Panamá, 20 de noviembre de 2002
 
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Cien años, sí, pero mucho más

Nacimos, pues, como lo que todavía somos: barrera y camino, lugar que impide y a la vez facilita, punto estratégico indispensable para el afán de los grandes imperios que a lo largo de la historia han sentido la necesidad de crecer y prosperar

Juan David Morgan G.
jdmor@morimor.com

En este mes de la patria, cuando damos inicio a la celebración del centenario de nuestra separación definitiva de Colombia, es bueno recordar que una nación requiere, además de soberanía e independencia, territorio, población, lenguaje, tradiciones y costumbres comunes, es decir, una cultura que le sea propia. Con el énfasis que hemos puesto en el centenario, corremos el peligro de enfocar nuestra atención únicamente en ese momento de la historia en el que surgimos como Estado, dejando a un lado todo lo que constituye nuestra identidad nacional, aquellas realidades que determinan que nos sintamos panameños.

Este suelo que nos cobija surgió hace 3 millones de años. Antes de que los desplazamientos telúricos crearan el puente de tierra que hoy une la América que yace al norte con la que reposa en el sur, éramos solamente agua, un sitio en el que los grandes mares se confundían. Nacimos, pues, como lo que todavía somos: barrera y camino, lugar que impide y a la vez facilita, punto estratégico indispensable para el afán de los grandes imperios que a lo largo de la historia han sentido la necesidad de crecer y prosperar a costa de los demás países. Por nuestro territorio pasaron los primeros aborígenes, los temibles araucanos y los luminosos incas, que desde el oriente se desplazaron hasta ocupar las grandes planicies del sur en busca de su destino histórico. Miles de años más tarde los españoles atravesarían nuestras montañas para descubrir nuevos mares, someter al indio e imponer su lengua, su religión, sus virtudes, sus vicios y sus costumbres.

Muchos de aquellos primeros americanos, sin embargo, permanecieron aquí, en las regiones istmeñas que se conocerían después como Veraguas, Chiriquí, Bocas del Toro, Panamá y Darién, deviniendo así en los habitantes originales de nuestra nación. Sus líderes, los Quibián y los Urracá, fueron los primeros panameños que se rebelaron contra la presencia extranjera, lucha que hoy, casi 500 años después, aún no cesa. Con los españoles llegaron también nuevos sueños, nuevas ambiciones; se abrieron nuevos caminos, nuevas rutas, y el oro y la plata dejaron de ser ornamentos autóctonos para convertirse en riqueza allende los mares. Atraídos por la leyenda del dorado, vinieron al istmo nuevas razas, unas en busca de fama y fortuna, y otras traídas a la fuerza como esclavos de los poderosos. También se dieron aquí las primeras rebeliones de aquellos negros traídos de Africa en condiciones infrahumanas, y los nombres de Felipillo y Bayano quedaron inscritos para siempre en nuestra historia. Con el desarrollo de la ciencia y la industria, la cintura del istmo se estrecha más cada día, al tiempo que aumenta el caudal de gente que lo transita. Los que se quedan van forjando el crisol que hoy constituye la población de Panamá, donde junto a los pocos herederos de los primeros aborígenes conviven los descendientes de todas las razas que un día escogieron al istmo como destino. Aquellos permanecen en sus selvas, islas y montañas, mientras los nuevos inmigrantes escogieron entre la vida tranquila de viejos pueblos fundados por el español y la efervescencia de la ruta de tránsito, en permanente y desordenado desarrollo.

De esta interacción entre el hombre y su territorio, de este constante ir y venir, de este difícil permanecer, van surgiendo nuestras tradiciones y costumbres, nuestra forma de ser y actuar, la esencia de nuestra panameñidad, nuestra cultura, todo aquello que debemos preservar y defender por ser parte fundamental de nuestra identidad nacional. Somos, quizás, y no lo sabemos, la nación más antigua del continente americano; pero esta realidad poco a poco parece irse diluyendo en medio de los uniformes, los tambores y las cornetas que con alarmante rapidez se propagan y van determinando esa forma extraña que las nuevas generaciones han escogido para rendir homenaje a la patria. Estas estridencias marciales en un país que carece de ejército nada tienen que ver con la patria, ésa a la que con tanta emoción han cantado nuestros poetas en versos que poco a poco se van desterrando de la memoria histórica del panameño.

Celebremos, pues, el centenario de nuestro surgimiento como Estado independiente sin olvidar que somos, antes que nada, una nación que viene de muy lejos, una nación que desde siempre ha sabido luchar en defensa de aquello que le pertenece: nuestro territorio, nuestra cultura, nuestra libertad y nuestro derecho a prosperar y ser felices sin injerencias extrañas. Solamente así seremos capaces de rendir a la patria infinita el homenaje que se merece.

El autor es abogado y escritor

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