Panamá, 6 de septiembre de 2002
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Anacrónico

Quienes entran en política están expuestos a crítica, pero ésta, como toda conducta humana, debe mantenerse dentro de los límites y parámetros de la urbanidad y el respeto

Marco Julio de Obaldía M.

Bien ha hecho la naturaleza dado que somos mortales. Debido a mis muchos años estoy entrando más y más en otro recinto, viendo y percibiendo cosas y sensaciones ignoradas e insospechadas por los jóvenes que constituyen la mayoría.

(Escribo estas líneas el 2 de septiembre; ayer la Asamblea escogió a su grupo dirigente durante los próximos 12 meses).

En Panamá, y supongo que en muchísimos otros países, se aprieta el botón pánico por razón de la desintegración familiar; una de las consecuencias de ello es el deterioro marcado en la educación doméstica.

¿Qué educación doméstica pueden proporcionar un padre y una madre? Nadie puede dar aquello de lo cual carece y la educación doméstica casi siempre está circunscrita a principios morales y éticos que, a su vez, vienen, diluidos quizá, de los antepasados; algunos privilegiados pueden extender la educación doméstica a temas culturales y, más importante aún, “predicar con el ejemplo”.

En mi infancia, en casa nos enseñaban unos versitos que decían así: “¿Cuánto me quieres tú a mí?”. “Me pregunta mi papá, y yo le contesto: “así” (abriendo los brazos), “pero más a mi mamá”. Desde mi infancia considero como auto de fe, aprendido en la cuna, que la mujer es superior al hombre (después de todo es modelo más nuevo). Posteriormente, ya en el Instituto Nacional, leí El alcalde de Zalamea de Calderón de la Barca y (no lo recuerdo con exactitud) hay un diálogo entre Pedro Crespo y su hijo Juan, el padre da consejos al hijo y dice: “No hables mal de las mujeres; la más humilde, te digo, es digna de admiración porque, al fin, de ellas venimos”. Entonces, qué educación doméstica pude brindar a mis seis hijos sino esta misma?

Afortunadamente no escucho la radio y veo muy poco la televisión, sí leo algo y al hacerlo, siento que cada vez entro más y más en otro recinto agradable, por cierto. Pero ayer, escuchando esporádicamente a los “honorables padres de la patria”, sentí un impulso hacia dentro de mi recinto de antigüedades y recuerdos, hacia mi refugio.

Fue la última gota, pues ya el balde estaba lleno. ¿Cómo es posible que “padres de la patria”, en su más alto recinto, ante el Cuerpo Diplomático representando a naciones amigas y ante el país entero, usen epítetos como los que lanzaron para ofender a una dama? No quisiera pensar que es ésta su forma de “predicar con el ejemplo”.

No conozco personalmente a la dama en cuestión, como tampoco tengo amistad con la mayoría de otras damas políticas, incluyendo a la presidenta de la República, damas que solamente por serlo, “son dignas de admiración” según nos dice Calderón de la Barca, pero este hecho no altera en nada la sensación de disgusto y cierta vergüenza que, como panameño, sentí y que sé que tiene sus orígenes en mi anacronismo.

Es obvio que quienes entran en política están expuestos a crítica, pero ésta, como toda conducta humana, debe mantenerse dentro de los límites y parámetros de la urbanidad y el respeto mutuo si es que deseamos ser considerados como un país civilizado.

Recuerdo que durante la dictadura fungía una dama, Margaret Thatcher, como primera ministra del Reino Unido y, motivado por la guerra de las Malvinas, nuestro representante ante las Naciones Unidas utilizó contra ella una frase ofensiva y poco feliz que requirió ser aclarada diplomáticamente. Nadie puede decir que la “Dama de Hierro” no afrontaba críticas durísimas dentro y fuera de su país, pero se trataba de una dama y debía ser tratada como tal, sobre todo en un foro semejante.

Al analizar el ejemplo dado el 1 de septiembre por los honorables legisladores, me pregunto: ¿podrán mis hijos educar a los suyos utilizando los mismos principios que yo una vez les inculqué?

El autor es ingeniero y profesor jubilado

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