Panamá, 17 de agosto de 2002
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Sobre inteligencia y política empresarial

Bertrand Russell comentaba:“No debería existir la posibilidad de ocho horas al día para algunos y cero horas para otros, sino que deberían ser cuatro horas al día para todos”

Miguel Montiel Guevara

En medio de la crisis que vive el país, dijo el Sr. Marco Calderón en el programa Encontremos Soluciones, del periodista Julio Miller, que en Panamá hacía falta “inteligencia política y empresarial”. A manera de respuesta, los señores José Javier Rivera, presidente de la Cámara de Comercio; Paul Kienner, hijo, presidente del Sindicato de Industriales, y John Benneth, presidente de APEDE, proponen “reformar el Código de Trabajo y extender la jornada laboral”, “rebajar los salarios” y “no aumentar salarios”, respectivamente.

Vaya ejemplos. Por su parte, los sindicatos de trabajadores, la parte más débil de la relación capital-trabajo, se atrincheran defendiendo sus conquistas laborales. El Gobierno nacional, mientras tanto, sumido en los peores escándalos de corrupción que se recuerde, se muestra incapaz de resolver la crisis que gira alrededor de los males sociales del desempleo y la impunidad.

En este contexto recuerdo lo que el economista Jeremy Rifkin, ex asesor de Bill Clinton, señala en su libro El fin del trabajo. Quizá los trabajadores y empresarios panameños extraigan alguna lección de los hechos históricos que menciona Rifkin; quizá les ayude a ponerse de acuerdo en cómo superar la crisis que nos agobia. Reseño partes del libro de Rifkin:

Marzo de 1933 en Estados Unidos. Cresta de la depresión, con 15 millones de desempleados. Al respecto, las centrales sindicales estadounidenses afirmaban que “si las nuevas tecnologías incrementaban la productividad, generando menos puestos de trabajo y superproducción, el único antídoto apropiado era el de reducir las horas trabajadas, de forma que todo el mundo tuviese un puesto de trabajo y suficientes ingresos y poder adquisitivo como para ser capaces de absorber los incrementos de producción”. Bertrand Russell comentaba: “No debería existir la posibilidad de ocho horas al día para algunos y cero horas para otros, sino que deberían ser cuatro horas al día para todos”.

El 20 de julio de 1932, el AFL Executive Council sugirió al presidente Hoover una conferencia entre líderes empresariales y sindicales y poner en marcha la semana de 34 horas para “crear oportunidades de trabajo para millones de hombres y mujeres desempleados”. Para estimular el poder de compra de los consumidores, muchos hombres de negocios unieron sus fuerzas.

Empresarios como Kellogg’s, de Battle Creek; Sears Roebuck, Standard Oil, de Nueva Jersey, y Hudson Motors recortaron, de forma voluntaria, sus semanas laborales hasta dejarlas en 30 horas para mantener a la gente empleada. W.K.

Kellogg, el propietario, razonaba que “si aceptamos cuatro jornadas de seis horas, en lugar de tres jornadas de ocho horas, ello dará trabajo y salarios para los cabeza de 300 familias más en Battle Creek”. Para garantizar el adecuado poder de compra de sus empleados, la empresa incrementó el salario mínimo de los trabajadores varones hasta los 4 dólares por día, e incrementó los sueldos por hora en un 12.5%, lo que compensó la pérdida de dos horas de trabajo diarias. La empresa informó que se demostraba que la reducción en las horas de trabajo mejoraba el entusiasmo y la eficacia en el mismo. En 1935 publicó un estudio mostrando que después de “cinco años trabajando seis horas al día, los costes unitarios estructurales se habían reducido en un 25%, los costes de mano de obra en un 10%...los accidentes laborales habían disminuido en un 41%...y el número de personas trabajando en Kellogg’s se había incrementado en un 30% respecto a 1929”.

La filosofía de Kellogg se extendió. El presidente Lewis L. Brown se pronunció a favor de la familia Kellogg. Una encuesta a mil 718 ejecutivos de empresa hecha por Industrial Conference Board demostró que, en 1932, más de la mitad de la industria estadounidense había reducido el número de horas trabajadas con la finalidad de preservar los puestos de trabajo y promover el consumo. H.I. Harriman, presidente de la National Chamber of Comerce, defendió la necesidad de repartir, equitativamente, el trabajo entre los trabajadores, afirmando que “es mejor para todos nosotros tener trabajo durante algún tiempo, que estar trabajando siempre mientras que otros carecen de él”. El 31 de diciembre de 1932, el senador de Alabama, Hugo L. Black, introdujo una enmienda en el Senado en la que solicitó una semana laboral de 30 horas como “única forma práctica y factible para tratar el desempleo”.

Predijo que ello conduciría a la creación de 6.5 millones de puestos de trabajo y beneficiaría a las empresas mediante el incremento en el poder adquisitivo de millones de nuevos empleados. William Green, de la AFL, declaró que “la reducción de la jornada laboral y la semana reducida deberán ser aplicadas de forma general y universal si queremos generar y crear oportunidades de empleo para millones de trabajadores que se hallan en el paro y que desean ansiosamente trabajar”.

El Senado aceptó la enmienda de Black el día 6 de abril de 1933, que obligaba a toda empresa con negocios interestatales y con el extranjero, a una semana de 34 horas. El voto del Senado regocijó al público e hizo vibrar a Wall Street. Una publicación sindicalista, Labor, afirmó: “La semana pasada una inmensa mayoría del Senado, formada tanto por progresistas como por conservadores, votaron a favor. Este hecho marca el cambio más importante acontecido en la opinión pública en la historia reciente de nuestro país”.

Lo que siguió después es harina de otro costal. Hasta aquí lo dejo como otro ejemplo de lo que se puede hacer cuando hay “inteligencia política y empresarial”. Sea.

El autor es docente universitario

Además en opinión

Sobre inteligencia y política empresarial: Miguel Montiel Guevara
Howard: la ciudad de Panamá del siglo XXI (2): Gabriel Lewis Navarro
Un nuevo giro de la asistencia social: Carlos Iván Zúñiga Guardia
Memoria de otros tiempos: Hernando Franco Muñoz






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