Transporte y vía crucis
Nada más se supo del
asunto, los estudios se engavetaron y el cacareado tema del tren
ligero pasó a mejor vida antes de nacer
Carlos
E. Ovando covando@prensa.com
“El transporte público es la causa mayor
de la enorme frustración diaria que sufre la mayoría del pueblo
panameño. Un Gobierno con enfoque social, como el actual, tiene
que tener el mejoramiento de la calidad del transporte público como
una de sus más altas prioridades. Por eso, creo que la presidenta
con buen criterio ya anunció que, si en enero no se ha dado un cambio
cualitativo tal cual se comprometieron a ejecutar los propietarios
de los vehículos de transporte público, no aprobará la unificación.
Mientras tanto, el Gobierno está ya en proceso de homologación,
con siete empresas internacionales interesadas para la licitación
del tren rápido -otro proyecto de Estado- que produciría un cambio
cualitativo sustancial en el transporte público”.
Lo anterior es parte de un artículo que en
noviembre del año pasado escribió en este periódico I. Roberto Eisenmann,
Jr. ¿Qué ha sucedido desde entonces? Veamos.
Nada más se supo del asunto, los estudios
se engavetaron y el cacareado tema del tren ligero pasó a mejor
vida antes de nacer.
Pero tarde o temprano (tal vez más temprano
que tarde) la ciudad de Panamá tendrá que adoptar un sistema de
transporte masivo. Se podrá llamar tren rápido o metrotrén, transmilenio.
El asunto es que nuestra ciudad, si pretende avanzar a la par que
lo hacen las grandes urbes del mundo, deberá adoptar un sistema
de transporte público eficiente, cómodo y rápido.
Ni siquiera los grupos que aún controlan
el gremio del transporte en Panamá podrán evitarlo.
En una ciudad convulsionada por el caos vehicular,
en la que diariamente conductores y peatones tienen que sufrir la
estresante realidad de calles mal diseñadas, un agobiante calor
y un deficiente control policial, quienes siguen llevando la batuta
son los conductores del transporte público.
Y es que este sector continúa siendo la piedra
en el zapato, que no permite avanzar en la dirección correcta, lo
que se acentúa por la posición negativa de sus dirigentes, que colocan
al transporte público urbano panameño como uno de los más atrasados
del continente.
A partir del 15 de diciembre pasado, los
transportistas fueron autorizados a “unificar” el pasaje, es decir,
a subirlo a 25 centésimos. Previamente, debían pasar un control
de calidad para establecer que los vehículos estuvieran en buenas
condiciones para lograr esta autorización. ¿Se ha cumplido este
punto? Definitivamente, no.
Aunque la cantidad es mucho menor, debemos
reconocer que siguen circulando buses en condiciones paupérrimas,
y, por supuesto, ya no cobran 15 centésimos: ellos también se “unificaron”
el pasaje. Total, ya nadie se acuerda de la famosa calcomanía que
los autorizaba a cobrar 25 centésimos.
En la actualidad, encontramos precios para
todos los gustos en materia de transporte. Aunque el más económico
sigue siendo de 25 centésimos, hay buses que cobran hasta 75 centésimos
por el traslado a diferentes puntos de la ciudad. Eso sí, en buenas
condiciones mecánicas, por lo que los usuarios pagan sin chistar
lo que los transportistas han establecido como tarifa.
Consultados algunos usuarios sobre qué cambios
se notan en el servicio, hay una opinión generalizada de que sigue
siendo malo; aunque los buses están en mejores condiciones mecánicas,
muchos de ellos con aire acondicionado, la actitud de los conductores
no ha variado. Prepotentes, mal educados y mal presentados.
Y es que otro de los requisitos para la “unificación”
tenía que ver con la planeación y ejecución de seminarios, cursos
y programas para que los conductores tomaran conciencia del problema
y se sintieran parte de él.
Desgraciadamente, los dueños de los vehículos
no parecieran estar dispuestos a invertir en este rubro.
Los “diablos rojos”, por fortuna, están desapareciendo
de las calles de la ciudad. Van siendo reemplazados por buses modernos
y con aire acondicionado, cómodos y espaciosos, que necesitan de
un constante mantenimiento para evitar su rápido deterioro. Y ahí
es donde la puerca empieza a torcer el rabo: muchos de estos buses
ya no tienen el aire acondicionado funcionando; sus conductores
los atiborran de pasajeros en las horas pico; el buen gusto musical
no parece ser uno de los puntos fuertes de los “azafatos” que siempre
acompañan al conductor; el manejo desordenado continúa; las regatas
después de las diez son el pan nuestro de cada noche, y así, en
las calles empiezan a aparecer otros demonios: los “diablos blancos”.
Lo sabemos los usuarios, lo saben las autoridades,
todo el mundo lo sabe:
alguien va a tener que atreverse y ser lo
bastante ingenioso para hacer realidad el sueño de los habitantes
de la ciudad, que se merecen algo mejor que el obsoleto sistema
de transporte actual.
El autor es corrector de La Prensa
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