Panamá, 26 de noviembre de 2002
 
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Entre el oportunismo o la economía

Afganistán no fue un éxito, pero sí sentó un precedente. De allí deriva la legitimación que ahora el Consejo de Seguridad le ha dado a una nueva guerra de Irak

Nils Castro

¿Puede una gran potencia proyectar su poderío internacional al son de las contingencias de su política doméstica? Aunque no debiera, sí puede hacerlo, incluso cosechando ciertas ganancias temporales, como ahora vemos en Estados Unidos. Otra cosa es: ¿conviene ese comportamiento a las demás naciones? y ¿hasta dónde las realidades contemporáneas podrán tolerar ese error? Esto lo sabremos más pronto que tarde.

Las barbaridades sufridas el 11 de septiembre le facilitaron a la administración Bush resolver algunas de sus prioridades durante el período subsiguiente. Elegido en circunstancias dudosas, el presidente carecía de la legitimidad y prestancia requeridas para el cargo, pero asumió el discurso más provechoso para capitalizar esa tragedia: el de la exaltación patriótica, tanto para ocultar las insuficiencias de su mandato como para justificar otras pretensiones.

El staff presidencial manejó el protagonismo necesario para tomarse el escenario e imponer su propia interpretación de los hechos. En el campo doméstico, ello dejó en posición subordinada al liderazgo del Partido Demócrata y a Al Gore, obligándolos a plegarse al liderazgo presidencial. La alusión a Pearl Harbor muy pronto se hizo insostenible, pero alcanzó para prestarle a George W. Bush un aura inicial que temporalmente remedó la de Franklin D. Roosevelt.

Desatar la guerra de Afganistán fue una idea que la oposición no pudo rebatir, aunque su justificación nunca fue cabalmente sustentada. En el campo internacional eso permitió exhibir una supremacía militar ante la cual la diplomacia de las demás potencias –aliadas o no– apenas ensayó tímidos balbuceos antes de uncirse al carro. A la postre, una vez más la guerra mostró ser cruel, inhumana, destructiva y excesivamente costosa, sin dar los resultados prometidos: Afganistán está reducida al caos, mientras el terrorismo vuelve a manifestarse en ese y otros lares.

Afganistán no fue un éxito, pero sí sentó un precedente. De allí deriva la legitimación que ahora el Consejo de Seguridad le ha dado a una nueva guerra de Irak. Negociando palabras más palabras menos ante el tibio intento foráneo de evitar que Washington violente en demasía las normas mundiales de convivencia, la Casa Blanca finalmente le impuso esta misión a la ONU. Y, acto seguido, George W. Bush le advirtió a Bagdad que Estados Unidos está presto para hacerle cumplir esa “decisión del mundo”, como si esta no fuera una resolución enteramente estadounidense.

En ese contexto, mientras la economía estadounidense empieza a traquear por más de un costado y se acumulan los escándalos financieros de algunas de las mayores corporaciones estadounidenses –donde ciertos miembros del staff tienen intereses–, el Partido Republicano logró recuperar el control de ambas cámaras del Congreso. Precisamente, la condición que faltaba para cercenar mayores derechos cívicos al pueblo estadounidense, crear un superministerio de seguridad y designar más jueces federales con filiación política conservadora.

¿Cuánto pueden durar estos éxitos del oportunismo político? Tal vez no hasta las próximas elecciones. El costo de la guerra que ahora se plantea es oneroso incluso para una economía de gran talla y, no en balde, la pasada Guerra del Desierto precedió la derrota electoral de Bush padre. Por un lado, se ha sometido al mundo a la obediencia, pero éste no permanecerá conforme. Por otro, más pronto que tarde el deterioro llevará al gran público estadounidense a concluir –como en las elecciones de 1992– que “It is de economy, stupid”.

El autor es escritor y catedrático universitario

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