Entre el oportunismo o la economía
Afganistán no fue un
éxito, pero sí sentó un precedente. De allí deriva la legitimación
que ahora el Consejo de Seguridad le ha dado a una nueva guerra
de Irak
Nils Castro
¿Puede una gran potencia proyectar su poderío
internacional al son de las contingencias de su política doméstica?
Aunque no debiera, sí puede hacerlo, incluso cosechando ciertas
ganancias temporales, como ahora vemos en Estados Unidos. Otra cosa
es: ¿conviene ese comportamiento a las demás naciones? y ¿hasta
dónde las realidades contemporáneas podrán tolerar ese error? Esto
lo sabremos más pronto que tarde.
Las barbaridades sufridas el 11 de septiembre
le facilitaron a la administración Bush resolver algunas de sus
prioridades durante el período subsiguiente. Elegido en circunstancias
dudosas, el presidente carecía de la legitimidad y prestancia requeridas
para el cargo, pero asumió el discurso más provechoso para capitalizar
esa tragedia: el de la exaltación patriótica, tanto para ocultar
las insuficiencias de su mandato como para justificar otras pretensiones.
El staff presidencial manejó el protagonismo
necesario para tomarse el escenario e imponer su propia interpretación
de los hechos. En el campo doméstico, ello dejó en posición subordinada
al liderazgo del Partido Demócrata y a Al Gore, obligándolos a plegarse
al liderazgo presidencial. La alusión a Pearl Harbor muy pronto
se hizo insostenible, pero alcanzó para prestarle a George W. Bush
un aura inicial que temporalmente remedó la de Franklin D. Roosevelt.
Desatar la guerra de Afganistán fue una idea
que la oposición no pudo rebatir, aunque su justificación nunca
fue cabalmente sustentada. En el campo internacional eso permitió
exhibir una supremacía militar ante la cual la diplomacia de las
demás potencias –aliadas o no– apenas ensayó tímidos balbuceos antes
de uncirse al carro. A la postre, una vez más la guerra mostró ser
cruel, inhumana, destructiva y excesivamente costosa, sin dar los
resultados prometidos: Afganistán está reducida al caos, mientras
el terrorismo vuelve a manifestarse en ese y otros lares.
Afganistán no fue un éxito, pero sí sentó
un precedente. De allí deriva la legitimación que ahora el Consejo
de Seguridad le ha dado a una nueva guerra de Irak. Negociando palabras
más palabras menos ante el tibio intento foráneo de evitar que Washington
violente en demasía las normas mundiales de convivencia, la Casa
Blanca finalmente le impuso esta misión a la ONU. Y, acto seguido,
George W. Bush le advirtió a Bagdad que Estados Unidos está presto
para hacerle cumplir esa “decisión del mundo”, como si esta no fuera
una resolución enteramente estadounidense.
En ese contexto, mientras la economía estadounidense
empieza a traquear por más de un costado y se acumulan los escándalos
financieros de algunas de las mayores corporaciones estadounidenses
–donde ciertos miembros del staff tienen intereses–, el Partido
Republicano logró recuperar el control de ambas cámaras del Congreso.
Precisamente, la condición que faltaba para cercenar mayores derechos
cívicos al pueblo estadounidense, crear un superministerio de seguridad
y designar más jueces federales con filiación política conservadora.
¿Cuánto pueden durar estos éxitos del oportunismo
político? Tal vez no hasta las próximas elecciones. El costo de
la guerra que ahora se plantea es oneroso incluso para una economía
de gran talla y, no en balde, la pasada Guerra del Desierto precedió
la derrota electoral de Bush padre. Por un lado, se ha sometido
al mundo a la obediencia, pero éste no permanecerá conforme. Por
otro, más pronto que tarde el deterioro llevará al gran público
estadounidense a concluir –como en las elecciones de 1992– que “It
is de economy, stupid”.
El autor es escritor y catedrático universitario
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