Panamá, 27 de septiembre de 2002
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Miss Presidencia

La comparación de la comunicación de los gobiernos por cualquier método que soslaye la trivialidad de quién es más bonito, resulta válida

Jaime A. Porcell Alemán
japorcell@yahoo.com.mx

Para el columnista Carlos Iván Zúñiga, la pregunta quién es mejor político entre Balladares y Moscoso de “El pulso de la Nación” de La Prensa, remeda la frivolidad de un concurso de simpatía. Menos le parece justa la decisión popular de coronar como Mr. Político al ex presidente. Pero la única y verdadera Miss de Palacio, que no admite sustitución de última hora, es la comunicación presidencial.

Disiento con el ex rector cuando regatea legitimidad al trivial concurso, aduciendo que ninguno es candidato para el 2004. La comparación de la comunicación de los gobiernos por cualquier método que soslaye la trivialidad de quién es más bonito, resulta válida. Mejor si contamos con encuestas imaginativas.

Medios y política son inseparables. La imagen comunicada a los ciudadanos sobre su presidente y reflejada en encuestas, viene inclinándose más a la que proyectan los medios, y menos a la versión que promueven las relaciones públicas oficiales. La política que no sale en medios, no existe; y el político que no alcanza planas, marca como vago. Pero Miss comunicación presidencial tampoco es muda. No en vano Mireya y Balladares obtienen prominencia como ejes de sus gobiernos y trabajadores incansables.

Uno con Danilo Toro, la otra con Anel Béliz, ensayan interponer un vocero entre ellos y los medios, sólo para dejar que caiga abatido a vuelta de esquina. Mireya, por encontrar más difícil ubicar la retórica y con menor afinidad con la prensa, evidencia más la carencia de un portavoz, quien entregaría mayor percepción de transparencia a una gestión urgida de ella.

El público achaca el costo político al funcionario más visible. En los últimos meses, para alcanzar primeras planas, ministros y directores trastabillan, salvo cuando les asolean la equiparación de puertos, la inseguridad o sospechas en licitaciones. La visibilidad presidencial resulta mayor que la del equipo. Así, la excesiva personalización del gobierno que otorgan medios, le endosa buena parte del desgaste. La segunda línea de defensa oficial recae en cinco guerreros, los legisladores arnulfistas Alemán y Blandón, en el liberal coclesano Tejeira, y los viceministros Linares y Pinzón.

Balladares defiende a sangre y fuego su imagen. Demanda a periodistas y legisladores, tuerce el brazo a Martín cuando el candidato reniega del gobierno, y purga a copartidarios expiando culpas, caso Miller y Amado. Pero un gobierno también necesita que sus medidas caigan bien a la ciudadanía. Requiere más que guerreros, persuasores. A un equipo hábil políticamente, le extienden espacios evanescentes y sutiles, que posibilitan tremendamente la función de venta de la gestión Balladares. Con los medios más neutrales, los ministros Cárdenas, Doens, Montenegro, qué decir de Chapman y Thalassinos, adoptan el papel de persuasores. Entonces, resulta entendible que ganen aquel concurso recusado por pueril.

A diferencia de Mireya, Balladares califica sobresaliente en encontrar el justo punto entre lo que quiere decir y callar, en medio de luces y fogonazos. Ninguno con ese hablar coherente y vital, enmarcado en aquel rostro exacto y de catálogo de sonrisas (la irónica, la del triunfador, etc.). Ruedas de prensa los jueves, comilonas con periodistas y columnistas, entrevistas al pie de la calle, colman el ambiente informativo. Pero tan absoluta apertura llega sólo hasta la relatividad de aquellos rasgos afines a la majestad presidencial, mientras oculta al Ernesto genuino.

Al concursante Balladares, nos recuerda Zúñiga, “siempre las encuestas le son favorables”. Pero con él, luego de la reelección, aprendimos que valorar a alguien no significa votar por ese alguien, menos amarlo después.

Miss comunicación presidencial pugna por acortar distancias entre el mandatario y la ciudadanía. Los medios urden cómo alargarla. Con los muy tangibles corredores y doble vía en la interamericana, a un Balladares grande y recio hubo que endosarle aquel intangible de prepotente. Pero resulta más fácil distanciar a un “toropoderoso” que a una Mireya frágil, con aquella capacidad de sentir el drama ajeno como propio y de identificar el propio con el ajeno. Queda a la mano entonces, el camino de gobierno no transparente, corrupto e ineficiente.

El autor es investigador de mercado

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