Panamá, 18 de agosto de 2002
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Argentina: ¿El viaje de Ulises?

Hemos aprendido que la Argentina es joven, pero tiene memorias y dolores, lecciones duras que nos han hecho madurar

Alejandro Telésforo Mosquera
alejandrotelesforo@hotmail.com

Ulises, el de La Odisea de Homero, es el que ha visto y sabe, porque ha visto, lo que indica de entrada una relación con el mundo. Es el privilegio del ojo como modo del conocimiento (preferimos la vista que a todo lo demás, decía Aristóteles).

¿Qué piensa el extranjero que por diarios y noticieros ve a la Argentina? Y el que llega a nuestro país, el que lo camina, el que lo palpa, el que tiene el privilegio del ojo. Piensa: ¿Es posible que en un país que exporta alimentos por casi 20 mil millones de dólares, el 40% de la gente sea pobre? ¿Por qué está la administración pública bajo el mito de Sisfido? ¿Senadores y diputados bajo el sitio, el poder judicial sospechado, vallas en el Congreso, rejas en las casas, corralitos que retienen los ahorros de toda una vida? Son la mueca de lo que quisieron ser, dirán...(copiando a Discépolo).

El que hoy visita nuestra tierra se convence de que la Argentina hoy clona desesperados infartos y violentos, que es una sociedad que continúa jugando con naipes gastados, y quizá se convenza que de este país quedarán solo videos que un día podrá emitir The History Channel. Y qué podemos sentir nosotros, los nacionales, que estamos llenos de deudas y dudas, aspirando a tener visas y divisas, creyendo muchos que el futuro está afuera. Porque de chicos supimos que en nuestro país estaban las tierras más fértiles del planeta y en el colegio nos explicaron que el bolígrafo y el sistema de identificación de huellas digitales, el mundo se lo debía a un argentino, al igual el que inventó la primera transfusión de sangre.

Ya más grandes, contábamos nuestros cinco premios Nobel (Hussay y Milstein, medicina; Saavedra Lamas y Pérez Esquivel, de la paz, y Leloir, el de química); contamos también el que no le dieron a Borges por ser amigo de Pinochet y el que le negaron a Cortázar por no ser tan amigo de Fidel.

Para no hablar de nuestro polo, nuestros campeones de boxeo; el gran Fangio, cinco veces campeón de Fórmula1; y el fútbol, nuestra primera pasión, porque para nosotros nuestro fútbol es una forma de piedad inventada por Dios para compensarnos de algunas penurias. El tango (que nos da identidad propia) y dos de los mitos de este siglo: Evita y el Che.

A esa altura, con 18 años a cuestas, nadie nos lo había dicho pero todos lo presumíamos: Dios era argentino.

Y de pronto la realidad, la catástrofe, el derrumbe, la frustración, la impotencia y la verdad.

Habíamos tenido crisis, pero renacíamos, buscábamos un mago, o pegábamos una cosecha y ya está, nada había sucedido. Siempre pusimos distancia con lo propio; recurrentemente mirábamos el pasado, lleno de esplendores y eso nos tranquilizaba. “Que nadie venga a querer quitarnos esta triste alegría; porque hoy estoy peor que ayer, pero mejor que mañana”, cantan miles de jóvenes siguiendo el ritmo de los redoblantes de uno de nuestros grupos de rock famoso, La Mosca.

¡Qué masoquismo el nuestro! Encontrar felicidad en el dolor, pensar que el futuro es que no existe el futuro. Entonces justificamos nuestro fatalismo, decimos que es histórico, que viene de nuestros caudillos, de nuestra oligarquía bilingüe, del aluvión inmigratorio, de los militares genocidas y de la democracia corrupta. (La gran paradoja: tuvimos una generación desaparecida por la dictadura militar y ahora otra expulsada por la democracia).

Cuando preguntamos que pasó, las encuestas dicen que nos robaron los malos, los otros, los que viven en otros países o miembros de sectas que viven entre nosotros y no podemos desenmascarar. Según las encuestas, todos somos buenos, cumplimos con la ley, ahorramos y además nos ocupamos por el vecino; en las encuestas todos somos escandinavos.

Sin duda la amnesia es nacional, nadie se acuerda que los sindicatos lograron que los trabajadores cobraran sueldos como los holandeses; nadie ganó en la época de la hiperinflación, que licuó todas nuestras deudas; nadie remarcó precios, nadie viajó, ningún industrial se aprovechó fabricando porquerías que pagábamos el doble.

La confusión, la bronca, ha borrado los límites del campo donde jugábamos; tenemos cambiadas las camisetas, los lugares en la cancha y lo peor es que nadie reconoce al referee.

Tampoco queremos el empate, todos queremos ser buenos, cuando hasta hace unos meses casi todos querían hacer plata y rápido. Esta crisis permite la ausencia de reglas y recetas políticas antagónicas, los trotskistas de ayer, los jacobinos del mundo financiero, los prebendarios de siempre, los que dicen que el capitalismo se ha comido a sí mismo, los que como Soros preconizan que “en el capitalismo globalizado los electores no votan: solo votan los inversores norteamericanos”, y están los que también quieren diseñar un modelo que hasta Fidel ha olvidado: “Cuanto peor, mejor”; aúllan, vamos hasta el fondo, vamos a la guerra, justicia popular, solo si podemos recomenzar, sentencian.

Pero tengamos en claro, que no queden dudas, estas son minorías que viven en ghetos, que sueñan solo sus sueños y destruyen a todos los que no piensan igual.

Por primera vez hemos comprendido que nuestro autismo y el fracaso colectivo son en realidad nuestro fracaso individual; por primera vez admitimos que la culpa es de todos; claro que es mayor la de unos que la de otros.

Por eso hay una gran mayoría que ha comenzado un viaje, como el de Ulises, al límite de los límites; este recorrido tendrá huellas menos profundas y permanentes, por lo que fuimos, por lo que somos y por lo que queremos ser.

Ulises, en su viaje, traza los contornos de una identidad griega, marca fronteras y experimenta los riesgos de perderse totalmente. Así es nuestro rumbo, idéntico, incierto, diferido, contrariado.

Como él, queremos llegar a un punto donde no hay retorno posible, estaremos en el mundo de abajo (donde reina Hades) y lo más cerca de la orilla de la Isla de las Sirenas, encantadoras de muerte. Allá vamos, resueltos, convencidos de que estamos como Ulises a ambos lados de la frontera, la de adentro y la de afuera. Nos pasa lo mismo, somos intermediarios, pasadores de una crisis que viene de adentro y de afuera, de un modelo de una forma de ver y vivir, y esto nos involucra a todos, nadie queda afuera.

La Odisea, como viaje fundador, hecha luz sobre los cambios necesarios y a los argentinos nos servirá en igual sentido; aprenderemos a comprender un mundo que cambió y que cambia.

¿Somos bárbaros, o somos griegos? ¿Qué fuimos? ¿Qué somos? ¿Qué soñamos ser? Todo eso nos preguntamos hoy.

Este trayecto emprendido a fines de diciembre pasado que es itinerario y no mapa, pues solo sabemos hacia dónde no queremos ir, produce alternativas que aún no definimos completamente, lo que hace que se nos entrecrucen y enturbien proyectos, palabras, hombres, se defenestre a inocentes y se remoce a los mágicos salvadores.

Nada es estático, todo cambia por semanas, por días, casi por horas; lo que nos sucede y hacemos que nos suceda nos obliga a cambiar los puntos de referencia; somos contradictorios. En algunos casos nos gusta: retomamos nuestras contradicciones para enriquecerlas o cambiarlas.

Hay algo incuestionable que nos sucede desde hace solo unos meses: la sociedad se reconoce como fuente de la ley, por primera vez la sociedad se autoinstruye, por lo que le permite tomar distancia de sí misma, lo que le da la posibilidad de cuestionarse, y esto lo que nos da es la oportunidad de tener una perspectiva que estos días son los de una Argentina inaugural.

La Odisea narra el retorno de quien erró durante años...con el alma llena de angustias en el mar. Por eso somos el Ulises de Homero (un viajero a disgusto), a diferencia del de Dante, que es un Ulises impulsado por conocer el mundo.

El camino será largo, con recovecos, que se convertirá en huella apenas en un momento. Será duro, pero una vez que tengamos la convicción de lo que queremos ser, podremos decir como Kavafis “Cuando partas hacia Itaka, deseo que el camino sea largo en aventuras y enseñanzas, que numerosas sean las mañanas de verano, que entres en puertos desconocidos...”.

El viaje de Ulises es un viaje con retorno, aunque tardó 10 años. El viaje dejará heridas, lágrimas, el hueco de una ausencia, lo que ya no seremos, pero será una fundación. Por eso el viaje no importa en sí mismo, sino el hecho del tránsito del camino; el viaje dará las respuestas a nuestras preguntas, porque marchamos a pensarnos a nosotros mismos; esta vez nos interrogaremos a fondo, aprenderemos a dudar, y aun así seguiremos siendo dueños de nuestro destino.

Entonces la vuelta no será más que el relato de un regreso a reencontrarnos con el futuro; la esperanza nos devolverá la posibilidad de soñar, porque hemos aprendido y seguiremos aprendiendo todos los días que la Argentina es joven, pero tiene memorias y dolores, lecciones duras que nos han hecho madurar. Sabemos que la Argentina es rica, pero no interminable, y con una deuda con los desposeídos a cumplir a plazo fijo. Y que si bien Dios existe, también sabemos que no solo es argentino.

El autor es ex embajador de Argentina en Panamá


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