Servidor público... y servidor público
La Nación –hoy deshonrada y pesimista– requiere que ambos poderes (el formal y el moral) se unifiquen y que todos los servidores públicos, juntos, elevemos a nuestra querida Nación
I. Roberto Eisenmann
Servidor público es todo aquel que está dedicado a la noble tarea de servir a la República, o sea, al bien común.
Mucho se ha escrito sobre el hecho de que muchos políticos y funcionarios, en vez de cumplir lo que debe ser su noble misión de servidor público, aprovechan los puestos para servirse del erario público cual niños ante una piñata > hay que recoger la mayor cantidad de pastillas ($) antes de que se acaben (período electoral).
Lo usual es pensar que el único servidor público es aquel que ha sido elegido o designado para un puesto en el Gobierno. Esta definición tradicional parece limitar el título de “servidor público” a aquel que recibe emolumentos del erario público, del Tesoro Nacional.
Esta definición es, en mi concepto, unidimensional y limitativa a la realidad del ámbito político real. La realidad es que hay muchísimas instituciones privadas dedicadas a la agenda pública cuyos integrantes son también servidores públicos; la única distinción entre estos y los que tradicionalmente se les conoce con ese título, es que no reciben emolumentos del erario público. Este hecho –de que se dediquen a la agenda pública, sin por ello percibir pago público– si en algo los convierte es en servidores públicos-plus. Unos trabajan la agenda pública porque les pagan por hacerlo; los otros lo hacen por profunda convicción de que la salud de la Nación merece el esfuerzo de todos sus ciudadanos.
Ejemplos sobran en nuestra sociedad. Los ciudadanos dedicados a Transparencia, al Movimiento Visión 2020, a la Acción y Poder Ciudadano, al Movimiento en Defensa del Ambiente, a la ética e integridad, a crear un nuevo documento constitucional, a la defensa de la mujer, a la Comisión de la Verdad, a los valores éticos y morales, a –con sus esfuerzos cívicos– financiar el Hospital del Niño, el Museo Gehry, las granjas sostenibles para combatir la desnutrición; los que se dedican a incluir a los excluidos con crédito y capacitación, y muchos más que no cabrían en este escrito, son sin duda modelo de servidores públicos, el más elevado ejemplo de lo que es un servidor público.
Es importante que los servidores públicos pagados por el erario público abandonen su natural propensión a sospechar de los servidores públicos de la sociedad civil y gremial, y a resentir de ellos.
Igualmente importante es que los servidores públicos de la sociedad civil y gremial depongan actitudes antipolíticas o –como lo catalogó Sanguinetti– el “apoliticismo”.
Las actitudes negativas de ambas categorías de servidores públicos le hacen un flaco favor a la Nación que todos pretendemos servir.
Unos ejercen el poder de la autoridad formal, y los otros el de la autoridad moral.
La Nación –hoy deshonrada y pesimista– requiere que ambos poderes (el formal y el moral) se unifiquen y que todos los servidores públicos, juntos, elevemos a nuestra querida Nación y la convirtamos en un proyecto de esperanza para todos sus hijos.
El autor es presidente de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana
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