Miss Presidencia
La comparación de la comunicación de los gobiernos por cualquier método que soslaye la trivialidad de quién es más bonito, resulta válida
Jaime A. Porcell Alemán
japorcell@yahoo.com.mx
Para el columnista Carlos Iván Zúñiga, la
pregunta quién es mejor político entre Balladares y Moscoso de “El
pulso de la Nación” de La Prensa, remeda la frivolidad de un concurso
de simpatía. Menos le parece justa la decisión popular de coronar
como Mr. Político al ex presidente. Pero la única y verdadera Miss
de Palacio, que no admite sustitución de última hora, es la comunicación
presidencial.
Disiento con el ex rector cuando regatea
legitimidad al trivial concurso, aduciendo que ninguno es candidato
para el 2004. La comparación de la comunicación de los gobiernos
por cualquier método que soslaye la trivialidad de quién es más
bonito, resulta válida. Mejor si contamos con encuestas imaginativas.
Medios y política son inseparables. La imagen
comunicada a los ciudadanos sobre su presidente y reflejada en encuestas,
viene inclinándose más a la que proyectan los medios, y menos a
la versión que promueven las relaciones públicas oficiales. La política
que no sale en medios, no existe; y el político que no alcanza planas,
marca como vago. Pero Miss comunicación presidencial tampoco es
muda. No en vano Mireya y Balladares obtienen prominencia como ejes
de sus gobiernos y trabajadores incansables.
Uno con Danilo Toro, la otra con Anel Béliz,
ensayan interponer un vocero entre ellos y los medios, sólo para
dejar que caiga abatido a vuelta de esquina. Mireya, por encontrar
más difícil ubicar la retórica y con menor afinidad con la prensa,
evidencia más la carencia de un portavoz, quien entregaría mayor
percepción de transparencia a una gestión urgida de ella.
El público achaca el costo político al funcionario
más visible. En los últimos meses, para alcanzar primeras planas,
ministros y directores trastabillan, salvo cuando les asolean la
equiparación de puertos, la inseguridad o sospechas en licitaciones.
La visibilidad presidencial resulta mayor que la del equipo. Así,
la excesiva personalización del gobierno que otorgan medios, le
endosa buena parte del desgaste. La segunda línea de defensa oficial
recae en cinco guerreros, los legisladores arnulfistas Alemán y
Blandón, en el liberal coclesano Tejeira, y los viceministros Linares
y Pinzón.
Balladares defiende a sangre y fuego su imagen.
Demanda a periodistas y legisladores, tuerce el brazo a Martín cuando
el candidato reniega del gobierno, y purga a copartidarios expiando
culpas, caso Miller y Amado. Pero un gobierno también necesita que
sus medidas caigan bien a la ciudadanía. Requiere más que guerreros,
persuasores. A un equipo hábil políticamente, le extienden espacios
evanescentes y sutiles, que posibilitan tremendamente la función
de venta de la gestión Balladares. Con los medios más neutrales,
los ministros Cárdenas, Doens, Montenegro, qué decir de Chapman
y Thalassinos, adoptan el papel de persuasores. Entonces, resulta
entendible que ganen aquel concurso recusado por pueril.
A diferencia de Mireya, Balladares califica
sobresaliente en encontrar el justo punto entre lo que quiere decir
y callar, en medio de luces y fogonazos. Ninguno con ese hablar
coherente y vital, enmarcado en aquel rostro exacto y de catálogo
de sonrisas (la irónica, la del triunfador, etc.). Ruedas de prensa
los jueves, comilonas con periodistas y columnistas, entrevistas
al pie de la calle, colman el ambiente informativo. Pero tan absoluta
apertura llega sólo hasta la relatividad de aquellos rasgos afines
a la majestad presidencial, mientras oculta al Ernesto genuino.
Al concursante Balladares, nos recuerda Zúñiga,
“siempre las encuestas le son favorables”. Pero con él, luego de
la reelección, aprendimos que valorar a alguien no significa votar
por ese alguien, menos amarlo después.
Miss comunicación presidencial pugna por
acortar distancias entre el mandatario y la ciudadanía. Los medios
urden cómo alargarla. Con los muy tangibles corredores y doble vía
en la interamericana, a un Balladares grande y recio hubo que endosarle
aquel intangible de prepotente. Pero resulta más fácil distanciar
a un “toropoderoso” que a una Mireya frágil, con aquella capacidad
de sentir el drama ajeno como propio y de identificar el propio
con el ajeno. Queda a la mano entonces, el camino de gobierno no
transparente, corrupto e ineficiente.
El autor es investigador de mercado
Además en opinión
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