Panamá, 30 de agosto de 2002
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Midiendo la corrupción

A nuestra sociedad le queda la tarea inaplazable de llevar a cabo cambios y disminuir la tolerancia que reina frente a la corrupción

Fernando Berguido

El año pasado, Transparencia Internacional decidió, por primera vez, calificar a Panamá en relación a sus niveles de corrupción. Se trata de haber incluido al país en un índice anual que se prepara en la sede mundial de esta organización y que busca medir la percepción de corrupción que sobre determinado país tienen inversionistas, académicos y analistas de riesgo.

Panamá debutó con una calificación de 3.7, sobre una escala de 10 en el Indice de Percepción de Corrupción (IPC) del 2001. Un puntaje de 10 es para países considerados limpios de corrupción, y una de 0 para aquellos altamente corruptos. Se considera que puntajes por debajo del 5 son indicativos de altos y preocupantes niveles de corrupción. Lamentablemente, este año la situación ha empeorado. Nuestra puntuación ha bajado a 3.0. En términos comparativos, la posición de Panamá bajó del lugar 51 que ocupaba en el año 2001, a la posición 67 en el 2002, de un total de 102 países que contiene el índice mundial.

El año pasado, cuando se dio a conocer la inclusión por primera vez de nuestro país dentro de este estudio mundial, varios funcionarios del Gobierno reaccionaron molestos, algunos por la calificación recibida, otros porque consideraban injusto ser adheridos a una nueva “lista negra”. Aclarado el tema de que ésta no es una lista negra, que la misma menciona a naciones ejemplares en cuanto a la transparencia, además de la casi totalidad de los países desarrollados, les recordé que como país teníamos los próximos 12 meses para demostrar nuestro compromiso para combatir la corrupción y tomar correctivos contra este mal.

Desafortunadamente, los últimos 12 meses transcurrieron sin una sola iniciativa eficaz para combatir la corrupción. Por el contrario, a los escándalos de corrupción que han plagado la sociedad este año, tanto en el sector público como en el privado, se ha unido la desilusión ciudadana por aquella estupenda oportunidad que se tuvo, y que aún se tiene, de poner en práctica las recomendaciones de la Comisión Presidencial Anticorrupción. La otra gran oportunidad, la que brinda la Ley de Transparencia, se ha tropezado con una apatía gubernamental y, lo que es peor, con las amenazas de un decreto reglamentario que busca entorpecer, en el mejor de los casos, e invalidar en el peor, disposiciones clave de la misma mediante un decreto que parece malintencionado, por demás contrario a la ley y, por ende, a la Constitución Nacional.

Si queremos mejorar nuestra calificación para el próximo año, atinado sería que el Ejecutivo demostrara su compromiso derogando de inmediato el decreto ejecutivo antes mencionado y que iniciara la implementación de las recomendaciones que le hizo la Comisión Presidencial Anticorrupción.

Creo importante aclarar que la calificación dada a Panamá no es un capricho que se produce localmente, ni mucho menos un ataque político. El IPC es una encuesta de encuestas, la cual refleja las percepciones de empresarios, académicos y analistas. Lanzado por primera vez en 1995, el IPC de este año se basa en 15 encuestas realizadas por nueve instituciones independientes. En el caso particular de Panamá, la puntuación es producto de informes preparados por cuatro instituciones internacionales, a saber: el Banco Mundial, el World Economic Forum, la Unidad de Inteligencia de la revista The Economist y la Universidad de Columbia en Estados Unidos. Es de destacar que, a pesar de provenir de organizaciones extranjeras, el grado otorgado a nuestro país coincide cómodamente con las encuestas que periódicamente se realizan en Panamá y que destacan que más del 70% de la población considera mala o muy mala la gestión anticorrupción de la actual administración.

“Las élites políticas y sus camaradas continúan aceptando sobornos a la menor oportunidad. Junto con empresarios corruptos, están atrapando a naciones enteras en la pobreza y obstaculizando el desarrollo sostenible. Se perciben niveles peligrosamente altos de corrupción en lugares pobres del mundo, y también en muchos países cuyas empresas invierten en naciones en vías de desarrollo”, manifestó Peter Eigen, presidente de Transparency International, hablando durante el lanzamiento en Berlín del Indice de Percepción de Corrupción 2002 (IPC).

“Los políticos usan cada vez más palabrería en la lucha contra la corrupción, sin embargo, no consiguen actuar según el claro mensaje del IPC de TI: la necesidad de tomar medidas drásticas contra la corrupción para lograr romper el círculo vicioso de la pobreza y el soborno. Las élites corruptas en los países en vías de desarrollo, quienes trabajan de la mano con ávidos empresarios e inversionistas inescrupulosos, están colocando el beneficio privado antes del bienestar de los ciudadanos y del desarrollo económico de sus países”. dijo Peter Eigen.

El nuevo índice, publicado por Transparency International (TI), la organización no gubernamental líder en el mundo en la lucha contra la corrupción, vuelve a poner en evidencia que hay una relación directa entre la corrupción y la pobreza. A nivel mundial se perciben niveles galopantes de corrupción en Indonesia, Kenya, Angola, Madagascar, Nigeria y Bangladesh, países que obtuvieron un puntaje menor de 2. Los países que obtuvieron puntajes por encima de 9, con niveles percibidos de corrupción muy bajos, son en su mayoría países ricos, como Finlandia, Dinamarca, Nueva Zelanda, Islandia, Singapur y Suecia.

El IPC 2002 complementa el Indice de Fuentes de Soborno también preparado por Transparencia Internacional este año, el cual trata sobre la propensión de las compañías de países exportadores líderes de sobornar en las economías emergentes de mercado. El IFS 2002, publicado el 14 de mayo de 2002, reveló altos niveles de soborno por empresas de países como Rusia, China, Taiwan y Corea del Sur, seguidos de cerca por Italia, Hong Kong, Malasia, Japón, Estados Unidos y Francia.

Tunku Abdul Aziz, vicepresidente de TI dijo: “La corrupción continúa negándole a los pobres, a los marginados y a los miembros menos educados de cada sociedad los beneficios sociales, económicos y políticos que deberían de recibir, beneficios que se dan por sentados en las sociedades que han logrado liberarse del yugo de la corrupción”.

A nuestra sociedad le queda la tarea inaplazable de llevar a cabo cambios y disminuir la tolerancia que reina frente a la corrupción, la que hace cada día más difícil la tarea de salir del subdesarrollo. No podemos continuar resignados, presumiendo que la corrupción es un modo habitual de comportamiento político y social.

El autor es el presidente del capítulo panameño de Transparencia Internacional

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