Panamá, 23 de agosto de 2002
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¡Vamos a la cama!

Wendy Tribaldos
wtribaldos@prensa.com

Incontables veces, la energía de los niños y adolescentes me deja impresionada: hay tanto que explorar y aprender que no quieren perderse de nada. Esta energía es muchas veces la culpable de la falta de descanso de la que adolecen ellos; sin la intervención de los adultos, chicos y jóvenes podrían evitar las siestas y dormirse lo más tarde que les fuera posible.

Sin embargo, el descanso es necesario. Igual que requerimos alimento para proporcionarnos energía y crecer, el dormir nos ayuda a recargar las pilas. De hecho, los niños pequeños necesitan dormir mucho más que los adultos. Los niños recién nacidos duermen un promedio de 16 horas diarias. Un niño de un año también duerme bastante, y requiere además de una siesta a mediodía.

Los pequeños de 2 a 3 años necesitan dormir entre 9 y 13 horas diarias, incluyendo preferiblemente siesta también. Los niños de preescolar requieren entre 10 a 12 horas de sueño diarias. Y los que creen que los adolescentes no necesitan dormir mucho, deben saber que éstos requieren un mínimo de 9 horas nocturnas de sueño, cuando la mayoría obtiene mucho menos que esto.

Es esta energía lo que hace difícil el irse a dormir. ¡Hay tanto que hacer! Que si ver tele, leer, hablar por teléfono, o hacer tareas. Sin embargo, el no dormir lo suficiente tiene sus repercusiones; hace al niño y al adolescente irritable y falto de ánimo. Si la transición para dormir es difícil para su hijo, siga algunas ideas:

Consejos

1. Establezca una hora de dormir definitiva. Infórmeles de su decisión y manténgase firme. A los pequeños podría darles un pequeño rango de opción, algo así como “decide si prefieres irte a dormir a las 8:30 p.m. o a las 8:45 p.m.”. Con los grandes, permítales quedarse despiertos un poco más tarde viernes y sábados. Es importante también que los hijos reconozcan que los adultos necesitan tiempo a solas.

2. Desarrolle una rutina consistente. Los niños que tienen una rutina establecida se adaptan más fácilmente. Puede ser algo como la puesta de piyama, seguido de lavarse los dientes, leer un cuento, cantar una canción y apagar la luz. La rutina debe incluir actividades tranquilas.

3. Con los más pequeños, incluya cierta medida u objeto que les dé seguridad, como acostarse con su peluche favorito, mantener la puerta abierta, colocar una luz nocturna y similares.

4. Prepárelos para la hora de dormir dando un aviso previo. Algo como “son las 7:30 de la noche, falta una hora para acostarse”. Con los pequeños funciona aquello de mostrar un reloj y decirles que “cuando las manecillas lleguen a “x” punto, es hora”.

El anunciar la hora de dormir con antelación ayuda a los niños y adolescentes a prepararse mentalmente para el cambio de actividades y así ser más receptivos.

Hay niños pequeños que buscan todo tipo de excusas para prolongar el momento de dormir, como el buscar que les lean cinco cuentos, o ir un sinfín de veces al baño, o tener una sed espantosa a la hora de acostarse.

5. Establezca reglas sobre la cantidad de cuentos, de vasos de agua y similares.

Hay situaciones que causan interrupciones en la rutina de dormir a las que hay que tenerles paciencia mientras ocurre el proceso de adaptación. Algunos ejemplos: la transición de cuna a cama, una cama nueva, un nuevo cuarto, un nuevo inquilino en la habitación, mudanza de casa, la ausencia de algún miembro importante de la familia o un cambio en el horario regular del día.

Finalmente, planifique su tiempo para estar con sus hijos (sobre todo con los más pequeños) a la hora de dormir. Este no es el momento de ver su programa de televisión favorito o lavar platos.

La hora de dormir de su hijo puede ser uno de los momentos de mejor calidad en la relación con su niño o niña en todo el día, con la oportunidad de “conectarnos” emocionalmente y que éste sienta la cercanía y el calor de sus padres.


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