Panamá, 23 de agosto de 2002
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Transporte y vía crucis

Nada más se supo del asunto, los estudios se engavetaron y el cacareado tema del tren ligero pasó a mejor vida antes de nacer

Carlos E. Ovando
covando@prensa.com

“El transporte público es la causa mayor de la enorme frustración diaria que sufre la mayoría del pueblo panameño. Un Gobierno con enfoque social, como el actual, tiene que tener el mejoramiento de la calidad del transporte público como una de sus más altas prioridades. Por eso, creo que la presidenta con buen criterio ya anunció que, si en enero no se ha dado un cambio cualitativo tal cual se comprometieron a ejecutar los propietarios de los vehículos de transporte público, no aprobará la unificación. Mientras tanto, el Gobierno está ya en proceso de homologación, con siete empresas internacionales interesadas para la licitación del tren rápido -otro proyecto de Estado- que produciría un cambio cualitativo sustancial en el transporte público”.

Lo anterior es parte de un artículo que en noviembre del año pasado escribió en este periódico I. Roberto Eisenmann, Jr. ¿Qué ha sucedido desde entonces? Veamos.

Nada más se supo del asunto, los estudios se engavetaron y el cacareado tema del tren ligero pasó a mejor vida antes de nacer.

Pero tarde o temprano (tal vez más temprano que tarde) la ciudad de Panamá tendrá que adoptar un sistema de transporte masivo. Se podrá llamar tren rápido o metrotrén, transmilenio. El asunto es que nuestra ciudad, si pretende avanzar a la par que lo hacen las grandes urbes del mundo, deberá adoptar un sistema de transporte público eficiente, cómodo y rápido.

Ni siquiera los grupos que aún controlan el gremio del transporte en Panamá podrán evitarlo.

En una ciudad convulsionada por el caos vehicular, en la que diariamente conductores y peatones tienen que sufrir la estresante realidad de calles mal diseñadas, un agobiante calor y un deficiente control policial, quienes siguen llevando la batuta son los conductores del transporte público.

Y es que este sector continúa siendo la piedra en el zapato, que no permite avanzar en la dirección correcta, lo que se acentúa por la posición negativa de sus dirigentes, que colocan al transporte público urbano panameño como uno de los más atrasados del continente.

A partir del 15 de diciembre pasado, los transportistas fueron autorizados a “unificar” el pasaje, es decir, a subirlo a 25 centésimos. Previamente, debían pasar un control de calidad para establecer que los vehículos estuvieran en buenas condiciones para lograr esta autorización. ¿Se ha cumplido este punto? Definitivamente, no.

Aunque la cantidad es mucho menor, debemos reconocer que siguen circulando buses en condiciones paupérrimas, y, por supuesto, ya no cobran 15 centésimos: ellos también se “unificaron” el pasaje. Total, ya nadie se acuerda de la famosa calcomanía que los autorizaba a cobrar 25 centésimos.

En la actualidad, encontramos precios para todos los gustos en materia de transporte. Aunque el más económico sigue siendo de 25 centésimos, hay buses que cobran hasta 75 centésimos por el traslado a diferentes puntos de la ciudad. Eso sí, en buenas condiciones mecánicas, por lo que los usuarios pagan sin chistar lo que los transportistas han establecido como tarifa.

Consultados algunos usuarios sobre qué cambios se notan en el servicio, hay una opinión generalizada de que sigue siendo malo; aunque los buses están en mejores condiciones mecánicas, muchos de ellos con aire acondicionado, la actitud de los conductores no ha variado. Prepotentes, mal educados y mal presentados.

Y es que otro de los requisitos para la “unificación” tenía que ver con la planeación y ejecución de seminarios, cursos y programas para que los conductores tomaran conciencia del problema y se sintieran parte de él.

Desgraciadamente, los dueños de los vehículos no parecieran estar dispuestos a invertir en este rubro.

Los “diablos rojos”, por fortuna, están desapareciendo de las calles de la ciudad. Van siendo reemplazados por buses modernos y con aire acondicionado, cómodos y espaciosos, que necesitan de un constante mantenimiento para evitar su rápido deterioro. Y ahí es donde la puerca empieza a torcer el rabo: muchos de estos buses ya no tienen el aire acondicionado funcionando; sus conductores los atiborran de pasajeros en las horas pico; el buen gusto musical no parece ser uno de los puntos fuertes de los “azafatos” que siempre acompañan al conductor; el manejo desordenado continúa; las regatas después de las diez son el pan nuestro de cada noche, y así, en las calles empiezan a aparecer otros demonios: los “diablos blancos”.

Lo sabemos los usuarios, lo saben las autoridades, todo el mundo lo sabe:

alguien va a tener que atreverse y ser lo bastante ingenioso para hacer realidad el sueño de los habitantes de la ciudad, que se merecen algo mejor que el obsoleto sistema de transporte actual.

El autor es corrector de La Prensa


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