Panamá, 26 de noviembre de 2002
 
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¡Oye Bolívar!

En mi imaginación le hablaba al oído a Bolívar con respeto, pero con indignación, y él permanecía con la mirada triste perdida en el horizonte

Rómulo Emiliani

Cuentan que después de una gran derrota y dispersados los ejércitos liberadores, un general del ejército encontró a Bolívar enfermo, sentado en el piso de una casa campesina y recostado a la pared, con los pantalones arremangados hasta las rodillas. Había perdido peso y parecía un esqueleto vivo, tembloroso por la fiebre, y con la mirada ida en el horizonte. Aquél se le acercó y le preguntó: “¿Mi general, y qué haremos ahora?”. Bolívar lo miró fijo y con voz fuerte pero ronca le dijo: “Vencer, carajo, vencer”.

Permítanme ahora detener la escena y sentarme, en mi imaginación, junto al Libertador y dialogar con él. Lo miro con respeto y le digo: “¿Oye Bolívar, valía la pena que perdieras todos tus bienes como terrateniente rico y te internaras en este infierno de cruel guerra, para ver después de tu sacrificio una América dividida y peleada por luchas de fronteras e invadida por otros imperios? ¿Valía la pena hacer todo esto y echar fuera al español de la Corona para ver después que los criollos levantaron mil cetros de oligarquías, marginaron más a los indios y despreciaron a los negros? ¿Valía la pena tus actos heroicos de recorrer cinco países a lomo de caballo y naves de tercera, y luchar contra cadenas europeas para ver después cómo dejábamos que nos ataran a consumismos y gastos superfluos de baratelas ridículas? ¿Valía la pena levantar a todo un pueblo y exigirle el todo por el todo y declarar la guerra a muerte al invasor y opresor, para después ver el desfile de gobiernos que en nuestros países robaron y saquearon las arcas de las naciones sin remordimientos? Que luego levantaron sus mansiones y las cercaron de murallas y perros guardianes, y se separaron del pueblo al que consideraron chusma. Que pidieron bendiciones y rodeados de incienso y comulgando en misas presididas por curas y obispos cómplices, se creyeron especiales y se consideraron de otra raza despreciando al indio como de inferior casta. ¿Valía la pena Bolívar hacer todo esto, para ver después cómo nos arrodillábamos ante el extranjero, porque lo considerábamos en todo el primero? ¿Valía la pena Bolívar luchar en los congresos, animar a los líderes de los pueblos y unirlos con identidad americana para luchar contra un poder que se había ensañado contra los mestizos pobres y que se tragaba los impuestos y lo que quedó de nuestra plata para patrocinar vanidades de cortes decadentes, si después los de siempre han seguido extorsionando al pueblo?”.

En mi imaginación le hablaba al oído a Bolívar con respeto, pero con indignación, y él permanecía con la mirada triste perdida en el horizonte. Tosía con su tisis pegada como escorpión al pecho y escupía al seco piso con aire de quien trata al destino con despecho. Me escuchaba y no decía nada. A lo lejos se veían unos soldados que caminaban sin rumbo fijo y un par de asistentes del general que vienen con arepas y un poco de café negro.

El héroe de nuestra América tomó un sorbo del líquido y volvió a perderse en pensamientos, fijos los ojos en las montañas grandes. Y volví a decirle: “¿Valía la pena señor, enfrentarte a oscuros intereses de líderes de pacotilla y doblegarlos y redactar tu Carta de Jamaica o tu Manifiesto al Congreso de Nueva Granada, o antes empuñar en una mano tu espada y en la otra una pistola y defender sin éxito el fuerte de Puerto Cabellos, si hoy no creemos en la unidad americana? ¿O casi perder la vida en combate en la isla Margaritas o caer en manos de tu amigo Santander quien mandó a 14 conspiradores a matarte y, si no hubiera sido por la fiel Manuelita, hubieran repetido el crimen de Bruto y sus secuaces con Julio César, si se ha seguido matando a miles y miles por pedir justicia? ¿Valía la pena todo esto cuando ahora se empeñan muchos en manchar el traje blanco de nuestra América con el barro ensangrentado del narcotráfico y el comercio de armas?…¿Valía la pena salir desterrado de Bogotá y morir casi solo en Santa Marta como un apátrida, si es hoy, y todavía millones de americanos tienen que salir de sus tierras y emigrar al norte porque se mueren de hambre? Responde Bolívar, que quiero oír tu respuesta”.

Extendió su mano derecha, alcanzó sus botas y empezó a calzarse; a duras penas se levantó y pidió su desteñida casaca azul y su caballo blanco. Al subirse a él me miró altivo y me dijo: “Vale la pena lo que hago por América y aunque muchos traicionen al pueblo, otros llevarán la bandera y el sueño de la Patria Grande; y algún día el continente será pujante. Y tú soldado del pueblo, levanta tu espada y sigue adelante luchando por la liberación de América”. Y Bolívar, seguido por unos 40 soldados a caballo se perdió en la bruma de una mañana gris, mientras le oía decir: “Reuniremos de nuevo a miles de hombres y atravesaremos la cordillera de los Andes y atacaremos por detrás al ejército español. Bogotá será nuestra”…Y allí iba sólo con un puñado de jinetes y un gran sueño a cuestas. Yo miré y empuñé mi vieja espada de la justicia y de la solidaridad, del amor y la paz, vi mi cordillera de retos y obstáculos, y me dije: “allí voy, a seguir luchando por América y por el sueño de Bolívar, nuestro Libertador. ¡Venceremos!”.

El autor es obispo auxiliar de San Pedro Sula, Honduras

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