Las cumbres y la hipocresía política
Al contrario de las resoluciones
de las Naciones Unidas, los acuerdos de las cumbres iberoamericanas
no conllevan la obligación de ser acatados
Andrés Oppenheimer
aoppenheimer@herald.com
Ciudad de México. -Como todos los años, los
líderes de los 23 países que se reunieron el pasado fin de semana
para la XII Cumbre Iberoamericana en el balneario de Punta Cana,
República Dominicana, firmaron una declaración que muchos no tienen
la menor intención de cumplir, ni de exigir que sea cumplida por
los demás.
¡Qué absurdo! ¿Tiene sentido que España,
Portugal y los 21 países de América Latina que forman la comunidad
iberoamericana continúen con este ejercicio anual de hipocresía
política? ¿Tiene sentido que firmen estas pomposas declaraciones
finales, si no se comprometen a cumplirlas?
Como periodista que ha cubierto la mayoría
de las 12 cumbres iberoamericanas –y que ha decidido saltárselas
de ahora en más, a menos que los países comiencen a exigir el cumplimiento
de sus acuerdos– me cuesta entender cómo los países participantes
pueden gastar tiempo y dinero para negociar declaraciones finales
puramente retóricas.
Permítanme darles un ejemplo obvio: desde
la Cumbre Iberoamericana de 1996 en Viña del Mar, Chile, el gobernante
vitalicio de Cuba, Fidel Castro, o su representante en la reunión
vienen firmando todos los años declaraciones finales en que los
participantes ratifican su “compromiso a la democracia, el estado
de derecho y el pluralismo político”.
La declaración de Viña del Mar no dejaba
lugar a ambigüedades. Decía que los presidentes comparten la convicción
de que “la libertad de expresión, asociación y reunión, el total
acceso a la información y las elecciones libres, periódicas y transparentes,
son elementos esenciales de la democracia”.
En ese momento, todo el mundo se emocionó
cuando Castro firmó aquel documento. Pero ocho años después, el
dictador cubano todavía prohíbe cualquier partido de oposición o
medio de prensa independiente en Cuba.
Fíjense cómo será la cosa, que cuando la
oposición pacífica juntó más de 10 mil firmas en Cuba este año haciendo
uso de su derecho bajo las propias leyes socialistas de la isla
para pedir un referéndum sobre si deberían permitirse las libertades
políticas, Castro ni siquiera permitió la publicación del pedido
en los medios cubanos.
Mientras que España y varios países de América
Latina han hecho declaraciones pidiéndole a Castro que permita una
apertura política, las posteriores cumbres iberoamericanas nunca
le han exigido formalmente que cumpla con la declaración de Viña
del Mar. Al contrario de las resoluciones de las Naciones Unidas,
los acuerdos de las cumbres iberoamericanas no conllevan la obligación
de ser acatados.
¿Entonces, para qué sirven?, le pregunté
hace pocos días al secretario de Estado de España para Asuntos Iberoamericanos,
Miguel Angel Cortés. Me interesaba su respuesta porque España, por
su carácter de país fundador de las cumbres iberoamericanas y por
ser un excelente modelo de desarrollo económico para América Latina,
juega un papel clave en estas cumbres.
Cortés me dijo que estas cumbres han sido
un gran éxito, entre otras cosas porque en los últimos 12 años se
ha creado una Comunidad Iberoamericana formada por España, Portugal
y los países de América Latina, que antes no existía.
Antes de 1991, había varios países con una
lengua común, pero no existía la idea de comunidad, señaló. Hoy
en día, además de la cumbre anual de presidentes iberoamericanos,
hay más de una docena de reuniones anuales de ministros iberoamericanos
de comercio, empresarios, rectores universitarios, notarios públicos
y artistas. Estas conferencias están resultando en numerosos acuerdos
de cooperación que son sumamente beneficiosos para todos, agregó.
Sin embargo, Cortés reconoció que las cumbres
iberoamericanas y sus reuniones paralelas necesitan algunos cambios.
“Deberíamos adaptar las estructuras iberoamericanas
a la nueva realidad”, me dijo. “Por ejemplo, tenemos reuniones entre
los rectores de universidades iberoamericanas que acuerdan coordinar
sus planes de estudio para facilitar los programas de intercambio,
pero los gobiernos no siempre hacen cumplir estos acuerdos. Deberíamos
dar una respuesta política a estas nuevas realidades”.
En la cumbre del fin de semana, España logró
que fuera aprobada la creación de un grupo de trabajo encabezado
por el presidente brasileño, Fernando Henrique Cardoso, para que
en el plazo de un año estudie la posibilidad de expandir las funciones
de la actual Secretaría de Coordinación de las cumbres iberoamericanas,
para convertirla en una secretaría permanente, de carácter político.
Esa podría ser una excelente idea. España
tiene muchas cosas que ofrecer a América Latina, empezando por su
ejemplo de cómo un país puede triplicar su ingreso per cápita a
través de una mayor integración con sus vecinos más ricos sin verse
obligado a perder su identidad nacional.
Si las cumbres iberoamericanas crean una
secretaría permanente con poderes para exigir el cumplimiento de
sus declaraciones anuales, tendrán un gran futuro. De lo contrario,
seguirán siendo un ejercicio de turismo político, y sus declaraciones
finales no podrán ser tomadas en serio.
El autor es columnista de The Miami Herald
y de El Nuevo Herald
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