Panamá, 26 de noviembre de 2002
 
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La “hazaña” argentina al situarse entre los últimos países en competitividad económica se debe a que viene practicando lo contrario a lo que se debe hacer

Alejandro A. Tagliavini

Buenos Aires. -Si de salir a competir se trata, olvídese de Argentina. El Foro Económico Mundial dio a conocer un ranking de competitividad, en relación al crecimiento económico y productividad sobre 80 países y el nuestro cumplió “la hazaña” de bajar del puesto 49 al ¡63!

En este ranking que lidera Estados Unidos, Chile –la economía más abierta de Sudamérica– está en el muy honroso puesto 20, Uruguay en el 42, Costa Rica en el 43, México en el 45, Brasil en el 46, Panamá en el 50, República Dominicana en el 52, Perú en el 54, Colombia en el 56, El Salvador en el 57 y Venezuela en el puesto 73.

Un ejemplo a seguir debía ser Irlanda que en la década del ochenta pasó por una depresión fuerte, con riesgo de default, 200 mil irlandeses emigrando anualmente y la miseria alcanzando cotas al 50% de los 3.7 millones de habitantes. Por entonces, la deuda externa de los irlandeses trepaba hasta el 130% del Producto Interno Bruto (PIB) que, en términos anuales, era de 7 mil dólares por habitante. El gasto público llegaba al 51% del PIB, mientras su déficit presupuestario era del 10%, en tanto los niveles de desempleo castigaban al 20% de su población.

Pero en 1987 el Gobierno irlandés cambió su política económica. El gasto público bajó de un 50% a un 25% permitiendo un superávit anual del 4% del PIB y, algo muy importante para desarrollar cualquier economía, bajaron los impuestos. El país fue transformando el panorama de la emigración por otro de inmigración. En cinco años la isla creció a un ritmo del 5% anual y, desde entonces, lo viene haciendo a un ritmo del 10%, con empleo pleno y exportaciones que subieron desde los 12 mil millones de dólares a 100 mil millones de dólares anuales.

Irlanda es hoy una de las economías más abiertas de la Unión Europea, con superávit en la balanza de pagos y mucho más competitiva que en el pasado. Con una población de un tercio, si se la compara con la de la provincia de Buenos Aires (el estado más importante de Argentina, que tiene un PIB menor a los 50 mil millones de dólares y en descenso), ésta tiene un PIB de 72 mil 300 millones de dólares y un ingreso per cápita de 19 mil 755 de dólares.

Hasta en la China comunista se desmiente al estatismo económico. Las reformas “pro mercado” –la disminución de la injerencia coercitiva del Estado en la economía– la han hecho crecer a un ritmo del 10% del PIB. El año pasado allí crecieron el 7% y las autoridades apuran el recambio generacional para buscar mayor dinamismo. Este año estuvo creciendo el 7.9% en los seis primeros meses. Su intercambio con el resto del mundo se incrementó en un 18% en los primeros tres trimestres de este año. El nivel de consumo también va en aumento, mientras los trabajadores alcanzan más tiempo libre. También acaban de unirse con Japón, Vietnam, los “tigres asiáticos” y Corea del Sur en el mercado común más grande del mundo. Occidente invertirá este año 50 mil millones de dólares, casi un tercio de la deuda total que Argentina consiguió en más de 25 años de despilfarro estatal.

La “hazaña” argentina al situarse entre los últimos países en competitividad económica se debe a que viene practicando lo contrario a lo que se debe hacer. En lugar de seguir el “camino chino” –pro mercado– pareciera querer convertirse en una provincia de la Cuba castrista, con todo el atraso que esto implica.

La caída en la competitividad ha significado que cada vez más gente se vuelque hacia la economía informal. Sólo en la provincia de Buenos Aires, el mal llamado trueque –que increíblemente permanece “legal”, aunque no paga impuestos ni acepta las regulaciones estatales porque nada tiene de trueque, ya funciona con moneda privada– convocaba a fines del año 2000 a 150 mil personas en alrededor de 250 puntos de encuentro, pero llegaron más de un millón 300 mil concurrentes en alrededor de 2 mil 800 nodos. Más de un tercio de la población bonaerense ha estado vinculada a este sistema de intercambio. A lo que hay que sumarle la tradicional economía informal, la que actúa fuera de la ley.

En fin, que mientras el Gobierno argentino sigue empleando la coerción (violencia) estatal para “ordenar” a la sociedad, los pueblos de los países que cada vez dejan más que el mercado se ordene natural y espontáneamente, ven crecer su futuro en igual proporción. (Firmas Press)

El autor es miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE

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