Panamá, 20 de noviembre de 2002
 
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Las cumbres y la hipocresía política

Al contrario de las resoluciones de las Naciones Unidas, los acuerdos de las cumbres iberoamericanas no conllevan la obligación de ser acatados

Andrés Oppenheimer
aoppenheimer@herald.com

Ciudad de México. -Como todos los años, los líderes de los 23 países que se reunieron el pasado fin de semana para la XII Cumbre Iberoamericana en el balneario de Punta Cana, República Dominicana, firmaron una declaración que muchos no tienen la menor intención de cumplir, ni de exigir que sea cumplida por los demás.

¡Qué absurdo! ¿Tiene sentido que España, Portugal y los 21 países de América Latina que forman la comunidad iberoamericana continúen con este ejercicio anual de hipocresía política? ¿Tiene sentido que firmen estas pomposas declaraciones finales, si no se comprometen a cumplirlas?

Como periodista que ha cubierto la mayoría de las 12 cumbres iberoamericanas –y que ha decidido saltárselas de ahora en más, a menos que los países comiencen a exigir el cumplimiento de sus acuerdos– me cuesta entender cómo los países participantes pueden gastar tiempo y dinero para negociar declaraciones finales puramente retóricas.

Permítanme darles un ejemplo obvio: desde la Cumbre Iberoamericana de 1996 en Viña del Mar, Chile, el gobernante vitalicio de Cuba, Fidel Castro, o su representante en la reunión vienen firmando todos los años declaraciones finales en que los participantes ratifican su “compromiso a la democracia, el estado de derecho y el pluralismo político”.

La declaración de Viña del Mar no dejaba lugar a ambigüedades. Decía que los presidentes comparten la convicción de que “la libertad de expresión, asociación y reunión, el total acceso a la información y las elecciones libres, periódicas y transparentes, son elementos esenciales de la democracia”.

En ese momento, todo el mundo se emocionó cuando Castro firmó aquel documento. Pero ocho años después, el dictador cubano todavía prohíbe cualquier partido de oposición o medio de prensa independiente en Cuba.

Fíjense cómo será la cosa, que cuando la oposición pacífica juntó más de 10 mil firmas en Cuba este año haciendo uso de su derecho bajo las propias leyes socialistas de la isla para pedir un referéndum sobre si deberían permitirse las libertades políticas, Castro ni siquiera permitió la publicación del pedido en los medios cubanos.

Mientras que España y varios países de América Latina han hecho declaraciones pidiéndole a Castro que permita una apertura política, las posteriores cumbres iberoamericanas nunca le han exigido formalmente que cumpla con la declaración de Viña del Mar. Al contrario de las resoluciones de las Naciones Unidas, los acuerdos de las cumbres iberoamericanas no conllevan la obligación de ser acatados.

¿Entonces, para qué sirven?, le pregunté hace pocos días al secretario de Estado de España para Asuntos Iberoamericanos, Miguel Angel Cortés. Me interesaba su respuesta porque España, por su carácter de país fundador de las cumbres iberoamericanas y por ser un excelente modelo de desarrollo económico para América Latina, juega un papel clave en estas cumbres.

Cortés me dijo que estas cumbres han sido un gran éxito, entre otras cosas porque en los últimos 12 años se ha creado una Comunidad Iberoamericana formada por España, Portugal y los países de América Latina, que antes no existía.

Antes de 1991, había varios países con una lengua común, pero no existía la idea de comunidad, señaló. Hoy en día, además de la cumbre anual de presidentes iberoamericanos, hay más de una docena de reuniones anuales de ministros iberoamericanos de comercio, empresarios, rectores universitarios, notarios públicos y artistas. Estas conferencias están resultando en numerosos acuerdos de cooperación que son sumamente beneficiosos para todos, agregó.

Sin embargo, Cortés reconoció que las cumbres iberoamericanas y sus reuniones paralelas necesitan algunos cambios.

“Deberíamos adaptar las estructuras iberoamericanas a la nueva realidad”, me dijo. “Por ejemplo, tenemos reuniones entre los rectores de universidades iberoamericanas que acuerdan coordinar sus planes de estudio para facilitar los programas de intercambio, pero los gobiernos no siempre hacen cumplir estos acuerdos. Deberíamos dar una respuesta política a estas nuevas realidades”.

En la cumbre del fin de semana, España logró que fuera aprobada la creación de un grupo de trabajo encabezado por el presidente brasileño, Fernando Henrique Cardoso, para que en el plazo de un año estudie la posibilidad de expandir las funciones de la actual Secretaría de Coordinación de las cumbres iberoamericanas, para convertirla en una secretaría permanente, de carácter político.

Esa podría ser una excelente idea. España tiene muchas cosas que ofrecer a América Latina, empezando por su ejemplo de cómo un país puede triplicar su ingreso per cápita a través de una mayor integración con sus vecinos más ricos sin verse obligado a perder su identidad nacional.

Si las cumbres iberoamericanas crean una secretaría permanente con poderes para exigir el cumplimiento de sus declaraciones anuales, tendrán un gran futuro. De lo contrario, seguirán siendo un ejercicio de turismo político, y sus declaraciones finales no podrán ser tomadas en serio.

El autor es columnista de The Miami Herald y de El Nuevo Herald

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