Panamá, 8 de octubre de 2002
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No…mi gran pasión no es ser presidente

Hay gente para todo y Dios ha repartido sus carismas sabiamente. El asunto es que los usemos siempre para el bien y lo más intensamente posible

Rómulo Emiliani cmf

Me han dicho que se ha estado hablando en algún medio de comunicación de la posibilidad de mi candidatura para la Presidencia de la República de Panamá. Es un alto honor ocupar ese puesto, pero nunca he pensado en eso, y aunque he escuchado esa idea algunas veces, no me interesa en absoluto dedicarme a la política, y aprovecho para hacer una reflexión sobre el tema.

Tengo mucho amor por América y este continente constituye mi gran pasión. Veo a América florecer unida y aportar al mundo nuestra riqueza cultural y el progreso, una vez superadas tantas taras que nos han empobrecido y casi arruinado. La corrupción, la falta de educación y los regionalismos exagerados han provocado una hemorragia de energía impresionante. La Patria Grande que soñó Bolívar será una realidad, y así como Europa se está uniendo después de dos guerras mundiales –ya 16 países tienen moneda única y pueden sus ciudadanos pasar por sus fronteras sin pasaportes, y un tratado económico los hace fuertes– América, con una cultura común y con mucha más afinidad histórica y humana tendrá un destino grandioso. Estamos en la etapa de la purificación. Yo como obispo y evangelizador, junto a muchos hombres y mujeres de nuestro continente y en diferentes profesiones y ocupaciones, estoy en la lucha de ir creando una nueva conciencia humana y espiritual americana, y esta tarea la estoy realizando desde Honduras; da sentido a mi vida y la llena totalmente. Amo con pasión a este continente, sobre todo al que sustenta la cultura latinoamericana y caribeña, y me siento empeñado desde hace muchos años en apoyar la renovación cultural de nuestras tierras. Soy un americano convencido y con un corazón dado totalmente a la tarea de ayudar a crecer la humanidad americana desde mi visión de fe. Esa es mi pasión.

¿Que podría ser presidente de Panamá? Claro que tengo méritos y cualidades, entre otras: trabajo de día y de noche sin importar el sacrificio que haya que hacer, y persevero con fe profunda en mis metas. No tengo amor al dinero (vivo el desapego de cosas materiales) y hace tiempo que ofrecí mi vida por la causa del pueblo. Tengo coraje y lucho por los pobres, a quienes respeto y no engaño. Amo a mi país y a América. Conozco mucho mi realidad, y tengo abundante conocimiento sobre los temas patrios que usaría para poner orden en Panamá. Por eso algunos que lo saben, no me quieren. Pero el Señor me ha llamado tan claramente para servir a la Evangelización desde mi ministerio episcopal. Esto me llena tanto, le da tanto sentido a mi vida y, además, con humildad lo digo, mi trabajo pastoral tiene gran valor y tendrá más influencia en las próximas generaciones, que ser cinco años presidente de mi país. La renovación espiritual provocada por mi labor evangelizadora, obra del Señor, hace más impacto positivo en el corazón del pueblo que meterme en las lides políticas. A esto hay que añadir que en Panamá hay personas capaces de ser muy buenos presidentes. Lo que pasa es que algunos de los que estoy pensando no quieren meterse en política, pero hay una obligación moral con Panamá de hacerlo para ir purificando la política y crear una nueva forma de gobernar, menos partidista y más abocada al bien común. No, realmente no me interesa meterme en política.

Ahora que escribo esta reflexión estoy llegando de servir en la cárcel de Tela, población que está a unos 100 kilómetros de San Pedro Sula, donde me he sentido a gusto entre los detenidos. Realmente lo confieso: me siento tan bien predicando en las cárceles y caminando junto al pueblo pobre, que no me vería a mí mismo sentado en un palacio presidencial con mucho protocolo y todo el día lidiando con intrigas, estrategias políticas, y además con saco y corbata. Perdone, ¡pero es incómodo! Además, presidir una sola eucaristía vale más que todos los honores que pueda recibir rey alguno en su vida. Recordemos, hay gente para todo y Dios ha repartido sus carismas sabiamente. El asunto es que los usemos siempre para el bien y lo más intensamente posible. Mi lucha por el pueblo tiene más alcance en el interior de los corazones y por América, que es mi pasión.

El autor es obispo auxiliar de San Pedro Sula

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