Terrorismo: ¿privatización de
la guerra?
Nadie, absolutamente
nadie, está protegido del terrorista que golpea con la muerte violenta
en cualquier bus, calle, iglesia, restaurante...en cualquier país
del globo terráqueo
I. Roberto Eisenmann
El título de este escrito es escalofriante.
La peor de todas las posibles privatizaciones es sin duda la de
la guerra. El conflicto armado entre ejércitos formales de gobiernos
nos tuvo aterrorizados durante la Guerra Fría (que –como dijo Sanguinetti–
no fue fría para nada en nuestra América India). Afrontábamos el
horror nuclear...el fin del mundo...pensando que no podía haber
nada, nada peor. Pues parece ser que siempre puede existir algo
peor. Hoy estamos ante algo mucho peor: la privatización de hecho
de la guerra...el terrorismo. Hoy cualquier ser –por purismo religioso
o por venganza, o por lograr el paraíso eterno– con una cuchillita
abre-caja convierte un avión comercial en misil y acaba con miles
de vidas inocentes, atestando el mayor de los golpes al mayor de
los poderes mundiales. Nadie, absolutamente nadie, está protegido
del terrorista que golpea con la muerte violenta en cualquier bus,
calle, iglesia, restaurante...en cualquier país del globo terráqueo.
...Y es que la mayor fuerza del terrorismo
moderno lo constituye la cultura del martirio. Robert Reicard, compañero
director de ILDEA, me pasó un artículo de David Brooks, del Atlantic
Monthy, en el que se describe esta cultura en detalle. El uso del
martirio fue relativamente inusual hasta hace como dos años. El
Corán prohíbe el suicidio y hasta hace poco esta prohibición fue
generalmente observada. El inicio del uso del martirio como arma
terrorista, según Brooks, fue iniciado por el Movimiento Hizbollah
luego de que EU estacionara sus marines en Beirut; tiempo después
las autoridades religiosas de Irán le dieron al concepto su bendición.
Entre 1996 y 1999 el periodista paquistaní
Nasran Hassan entrevistó a casi 250 personas que estaban reclutando
y/o entrenándose para misiones suicidas. Tenían entre 18 y 28 años
y no conformaban la típica personalidad suicida. Ninguno tenía poca
educación, ni era desesperadamente pobre ni estaba deprimido. Su
motivación crucial era la lealtad a la organización, o muchas veces
un amigo cercano o familiar había sido muerto por tropas israelitas.
El entrenamiento o adoctrinamiento incluye muchas horas de intensa
instrucción espiritual, instrucciones sobre los detalles de la Jihad,
la necesidad de venganza, y las virtudes del paraíso eterno. También
se les asegura que sus familias tendrán garantizado un puesto al
lado de Dios, más beneficios económicos de varios miles de dólares
donados por el Gobierno de Iraq. A veces los acuestan en sepulcros
abiertos para que experimenten la paz de la muerte; incluso, hacen
un video de su testimonio final de manera que sea una humillación
muy grande echarse para atrás.
Se han llevado a cabo varias entrevistas
con padres y madres de suicidas luego de que con sus bombazos matan
a decenas de inocentes; se muestran felices y orgullosos...incluso
listos a enviar a otro de sus hijos al martirio.
Por otro lado, todo este fenómeno del martirio
es perfecto para la era de la televisión, porque el mundo entero
se percata del daño causado a los minutos de ocurrir éste. Aún más
preocupante es que en los medios de comunicación árabes los bombazos
suicidas han reemplazado la independencia palestina como tema principal,
y ya el 70 a 80% de los palestinos aprueba el martirio como arma
de lucha.
¿Cómo responder a este horrible fenómeno
de privatización de la guerra?
No puede ser vía concesiones, y obviamente
se ha comprobado que la estrategia de Sharon –en vez de aminorarlo–
más bien lo ha exacerbado.
Brooks concluye –igual que lo hice yo en
un artículo anterior titulado “La interminable e inaceptable guerra”
(La Prensa, 26 de abril)– que la única posible solución es que la
comunidad internacional, por la fuerza, separe a israelíes y palestinos
por un buen tiempo a ver si logran habituarse a vivir en paz lado
a lado.
El autor es presidente de la Fundación para
el Desarrollo de la Libertad Ciudadana
Además en opinión
• Terrorismo: ¿privatización
de la guerra?: I. Roberto Eisenmann
• El parto del sonido
RCM: Jaime A. Porcell Alemán
• Midiendo la corrupción:
Fernando Berguido
• Un ministerio de
transporte en Panamá: Gregorio Montecer R.
|