Panamá, 23 de septiembre de 2002
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Las cuentas del gran capitán

Dicen, afirmación nada científica, que los años bisiestos son de tragedias, guerras, dinero que desaparece de refrigeradores, etc.

Berna Calvit
bdcalvit@sinfo.net

Hoy pudiera escribir sobre mi colección de absurdos nombres, en inglés, de algunos negocios y anuncios. También sobre la expresión “hasta las últimas consecuencias”, que tanto detesto por bravucona y falsa; o sobre la “ley de condonación” que me suena a uso obligatorio de condones. Pero no. Hoy escribo sobre “las cuentas del gran capitán” y revulús, palabra simpática que ya registra el Diccionario de la Lengua Española. Por tanto, puedo decir sin alejarme de la verdad, que en este pequeño país hay tantos revulús que nunca llegan hasta las últimas consecuencias porque, amparados por la ley de condonación, ¡siempre se los tragan las cuentas de la gran capitana!

Dicen, afirmación nada científica, que los años bisiestos son de tragedias, guerras, dinero que desaparece de refrigeradores, etc. Pero el 2002 no es bisiesto, así que son otras las razones para lo que está viviendo Panamá, como por ejemplo, lo de la Corte Suprema de Justicia. Sin habernos repuesto del escándalo de la elección de Spadafora y Cigarruista para la Corte Suprema de Justicia, nos cayó a la velocidad del rayo la designación y elección de Aníbal Salas para magistrado. Está visto que no hay mejor credencial que ser amigo, compadre, copartidario o abogado de la presidenta Moscoso. Además de los ahora felices magistrados, están felices algunos legisladores del PRD que se ganaron el “gordito de las garzas” al inclinar la balanza que le despejará al Ejecutivo el camino para gobernar a su antojo, sin que importe un rábano lo que piensa la ciudadanía decente y pensante del país. Los escollos que puedan surgir en la Asamblea, o con los ilusos que exijan cuentas amparados en la Ley de Transparencia, o a protestar por alguna injusticia, los apañará una CSJ lamentablemente envuelta en la espantosa sospecha de estar hecha a la medida del Ejecutivo. Como diría mi comadre Charlotte, distinguida residente de Cabo Verde: “pa’lante que la luz es verde”.

Otro revulú que me dejó boquiabierta, fue el de las declaraciones del ingeniero Alberto Vallarino. Calificó al gobierno de Moscoso como exitoso; alabó la eliminación de las partidas circuitales y mencionó, como gran obra, la construcción del Hospital Santo Tomás que, sin querer regalarle porotos al gobierno anterior, fue el padre de esa criatura. Las lisonjas de Vallarino las podría entender de haber estado sufriendo (él, no yo) de amnesia pasajera. ¿Olvidó que el prominente ex asesor de la presidenta, Roberto Eisenmann, dijo que estaba rodeada de maleantes? Escuché las severas críticas que hizo Vallarino a la “equiparación” de Panama Ports. ¿O es que están doliendo las tuercas que está apretando Moscoso (el Partido Arnulfista soy yo)? Ni los propios arnulfistas recibieron bien los elogios; el legislador arnulfista Blandón (que en oposición todo lo criticaba y ahora, como oficialista, todo lo encuentra bien), le dijo a Vallarino que no era lógico querer ser candidato del partido en gobierno, “pretendiendo ser oposición al mismo”. O sea: si no cambias el paso, “no te vistas, que no vas”. Con disfraces del FIS las partidas circuitales se dan a los favoritos y a los “chaqueteros”, dicen los que saben “donde come la langosta” y debería saberlo Vallarino. Para mí, que lo veo como un buen candidato, darle la bendición al actual gobierno le hace flaco favor y de veras lamento lo que, en mi escaso conocimiento de jugadas políticas, fue un verdadero traspiés. Vallarino me sorprendió, pero no tanto como me sorprende que el PRD parezca desarticulado y adormecido sin que Martín Torrijos logre definirlo como auténtica oposición.

Lo de las cuentas del Gran Capitán es una anécdota que me parece aplicable a los revulús que surgen y desaparecen, como el hundido helicóptero HP-1430 en que viajaba Dalvis Sánchez, directora administrativa de la presidencia, birlada hace poco de miles de durodólares. ¡Qué salazón la de la señora! Según la historia, al general Gonzalo Fernández de Córdoba, el “Gran Capitán”, que era muy apreciado por la reina Isabel la Católica, se le formó un revulú al morir la reina; el rey Fernando le pidió cuentas por gastos altísimos en concepto de “guantes perfumados para que los soldados no oliesen el hedor de la batalla; campanas desgastadas de tanto repicar por las victorias del glorioso ejército; frailes, monjas y pobres que rogaron a Dios por nosotros” y una gran cantidad para él mismo “por la paciencia en escuchar a un rey que pide cuentas al que le regaló un reino”. Seguro que el Gran Capitán le hizo entender al rey que “favor con favor se paga” así que el rey soltó a Gonzalo y “aquí no ha pasado nada”.

En el gobierno de Moscoso, las cuentas de la Gran Capitana pueden justificar los paseos por Europa, que sirven para despejar los malos olores de la bahía de Panamá que atormentan las fosas nasales de los bienamados de la capitana; las sillas de ruedas, muletas y medicamentos para los cuerpos adoloridos por tantas genuflexiones de agradecimientos por las pachangas que alivian el estrés, por los Cadillac, las carreteras a la medida para sembrados de piñas de sufridos funcionarios también cercanos al corazón de la capi; para compensar el pesar de la ropa que se perdió en el HP-1430 y el dinero robado de refrigeradores. Si el fantasma de don Gonzalo Fernández de Córdoba llegara a rondar por aquí, se preguntaría si esto es lo que llaman “regreso al futuro”. Y se pondría verde de la envidia.

La autora es comunicadora social

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