Panamá, 18 de septiembre de 2002
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Un concurso fuera del mundo real

La mujer de cualquier edad debe representar el calor humano, la ternura y la proximidad, sin olvidar su dignidad como persona

Geraldine Emiliani S.
gemiliani@mail2panama.com

“Si la celebridad de una mujer consiste en que se escriba un libro sobre ella, María, la madre de Jesús, es aún el personaje que goza de más fama en el mundo actual”, dice el periódico británico The Guardian. “Una investigación que tomó como base los libros de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, con sede en Washington, D.C. reveló la existencia de 17 mil 239 obras acerca de Jesús, ocupando el primer lugar. El séptimo –con 3 mil 595– lo ocupa María, quien es la única mujer entre los 30 principales. No figura ningún personaje vivo en los 30 primeros lugares”, agrega el rotativo. ¿Cuál es la razón de tal preeminencia?

Antes de contestar la pregunta quiero referirme a un aspecto de nuestro acontecer nacional: los concursos de belleza, en especial el de Srita. Panamá para Miss Universo. Me llama la atención que en pleno siglo XXI, y los años que tiene de realizarse, no cambie el estilo en la presentación del evento y de las candidatas. Pareciera un espectáculo fuera del mundo real, en el que los protagonistas de éste son cuerpos, caras, peluqueros, maquillistas y diseñadores, una especie de marionetas perdidas en el escenario de la vida misma.

Hago la observación que no estoy en contra de los concursos de belleza. Más bien, me encantan. Es más, participé en uno de ellos. Mi intención es no perjudicar a nadie. Pero hay situaciones que ofenden la belleza natural de la mujer. Por ejemplo: el maquillaje cuyo propósito es resaltar la belleza o cubrir imperfecciones, lo que hace es arrebatarle la lozanía y frescura a un rostro joven.

Es absurdo confundir el verdadero significado de la belleza al cambiar, reformar, añadir o disminuir algún defecto de la nariz, barbilla, pómulos, labios, orejas, glúteos, y quién sabe qué otras partes del cuerpo, y de paso convertirlas en seres robotizados.

Me decepciona la llamada “competencia en traje típico”. ¿Por qué sustituir nuestra hermosa pollera por atuendos llenos de plumajes, alambres y cuanta cosa se les ocurra? Algún individuo, de esos a los que les gustan los plumajes, ha tenido que ser el inventor de tal incongruencia.

Lo que más me inquieta son las preguntas sin sentido, y siento angustia al escuchar respuestas mediocres. Tanto unas como las otras deben ser enfocadas con temas vitales hacia una visión nueva, más general y cónsona con la condición femenina y su ubicación de la realidad nacional e internacional. Una visión que tenga que incluir más reciprocidad, cooperación y asociación tanto a nivel personal como a una escala social y cultural más amplia. En el interés por la defensa de los derechos humanos y valores culturales y religiosos. Para eso la joven participante debe ser una estudiosa y amante de la buena lectura, conocedora de las diferentes culturas, del arte, de la política, y de temas humanísticos; con un nivel de expresión verbal elevado y lúcido y sobre todo con agudeza mental.

Además, debe estar dispuesta a colaborar en actividades que tengan que ver con los más necesitados. No aislarse o alejarse del dolor humano, y mucho menos mantenerse indiferente. Lo trascendental es dejar su marca indeleble, la que añade un significado especial a la vida misma. Es el reconocimiento por una productividad infinita, continua y universal.

Opino que el concurso debe ser integral y no limitarse únicamente al despliegue físico de la mujer.

Ciertamente no es mi intención negarle a nadie su participación en un certamen de belleza, pero hay jóvenes que merecen ser reconocidas por su belleza natural, talento, inteligencia y otros atributos. Hasta me pongo a pensar en la mujer indígena cuya representación debería tomarse en cuenta.

Enorgullecerse de uno mismo es el embrión de muchas virtudes. Más aún cuando los propios intereses permiten que este tipo de actividad sea la base de un sentido de su propia valía. Sin olvidar la imagen que proyectará Panamá ante miles y millones de espectadores.

Algunas mujeres de nuestro país tienen antecedentes de grandes logros y de lucha por una causa valiosa. Mi intento es demostrar que la autenticidad, la capacidad creadora y la belleza no solo pertenecen a las más avanzadas, ni a las más educadas, ni a una minoría y mucho menos a las que se exhiben en la pasarela. Estas fuerzas están representadas por diferentes mujeres, comunes a todas. Con impulsos generosos, bondadosos y sensibles ante el ser humano. Tienes como ejemplo a Martha Estela Clement de Vallarino, Mery Morgan de Moss, Yolanda Eleta de Varela, y muchas otras que por falta de espacio no podré mencionar, quienes por su capacidad e ingenio jamás pasarán desapercibidas en la pasarela de la vida sencilla y espiritual.

La mujer tiene como responsabilidad resolver los problemas sociales, culturales y políticos de su patria. Debe interesarse y colaborar por la buena marcha del gobierno. Con una buena preparación en todas las ramas del saber. Mujeres que se esfuercen por el bien común. Deben desarrollar sus aptitudes de acuerdo a su naturaleza, sin tratar de ser una alegoría sexual. Estas exhibiciones lo que hacen, en cierta medida, es trastocar la rueda de la creación.

La mujer de cualquier edad debe representar el calor humano, la ternura y la proximidad, sin olvidar su dignidad como persona, y conservar lo más valioso de la vida: el honor, la pureza, el amor y la lealtad. ¿Por qué borrar esa diferencia esencial?

He aquí la respuesta a mi pregunta del porqué se ha escrito tanto de la Virgen María, quien ha dejado su huella indeleble en la pasarela al servicio de la humanidad y que, por la misión que le encomendó el Creador, se sitúa hoy y siempre dentro del mundo real. ¿Quién se atreve a competir con ella?

La autora es psicóloga clínica

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