Panamá, 2 de octubre de 2002
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El escenario de la ‘partición’ de América Latina

Si Lula gana en Brasil, su victoria le daría un espaldarazo a los candidatos populistas e izquierdistas en las elecciones argentinas de marzo

Andrés Oppenheimer
aoppenheimer@herald.com.

¿Se producirá una partición política de América Latina tras las elecciones brasileñas? ¿Habrá un eje anti-estadounidense, anti-libre comercio en la costa atlántica, y un eje pro-estadounidense, pro-libre comercio en la costa del Pacífico?

Se trata de un escenario que se está escuchando en círculos de línea dura de esta ciudad a medida que nos acercamos a las elecciones del 6 de octubre en Brasil, en las que el candidato izquierdista Luiz Inácio Lula da Silva lleva una cómoda ventaja en las encuestas.

Según este escenario, si Lula gana en Brasil, su victoria le daría un espaldarazo a los candidatos populistas e izquierdistas en las elecciones argentinas de marzo. El candidato populista Adolfo Rodríguez Saá –el mismo que cuando fue fugaz presidente a fines del 2001 anunció triunfalmente la suspensión de los pagos de la deuda externa de su país– está encabezando las encuestas argentinas, que indican un creciente rechazo a las recetas de libre mercado recomendadas por Estados Unidos y Europa.

Entonces, dicen quienes consideran posible este escenario, terminaríamos con un “bloque del este” –geográficamente hablando, claro– en la costa atlántica, integrado por Argentina, Brasil, Venezuela y Cuba. Y en la costa del Pacífico tendríamos un “bloque del oeste”, más favorable a Estados Unidos y al libre comercio, integrado por Chile, Bolivia, Perú, Colombia, América Central y México.

Las principales diferencias entre estos dos bloques serían las siguientes:

Primero, la política. En el actual clima político de Washington, dominado por la convicción de que se viene una guerra inminente contra Irak, habría una tendencia natural del gobierno de George W. Bush a ayudar a los países de la costa del Pacífico que apoyarían a Estados Unidos, y a ignorar a los países del Atlántico que probablemente criticarían una acción militar. Si Bush ha enfriado las relaciones con una potencia como Alemania por las críticas del canciller Gerhard Shroeder, a sus planes de guerra en Irak, se puede asumir que su reacción contra países sudamericanos que critiquen el unilateralismo estadounidense sería igual, o peor.

Segundo, el libre comercio. Todos los países de la costa del Pacífico –empezando por Chile y América Central– están completando o iniciando negociaciones de libre comercio con Estados Unidos, o han manifestado su voluntad de hacerlo. Por el otro lado, Brasil y sus vecinos del Atlántico podrían negarse a entrar en negociaciones de libre comercio hasta que Estados Unidos levante sus barreras proteccionistas a productos agrícolas.

Tercero, el factor humano. Prácticamente todos los presidentes de países de la costa del Pacífico hablan inglés –muchos de ellos tienen doctorados de Stanford, Harvard, Chicago– y pueden mantener una conversación con Bush u otros líderes mundiales sin necesidad de tener un intérprete al lado. Por el contrario, ni Rodríguez Saá ni Da Silva ni Chávez podrían hacer lo mismo.

La semana pasada le pregunté al máximo funcionario a cargo de la política latinoamericana del Departamento de Estado, Otto Reich, sobre la posibilidad de una partición política de América Latina. Reich, un conservador, dice que no cree que Argentina y Brasil se vuelvan anti-estadounidenses.

“Mire, en el mundo de hoy, ¿qué ganas siendo anti-norteamericano?”, me dijo Reich. “Estamos en un mundo unipolar. Había un tiempo en que los países podían jugar con su apoyo a Estados Unidos o la Unión Soviética, y quizás ganar alguna ayuda económica limitada de la Unión Soviética. Pero ya no”.

“Uno de los resultados del colapso de los mercados financieros en el mundo es que hay menos dinero en el mundo para invertir en otros países”, continuó. “Los países tienen que tomar recaudos para no quedar excluidos de los flujos financieros internacionales. Venezuela es un ejemplo: ha habido muy pocas inversiones en Venezuela. El capital es cobarde”.

Al preguntársele cómo reaccionaría el gobierno de Bush a una posible ola populista en América Latina, Reich respondió: “Mucho dependerá de cómo esos gobiernos hagan dos cosas: cómo manejen sus relaciones exteriores, en especial con nosotros –porque a fin de cuentas, nosotros sólo podemos hablar por nosotros– y de cómo tratan a su gente, porque nos importan los derechos humanos y la democracia”.

“Si son amigos de Estados Unidos y respetan los derechos de sus ciudadanos, haremos todo lo que podamos por ayudarlos. Si se alinean con los enemigos de Estados Unidos, si van a visitar a Sadam Husein, a Muammar Khadafy o a Fidel Castro, vamos a tener que asumir que han encontrado en esos regímenes algo que les gusta. Y eso nos preocupa, porque son [regímenes] terroristas y Estados fracasados”.

En una próxima columna les daré mis propias razones por las cuales soy algo escéptico sobre una posible “partición política” de América Latina. Por ahora, quería darles una idea del clima político post 11 de septiembre, centrado en Irak e influido por las próximas elecciones legislativas de noviembre, que predomina en Washington. Espero haber sido lo suficientemente gráfico.

El autor es columnista de The Miami Herald y de El Nuevo Herald

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