Panamá, 17 de agosto de 2002
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Isidoro Bakanja: un resplandor en Africa

“En Africa, probada por las luchas entre etnias... tu ejemplo es una invitación a la concordia” , Juan Pablo II, sobre Isidoro

Jorge De Las Casas
jdelascasas@prensa.com

Isidoro Bakanja nació entre 1880 y 1890 en Bokendela (hoy República Democrática del Congo, antes Zaire, y en aquella época, Congo belga), en la tribu de los boangi. Era un muchacho pobre y pagano que, desde pequeño, tuvo que trabajar como albañil o en los campos para poder vivir. Se convirtió al cristianismo en 1906. Sus padres eran Tonzwa e Inyuka.

Su primera ocupación fue la de peón de albañil en una empresa de construcción en Mbandaka. Los misioneros trapenses, procedentes de la abadía de Westmalle (Bélgica), lo iniciaron en el cristianismo, y en 1906 recibió el bautismo y la confirmación.

Isidoro asumió el cristianismo como un compromiso serio y trató de compartir su fe con los demás hasta el punto de ser considerado un verdadero catequista.

Poco tiempo después, fuera de su aldea, buscó trabajo en una compañía belga (la SAB) que controlaba las plantaciones de caucho en la región. En 1908 se emplea como sirviente del señor Reynders. Durante sus tiempos libres se dedicaba a la evangelización de sus compañeros. Llevaba siempre el escapulario que le habían colocado en el cuello cuando fue bautizado y que él llamaba “el vestido de María”. Trabajaba con responsabilidad y oraba con fervor, según el testimonio de compañeros no creyentes.

Los agentes de la compañía odiaban a los misioneros porque defendían los derechos de los nativos y denunciaban las injusticias que se cometían contra ellos. Isidoro, que no ocultaba su fe, y enseñaba a rezar a sus compañeros de trabajo, se convirtió pronto en víctima de esos agentes. Ante esa persecución, resolvió regresar a su aldea, pero no se lo permitieron. Y, además, le prohibieron seguir enseñando a rezar.

Los patronos no querían la cristianización de los obreros de la compañía. El señor Van Cauter, administrador de la empresa, disgustado por las muestras exteriores del cristianismo de Bakanja, decidió castigarlo, haciéndolo azotar varias veces.

El 22 de abril de 1909 el superintendente de la factoría, después de haberle arrancado el escapulario del Carmen, que Isidoro llevaba como expresión de su fe cristiana, lo hizo azotar hasta sangrar. La golpiza fue descomunal: dos criados lo sujetaron de pies y manos, mientras un tercero lo azotaba con un látigo de piel de elefante y clavos; aunque se retorcía de dolor y pedía clemencia lo siguieron torturando. Su espalda estaba en carne viva y se veían incluso algunos de sus huesos, según testigos oculares.

Luego lo arrojaron a un almacén de caucho. El inspector Dorpinghaus lo sacó de ese lugar y trató de curarlo en su asentamiento, pero ya era demasiado tarde. Su cuerpo era una llaga purulenta y la infección estaba demasiado avanzada. El mismo Bakanja dijo: “Voy a morir. Siento que en mi cuerpo no hay nada bueno”. Poco antes de su muerte dijo a un compañero que le demostró piedad: “Si ves a mi madre o si vas al juez o si encuentras al sacerdote, diles que he muerto por ser cristiano”.

El 24 de julio un misionero trapense le administró los últimos sacramentos. A mediados de agosto de 1909, después de larga y penosa agonía, murió rezando el rosario y, a ejemplo de Jesús en la Cruz, perdonó a su asesino. Fue beatificado por Juan Pablo II el 24 de abril de 1994.


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