Panamá, 18 de octubre de 2002
 
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Merecido galardón

El reconocimiento hecho a Jimmy Carter es, por lo tanto, también un triunfo para Panamá

Aristides Royo

Varias veces me han preguntado mi opinión sobre el ex presidente Jimmy Carter, dado que nos conocimos cuando se negociaban los tratados que luego se convirtieron en Torrijos-Carter y, más tarde, cuando coincidimos en las presidencias de Panamá y Estados Unidos. Señalé cuando me lo preguntaron, que era, y sigue siendo, un hombre bueno, sin malicia, inteligente, con la fe de un predicador y la actitud de un buen padre de familia, tal como lo concibe el derecho civil, amante de la paz y de llegar a una solución pacífica de los problemas.

Cuando Carter llegó a la Presidencia de su país, una de sus primeras acciones fue la de impulsar el proceso negociador de los tratados canaleros. Para ello mantuvo a Ellsworth Bunker como jefe del equipo negociador y añadió a Sol Linowitz, un prominente abogado de Washington. Cuando éste le dijo que podía aceptar esa honrosa y delicada asignación sólo durante seis meses, porque tenía ineludibles compromisos profesionales, Carter le dijo que en ese plazo ya habría un tratado con Panamá. Y así fue; las negociaciones se reanudaron con Torrijos y Carter como dirigentes máximos de sus respectivos países, el 7 de marzo de 1977, y se terminaron el 13 de agosto de ese mismo año, al cabo de cinco meses y seis días. Hubo posteriormente canjes de notas, aclaraciones, acuerdos bilaterales sobre aspectos específicos –y hasta una espúrea ley Helms-Burton–, pero el 7 de septiembre se firmaron formalmente los tratados –que llevan el nombre de sus signatarios– en la sede de la OEA en Washington.

Carter supo desde el comienzo de las negociaciones reiniciadas durante su administración, que éstas llegarían a su final y que, al darle solución a los conocidos diferendos entre nuestros países, la paz, la armonía y la amistad sustituirían los antiguos reclamos, las viejas desavenencias y los rencores aún sin cicatrizar. Sabía también que la entrega del Canal a los panameños, pactada para 23 años después, no gozaría de simpatías en una buena parte del electorado estadounidense. No obstante, como no era político que pensaba en las próximas elecciones sino estadista que pensaba en las próximas generaciones, asumió todos los riesgos con la serena tranquilidad del que sabe que está haciendo lo correcto.

El premio Nobel de la paz del año 2002 le ha sido conferido a un hombre emblemático, que evitó que corriera la sangre de los rehenes en Irán; que ha luchado por la concordia entre los coreanos del sur y del norte; que ha velado por la transparencia de los procesos electorales en diversos países; que no tuvo reparos en viajar a Cuba y reunirse allí con los disidentes, para luego decirle a Fidel Castro que abriese el paraguas de la democracia. Los miembros de la Academia de Suecia tuvieron también en consideración, tal como formalmente lo expresó uno de ellos, la actitud valiente que en estos momentos convulsos ha asumido Carter al expresar que Estados Unidos no puede ni debe ir por la libre contra Irak, sin que intervenga en ello la ONU mediante los procedimientos y mecanismos establecidos por esa organización.

Para nosotros, los panameños, el premio Nobel concedido a este gran amigo de Panamá adquiere un significado especial; el de que entre las buenas acciones que el ilustre galardonado hizo en beneficio de la convivencia de muchos países, se encuentra haberle hecho justicia a Panamá y haber logrado de este modo cimentar la paz y el entendimiento entre las dos naciones involucradas. El reconocimiento hecho a Jimmy Carter es, por lo tanto, también un triunfo para Panamá.

El autor es abogado y ex presidente de la República

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