– había sido ahora satisfecho en una sociedad caracterizada por el reconocimiento universal y recíproco. Así, pues, ninguna otra configuración de nuestras instituciones sociopolíticas sería capaz de satisfacer el deseo por el reconocimiento y, por consiguiente, no habría ya ningún cambio histórico cualitativamente significativo.

He aquí lo más polémico de las tesis de Hegel-Fukuyama y en donde la izquierda y la derecha ofrecen distintas respuestas, tratando de ir “más allá del fin de la historia”.

La izquierda afirma –resumida por Fukuyama– que “el reconocimiento universal de las democracias liberales es necesariamente incompleto, pues el capitalismo crea inequidad económica y requiere una división del trabajo que implica a fortiori un reconocimiento no igualitario”. En este sentido, el más alto nivel de paz y prosperidad alcanzado por una nación no soluciona el problema del reconocimiento porque seguirán existiendo quienes sean relativamente oprimidos y pobres y, por lo tanto, no reconocidos plenamente como seres humanos. Paradójicamente, la democracia liberal solo puede reconocer a individuos iguales de una manera no igualitaria.

La derecha especula sobre el fin de la historia con base en una noción del filósofo Nietzsche, que Fukuyama trae a colación y anuncia ya en el título de su obra The Last Man (el último hombre).

El último hombre es un concepto que se aplica a la clase de hombres generada por la democracia liberal contemporánea (o postmoderna, si se quiere). Estos hombres, suficientemente satisfechos con el reconocimiento universal e igualitario, abandonan toda creencia en la dignidad superior que pueden alcanzar algunos de sus congéneres. “Los últimos hombres” no tienen ya ningún deseo por ser reconocidos como mejores que otros. Así, pues, renuncian a la excelencia o a los grandes logros. No sienten necesidad o interés por descollar o sobresalir entre otros. Se hallan bastante contentos con su felicidad y carecen de orgullo, de tal manera que, según Nietzsche, se tornan “despreciables” y “menos que humanos”.

Fukuyama se pregunta aquí si estas apreciaciones de Nietzsche son correctas y aplicables a nuestro tiempo. Sin embargo, su pregunta más importante podría ser la siguiente: ¿Retornará el impulso por el reconocimiento –que el último hombre abandona o no posee– en nuevas e inesperadas formas, algunas de ellas nocivas para la subsistencia de las democracias liberales postmodernas?

El terrorismo que ahora sobrecoge a la política mundial, a raíz del trágico episodio del 11 de septiembre parece responder a lo anterior. También parece contradecir la tesis del fin de la historia. Sin embargo, Fukuyama piensa que aún permanecemos en el fin de la historia, porque “el triunfo de la democracia liberal postmoderna se encuentra respaldado por la tendencia general de los acontecimientos históricos que han transcurrido desde la modernidad”. A pesar de la inseguridad global que el terrorismo presenta en este nuevo siglo, Fukuyama se expresa optimista en que el sistema de las democracias liberales de occidente dominará la escena política del mundo.

Podríamos ser escépticos acerca de este optimismo de Fukuyama y la tendencia general que muestra la historia de la política y la economía mundial en estos últimos siglos. No obstante, solo la propia Historia (con mayúscula) tendrá la última palabra en torno a ella misma.

El autor es ciudadano panameño


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