Panamá, 8 de octubre de 2002
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Más allá de lo orgánico

Cada vez son más los estudios que señalan el estrés como factor clave en el diagnóstico de la infertilidad

Alicia Rego
Especial para La Prensa
revista@prensa.com

Las estadísticas estipulan que entre un 15% y un 20% de parejas de todo el mundo tiene problemas de esterilidad.

Conozco a una pareja que en su día la pasó muy mal porque pensaba que no podía tener hijos. Como ella no quedaba embarazada visitaron toda serie de especialistas y realizaron un sinfín de pruebas. Al principio se regocijaron cuando todos los exámenes apuntaban a que todo estaba bien, que no había ningún motivo físico que impidiera la fecundación. Sin embargo, se fueron frustrando a medida de que el tiempo pasaba y ni siquiera surgía un retraso menstrual. Ni las múltiples misas o las peculiares técnicas de sanación y curanderismo de las que se valieron servían para nada. Los nervios por ese entonces estaban en ambos a flor de piel. Todos los meses a la espera de lo mismo, todos los meses expectación y esperanza. Y todos los meses la tristeza y la decepción.

Así estuvieron varios años hasta que el afán por engendrar un nuevo ser fue menguando a la luz de una nueva opción: el adoptar un hijo. Por entonces esa sería la nueva meta en la que volcarían sus esfuerzos. Finalmente lo consiguieron. A sus vidas entró un hermoso niño que aunque no tenía su sangre sintieron como suyo desde el primer momento. La experiencia fue preciosa; criar a esa personita, a ese hijo tan anhelado, los llenaba de dicha. Curiosamente, después de un mes de tenerlo en casa, ella quedó encinta.

Esta historia la he contado muchas veces cuando quiero explicar la cada vez más divulgada idea de que el estrés puede dificultar los procesos relacionados con la reproducción. Esta y también la que vivió una amiga no hace mucho. Ella tampoco veía el día de tener descendencia. A medida de que pasaban los meses su ansiedad y la del marido —que quizás fuera aún mayor—iban en aumento. Así estuvo hasta que un día, en una de sus visitas ginecológicas, se sometió a lo que el doctor llamara “un tratamiento para la regulación de las hormonas”. A base de unas píldoras, la supuesta técnica duraría unos meses en los que se le indicó que era imposible que quedara embarazada. Y digo supuesta, porque todo se trataba de una trama: las pastillas no tenían otro efecto más que el placebo (contenían vitaminas) con lo cual no formaban parte de ningún tratamiento hormonal. Lo que el galeno pretendía es que ella se olvidara por un tiempo de su obsesión. Al segundo mes de tomarlas, quedó embarazada.

Los dos casos evidencian que a diferencia del estado anímico que depara el estrés, el que se vive cuando uno está relajado, sin presiones ni angustias, favorece la fecundación, un acto que en principio pareciera alejado de contenidos psicológicos y que no tuviera otra explicación que no fuera la organicista.

Psiconeuroendocrinología de la infertilidad

Sin embargo, lejos de esto, numerosos estudios recientes no sólo afirman lo contrario sino que lo demuestran científicamente. Algo que resulta de lo más conveniente teniendo en cuenta la gran cantidad de personas que refieren problemas en este sentido. Y es que actualmente las estadísticas estipulan que entre un 15% y un 20% de parejas de todo el mundo tiene problemas de esterilidad. Y aunque en la mayor parte de estas es una discapacidad corporal concreta la que explicaría las dificultades, en muchas otras no hay ninguna explicación médica, hecho que constata la influencia de esos otros factores.

Las investigaciones de psiconeuroendocrinología lo demuestran. Ya el mismo nombre de esta rama establece las conexiones implicadas. Los procesos psicológicos, el cerebro y el sistema endocrino estarían relacionados de tal forma que un aspecto de los primeros, como el estrés, incidiría en los otros. De hecho, está demostrado que este estado anímico (y otros como las depresión, el nerviosismo o la irritabilidad) puede actuar y modificar la actividad hormonal implicada en el embarazo.

En este sentido, según los expertos, cabe señalar la importancia de dos sustancias íntimamente relacionadas con el estrés: el cortisol (un corticosteroide que actúa sobre el metabolismo de las proteínas) y la DHEA (siglas de la fórmula química de un andrógeno producido por las glándulas suprarrenales). Los niveles normales de ambos pueden verse alterados bajo el estrés y esto incidir en las irregularidades de progestorona y estradiol, si se trata del cortisol, y de los estrógenos, en el caso de la DHEA.

Los fundamentos biológicos son mucho más complejos de los aquí expuestos pero en resumidas cuentas confirman que el estrés produce cambios endocrinos que inciden en la fertilidad al alterar la producción de hormonas esenciales para la ovulación, la concepción o el buen término del embarazo.

No es de extrañar entonces que muchos especialistas, a la luz de los avances, no duden en tomarlos en cuenta e incluso realizar pruebas que midan la ansiedad. Una ansiedad que se incrementa en los que se someten a tratamientos exhaustivos (que incluyen visitas continuas, toma diaria de temperatura o relaciones sexuales programadas) en las clínicas de esterilidad.

Esto sería, por ejemplo, a partir de los niveles de cortisol y DHEA encontrados en una muestra de saliva. De ellos dependería la necesidad de una posterior terapia psicológica. Técnica de lo más aconsejada cuando los escollos que algunas parejas encuentran van más allá de los problemas orgánicos.


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