Panamá, 20 de noviembre de 2002
 
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El Salón del Gusto

Esta exhibición es la expresión máxima del movimiento mundial 'Slow Food', en contra de la “macdonalización” del mundo

Ana Alfaro
Especial para La Prensa
revista@prensa.com

Expositor con canasta de vegetales hechos de mazapán. El Toma di Balme es un queso de vaca típico de la región del Piamonte. Pistachos verdes y rosados del sur de Italia

El autismo y la negación están seriamente subestimados. En el plano macro, la negación ha salvado a razas enteras. Como ejemplo extremo tenemos los campos de concentración nazi, donde millones de judíos se aferraban a una esperanza fugaz, bloqueando la realidad por el medio que fuera posible. En el plano micro, está mi negación aquellas primeras semanas en Tokio, cuando me fui a estudiar japonés. Los días eran fabulosos: llenos de descubrimientos, de curiosidad intelectual y de estímulo sensorial. Las noches eran otra cosa. En mi apartamentito microscópico, que consistía de un baño, una cocineta y una cama rodeada de cuatro paredes (lo llamaba “la tumba de Putankamen” porque parecía perfecto para los oficios de una dama de la noche), me refugiaba en novelas detectivescas en inglés (había descubierto Kinokuniya, la única librería de Tokio que vendía material en otro idioma), una Coca-Cola y una enoooorme bolsa de Cheez Whiz, o lo que fuera.

Mis gustos han evolucionado, y aunque de cuando en cuando me resbalo con una bolsa de chips de algún tipo, por lo general tengo el paladar un poco más sofisticado. Pero aún busco refugio en la comida cuando el mundo se me viene encima. Así que se podrán imaginar que cuando llegué, hace unas semanas, al Salone del Gusto en Turín, me sentí en el útero materno.

Decía George Bernard Shaw que no hay amor más puro que el amor a la comida, y yo definitivamente tuve un amorío total durante los cuatro días que me pasé en el Centro de Convenciones Lingotto de la ciudad de Turín, Italia. Aquellos que han asistido a Expohogar, con Expovino, pueden imaginarse el tamaño de este rollo cuando les expliqué que había más de 600 exhibidores de los cuatro confines del mundo. En cuatro días, no me fue posible descubrirlo todo.

Il Salone del Gusto, nombre oficial de la exhibición, es la expresión máxima del movimiento mundial Slow Food, y comienza, cada dos años, al día siguiente de la entrega de los premios de Slow Food a la defensa de la biodiversidad (La Prensa, 25 de octubre). Como ya les dije entonces, Slow Food es un movimiento en contra de lo que los franceses llaman la “macdonalización” del mundo. Según su fundador, Carlo Petrini, es necesario disfrutar de la comida, que como arte, proporciona igual placer que una escultura de Miguel Angel o una pintura de Tiziano. No es solamente sustento para el cuerpo: ha llegado la hora de saborear la cultura de la tierra, y qué mejor forma de expresarla que comiendo y bebiendo los frutos de esta. Y si bien los premios Slow Food representan el aspecto de responsabilidad social, donde se apoyan las causas nobles por la agricultura sostenible, la defensa del medio ambiente y el rescate de especies en vías de extinción (con énfasis en lo comestible, claro), el Salone del Gusto es puro placer.

Además de todos los exhibidores, había un ala especial llamada La Plaza de las Cocinas del Mundo. Estaban representadas las cocinas de las Antillas, Marruecos, Japón, Canadá, Turquía y el País Vasco, además de un pub (taberna) de Inglaterra y un restaurante mexicano, bajo el mando de Margarita Salinas, una de las máximas exponentes de la cocina de ese país, que acaba de documentar la herencia gastronómica mexicana en una magna obra de 23 volúmenes que abarcan tanto la cocina precolombina como la cocina colonial mexicana. De sus manos probé los más extraordinarios platillos autóctonos, que no tienen nada que ver con los nachos y tacos. Y así nos vamos.

En el pabellón internacional (léase exponentes no italianos), probé las más deliciosas ostras francesas, salmones escoceses y tés de la India; sobresale un aceite extraordinario de semillas de calabaza. Había visto al chef Wolfgang Puck alabarlo maniáticamente en su programa de televisión y cuando lo ví, lo probé y quedé en nirvana. Tiene la profundidad de un aceite de ajonjolí tostado con la complejidad del mejor aceite de oliva virgen extra.

Y ni hablar de los aceites de oliva de los expositores italianos. Y las pastas, y los quesos, ¡mamma mia! Que si quesos de oveja (pecorino) cubiertos con mosto de uvas; que si mozzarella nella mortella, bocaditos de queso mozarella fresco envueltos en hojas de mirto, que le dan un sabor extraordinario; que si embutidos, castañas y nueces frescas, las más extraordinarias frutas y vegetales de mazapán y por supuesto, chocolates.

Y luego estaba la Enoteca, o sea el lugar donde se podía disfrutar de más de 2,500 vinos distintos, todos por copa. Desde un ice-wine canadiense (se deja que la uva se congele en la vid, y luego se cosecha congelada, con lo que se separa automáticamente el extracto del agua, que se va en hielo, y produce un vino muy dulce, muy concentrado) hasta los más exquisitos tintos de Burdeos.

En un pabellón aparte, estaban los Talleres del Gusto. Entre 300, algunos dictados por luminarias como Ferrán Adriá de El Bulli, asistí a uno sobre el hígado de ganso; a otro sobre las trufas y a otro sobre la cocina catalana de hongos silvestres, a cargo de un famoso chef de Cataluña llamado Nando Jubay, cuyo restaurante ostenta una estrella Michelín.

Concurrieron otros eventos: paseos por la ciudad de Turín, para degustar chocolate (la famosa gianduja o pasta de chocolate y avellana es turinesa de origen); visitas a la ciudad de Alba, a probar sus famosas trufas blancas; visitas a los viñedos de Barolo y Barbaresco. En fin, me deleité, me alegré, y traigo un disco duro lleno de imágenes y sensaciones que estaré compartiendo con ustedes en los próximos meses.


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