Un nuevo giro de la asistencia
social
Estuve junto a jóvenes
ansiosos de nuevos horizontes, percibí una inquietud por vivir bajo
la égida protectora de la verdad y una sed de participación en la
cosa pública
Carlos Iván Zúñiga Guardia
Ayer tuve la oportunidad de disertar ante
más de 200 jóvenes de América sobre “la importancia de la participación
del joven en el desarrollo de las sociedades desde el punto de vista
de la asistencia social”. El escenario lo brindó la LXXX Convención
Internacional del Club Activo 20-30 y la sede se situó en la ciudad
de David.
Siempre he sido un admirador de la labor
social que los clubes cívicos han desarrollado en beneficio de los
pobres. En ellos ha existido una positiva competencia para obtener
los mejores frutos en el campo de la asistencia social.
Entendí que la ocasión era buena para hablar
de las contrariedades que confronta la sociedad panameña. Hice énfasis
en la necesidad de ampliar la participación de la juventud, de integrarse
como un todo en los afanes de la sociedad civil. Así como la sociedad
civil ha ido adquiriendo personería natural para intervenir en los
debates de toda índole, de igual manera los clubes cívicos y todas
las organizaciones sociales deben tener un protagonismo en el estudio
y fijación de las políticas del Estado y de la sociedad.
No se puede ignorar que el mundo vive momentos
de grandes transformaciones. La simple representatividad como presupuesto
de la democracia es un postulado agotado. Lo que se venía esbozando
tibiamente sobre la participación ciudadana como el nuevo motor
de la democracia, hoy tiene el respaldo entusiasta de los asociados.
Abundé en estos contenidos sin dejar de afirmar que los partidos
políticos son necesarios en una democracia y que la sociedad civil
de la que se ha nutrido históricamente el partidarismo es la llamada
a exigir con persistencia y sin fatigas la depuración de los mismos.
Una democracia sustentada por partidos políticos
ideológicos y saneados, y por una sociedad civil decente y vigilante,
puede enfrentar airosamente los retos inherentes a su parcela de
humanidad. Lo que importa es lograr que los partidos políticos y
la sociedad civil entiendan que la marcha de la nación no depende
de la voluntad de una clase, sino de los acuerdos del conjunto de
toda la comunidad. Ese mismo entendimiento debe poseerlo el ciudadano
común, de modo que su interés por el presente y destino del país
sea permanente.
Recordaba a los jóvenes americanos reunidos
en David una gráfica y didáctica reseña de Aníbal Ponce, pensador
argentino, sobre el caminar del Estado y las obligaciones de sus
miembros. Ponce decía que la República era un barco que navegaba
indistintamente por mares quietos o procelosos. Sus pasajeros no
debían permanecer indiferentes ante la suerte de tal nave ni podían
pensar que su empresa o su camarote era su mundo y que refugiándose
en lo suyo nada les pasaría si ese barco que simbolizaba la República
llegase a naufragar. Si se produce el naufragio el camarote o la
empresa no escaparía de la tragedia. De allí que constituye una
responsabilidad de todos participar en la fijación de las rutas,
y dar opiniones y consejos sobre la conducción de la nave.
En el desarrollo de esta magnífica lección
de Aníbal Ponce, decía en el precitado cónclave que ya el significado
de la asistencia social no guardaba relación exclusiva con la generosidad
material. Ante los problemas que confronta la sociedad, la asistencia
social, como hermosa gestión solidaria, también debe tener un contenido
espiritual y debería darse en la hora actual abriendo el corazón
para luchar por el afianzamiento de los valores morales. Los clubes
cívicos juveniles tomarían posición beligerante para dar asistencia
social a la honradez, a la justicia, a la libertad, mediante una
prédica constante sobre sus bondades, lo que haría imposible la
corrupción, la prevaricación y el totalitarismo. La asistencia social
de tipo espiritual se convertiría en un reforzamiento de las virtudes
ciudadanas y de las instituciones democráticas.
Si todos vivimos en el gran barco social
y si la mar es turbulenta o mansa, los pasajeros deben adecuar su
asistencia material o espiritual a los peligros que se confrontan
o avizoran. Si hay escollos o arrecifes o vulgares lamas, la asistencia
debe darse para sortear o vencer los obstáculos.
Hoy la asistencia social para que no sea
anacrónica significa luchar por la paz, por la probidad, por la
libertad, por la justicia y también por el pan. En la medida en
que estos valores y bienes adquieran su vigencia en grado de plenitud,
la nave del Estado navegará a toda vela sin los peligros del naufragio.
Me ocupé también de las misiones de la juventud
contemporánea. Las primeras generaciones republicanas lucharon por
el perfeccionamiento de la independencia nacional. Entendió esa
generación que la República había nacido con dogales y que era su
tarea histórica eliminarlos.
Los distintos episodios patrióticos vividos
en el siglo XX constituyeron pasos firmes de reafirmación nacional.
El l2 de diciembre de l947 fue un paso extraordinario y el 9 de
enero de l964 fue el gran salto, el salto gigante hacia la nacionalización
del Canal y el cese del colonialismo. Por supuesto que la historia
registra otros hechos de gran envergadura patriótica. Ante la misión
cumplida, salvo la asignatura pendiente que significa la actual
vigencia del Tratado de Neutralidad, ¿qué misión cívica tiene la
actual generación, más allá de las ilusiones personales de sus miembros?
¿Cuáles son sus banderas? Existe una de gran contenido patriótico:
luchar por el perfeccionamiento de la democracia; enriquecerla con
los valores morales que responden a las tradiciones más nobles de
la patria. Es la gestión superior y permanente de todas las generaciones
del siglo XXI.
Los congresos de juventudes de diversos países
siempre tienen saldos positivos. Estuve junto a jóvenes ansiosos
de nuevos horizontes, percibí una inquietud por vivir bajo la égida
protectora de la verdad y una sed de participación en la cosa pública.
De pronto, veía rostros obstinados, turbados, pesimistas, pero impelidos
por la fuerza y fe arrolladora de la juventud todo tornaba al optimismo,
al estado natural del hombre sin compromisos turbios con el pasado.
Luego de citarles los símiles tan claros expuestos por Aníbal Ponce,
la juventud de los clubes Activo 20-30 no ocultaban sus deseos de
abandonar prontamente sus camarotes y de subir a la cubierta de
la nave de la República. ¡Que así sea!
El autor es abogado y ex rector de la Universidad
de Panamá
Además en opinión
• Sobre inteligencia
y política empresarial: Miguel Montiel Guevara
• Howard:
la ciudad de Panamá del siglo XXI (2): Gabriel Lewis Navarro
• Un nuevo giro de la
asistencia social: Carlos Iván Zúñiga Guardia
• Memoria de otros
tiempos: Hernando Franco Muñoz
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