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En Venezuela amanecerá pronto
Hugo Chávez está fracasando en su empeño por el coraje de una sociedad democrática, civil y militar, que asume su responsabilidad
Oswaldo Alvarez Paz
oalvarez@telcel.net.ve
El presidente de Venezuela dejó de ser pieza clave para la solución de los graves problemas que atraviesa el país. Todo lo contrario. Hoy día él es el problema mayor que los venezolanos cargan sobre sus hombros. El de más urgente solución. Las acciones están en pleno desarrollo. Pronto saldremos de esta terrible noche. Hugo Chávez lo sabe. Arremete con todo y contra todo cuanto contribuya a ponerle punto final a su gobierno. Sabe que la revolución, en el sentido castro-comunista de la izquierda latinoamericana, es incompatible con la democracia representativa y liberal establecida en la Constitución y, más que eso, es incompatible con la cultura democrática profundamente arraigada en nuestra sociedad civil y militar.
Hugo Chávez no podría destruir la democracia desde la democracia misma, ni liquidar el estado de derecho desde una legalidad precaria, interpretada caprichosamente para concentrar poder y violentar el orden jurídico sin contrapesos que se lo impidan. Su caso es de patética incompetencia. Mientras más poder ha concentrado, menos representa a la nación. Mientras más ingresos fiscales recibe, más quedan en evidencia las enormes carencias políticas y humanas de su gobierno. Y mayor resulta también el grado de indignada oposición presente en todos los sectores de la vida nacional. Perdió no solo el apoyo, sino el respeto de la gente. Lo sabe y se desespera. La calle está tomada por la población civil y en los cuarteles la desobediencia activa, frente a sus disparatadas órdenes represoras, anuncia el final de este tiempo. Miente, insulta, amenaza, estimula la agresión física contra sus opositores, al mejor estilo de los cobardes pandilleros que azotan los barrios de nuestras ciudades. Está a la vista de cuerpo entero. Lamentablemente para él, hasta muchos de sus más fervorosos partidarios de la primera hora lo ven como un pobre mediocre, esclavo de sus caprichos y de las pasiones más bajas; fatuo, imprudente, sin capacidad de raciocinio para analizar la realidad que lo consume y, de paso, bastante corrompido. Un ladronazo más en esta atormentada América Latina en la que a cada esperanza sigue una terrible desilusión. Siendo, como ha pretendido ser, pieza importante de una estrategia continental y mundial mucho mayor, ha resultado un verdadero fraude hasta para quienes pusieron en él la esperanza de sustituir a La Habana por Caracas, como capital de la subversión. Si para los venezolanos es el problema mayor por resolver, para los vecinos y el mundo es un peligro concreto que debe resolverse pronto.
En el tablero de la democracia venezolana, todas las luces están en rojo. No hacen falta más señales para entender que las instituciones agonizan en su lecho de muerte, que vientos de guerra soplan con fuerza escalofriante, que la siembra de odio está dando una buena cosecha y que la intervención militar, con todos los riesgos que envuelve, es solicitada a gritos por un pueblo que lleva casi cuatro años terribles de miseria, dudas, incertidumbres y desengaños. Se aproximan días duros, de confrontaciones severas, pero definitivas. Ningún país del mundo puede soportar durante tanto tiempo esta inseguridad total en la que la vida ha dejado de ser muro de contención para las pasiones políticas.
El mundo entero debe saber que en medio de su creciente desesperación, el Gobierno de Venezuela cercena las libertades públicas, impone “estados de excepción” y “zonas de seguridad” bajo el control de sectores militares que le son afectos con el propósito de suspender las garantías constitucionales de manera progresiva, en nombre de emergencias provocadas. Los medios de comunicación son acosados de manera sistemática y los periodistas agredidos físicamente por las turbas mercenarias del chavismo que ya asaltan iglesias y agreden a sacerdotes de todas las jerarquías. Mientras las empresas están bajo la amenaza de ser confiscadas y entregadas a los trabajadores, si los empresarios continúan oponiéndose a su revolución, estructuras paralelas oficialistas pretenden sustituir las centrales sindicales, patronales, gremios profesionales y organizaciones del movimiento estudiantil organizado.
Esos círculos chavistas, armados y bien financiados, siembran el terror impunemente al mejor estilo de los comités de defensa de la revolución en Cuba o de las brigadas de la dignidad en el Panamá de Manuel Noriega. Hugo Chávez está fracasando en su empeño por el coraje de una sociedad democrática, civil y militar, que asume su responsabilidad. (Firmas Press)
El autor es abogado y político venezolano. Ex gobernador del estado de Zulia
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