Panamá, 18 de octubre de 2002
 
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No creo en la muerte

Hay que celebrar cada minuto de esta vida, que es un regalo de nuestro Dios (sea el que sea); aceptar nuestro calvario y vivirlo con valentía, serenidad y fe

I. Roberto Eisenmann, Jr.

No fue fácil escribir las palabras que componen el título de este artículo. ¿Cómo es que no creo en la muerte, si todos sabemos que es una realidad objetiva a la estamos condenados todos los seres?

Pues sepan que antes de llegar a esta conclusión, lo he meditado profundamente. He repasado mis vivencias (ya que tengo varias en las que he estado cerca de lo que se conoce como “la muerte”); incluso he vivido un par de experiencias donde afronté –con tiempo para pensar y sentir mucho– lo que describimos como la muerte.

Hoy, el acercarme a los 65 años de edad, y habiendo sufrido un par de crisis de salud que podrían haberme conducido a lo que la mayoría de los seres describimos como “el fin”, naturalmente he pensado mucho sobre lo que es o puede ser la muerte.

Por supuesto que mis convicciones religiosas forman parte importante de los análisis que hago y mis reflexiones sobre el tema. No soy para nada un fanático religioso (¡Dios me libre!), pero sí soy creyente y considero que mi Iglesia presenta una historia del Clavado en la Cruz de Palo con claros mensajes para los que tenemos la grandísima suerte de tener fe.

Uno de los mensajes claros para mí es que la muerte no existe. Por eso, con toda confianza y convencimiento profundo puedo decir que no creo en la muerte. Existe un tránsito –entre esta vida que conocemos y otra– que es un misterio, porque nadie ha regresado para describirlo. Lo que sí sabemos es que en todos los testimonios de aquellos que han tenido la experiencia de casi morir, ellos describen haber percibido una luz brillante, y una paz y una serenidad nunca antes experimentadas; así es que no hay razón para pensar que ese tránsito de una vida a la otra no sea sino bellísimo.

Lo que también me queda claro es el mensaje de que no se llega al momento del tránsito de una vida a la otra sin pasar previamente por un calvario. Digo esto, porque es difícil pensar que los simples mortales tengamos privilegios que no tuvo el Clavado en la Cruz. Los calvarios vienen en todas las formas, intensidades y duraciones. Son pocos los seres premiados con un tránsito rápido sin calvario previo.

La mayoría de los calvarios son producto del deterioro de ese vestido que tiene nuestra alma, llamado “cuerpo humano”. Con el tiempo este empaque va sufriendo un deterioro inevitable y al llegar la edad madura, cuando visitamos a algún médico y cuando luego del diagnóstico le preguntamos: “doctor... ¿por qué me ocurre este mal que me describe?”, la respuesta que oímos con más frecuencia es “por la edad” (o como se dice frecuentemente, “la éda”).

Claro que podemos y debemos hacer todo lo posible por alargar la ida “útil” de nuestro vestido; pero por más que hagamos se entra en deterioro, se inicia el calvario por el que todos tendremos que pasar previo al tránsito. Por eso, nunca cabe la pregunta: “¿por qué a mí?”; es que nos pasará a todos, de una u otra manera. Hay que aceptar que es así y dedicarnos a lo que no se debe arrugar, y no debe envejecer nunca: el espíritu, el alma. Hay que celebrar cada minuto de esta vida, que es un regalo de nuestro Dios (sea el que sea); aceptar nuestro calvario y vivirlo con valentía, serenidad y fe de que vamos simplemente hacia una transición, ya que yo sé que la muerte no existe.

El autor es presidente de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana


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