Panamá, 17 de agosto de 2002
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¿Es el enemigo de nuestro enemigo realmente un amigo?

Arabia Saudita es “el oponente más peligroso” de Estados Unidos en Oriente Medio, según informe

Jonathan Gurwitz

SAN ANTONIO. -El día 27 de agosto del 2001, el príncipe de la corona saudita, Abdulá, el gobernante de facto de Arabia Saudita, envió una misiva al presidente estadounidense, George W. Bush, pronosticando un cambio en las relaciones entre su país y Estados Unidos.

“Se acerca un momento cuando los pueblos y las naciones toman diferentes caminos”, escribió Abdulá. “Estamos en una encrucijada. Es hora de que Estados Unidos y Arabia Saudita consideren sus intereses por separado”.

Dos semanas más tarde, 19 extremistas islámicos, 15 de los cuales eran de nacionalidad saudita, asesinaron a más de 3 mil personas en Estados Unidos como parte de un esfuerzo terrorista encabezado por quien alguna vez fue ciudadano saudita, Osama bin Laden.

Ahora, casi un año después, el ministro del Exterior de Arabia Saudita, Saud al-Faisal, le está advirtiendo a Estados Unidos que su país no apoyará un ataque en contra del régimen homicida de Sadam Husein, el presidente de Irak, como tampoco se dará autorización al Ejército de Estados Unidos de usar tierra saudita para cualquier esfuerzo de dicha índole. “El ataque”, expresó el canciller, “no es la política correcta a seguir”.

Cuando la invasión de Kuwait por parte de Sadam, en 1990, amenazó los marmóreos palacios de Riad, tropas estadounidenses no pudieron llegar con suficiente rapidez para brindar protección a los príncipes que son dueños y gobernantes del reino saudita, acompañados de su séquito y “trabajadores invitados” del extranjero.

No obstante, ahora que los nexos terroristas de Sadam y su impulso con miras a desarrollar armamento de destrucción masiva amenazan las vidas de ciudadanos estadounidenses, los príncipes sauditas nos dicen que la confrontación militar “no es la política correcta”.

La hipocresía de la moribunda dirigencia saudita no es nada nuevo. Sin embargo, su desprecio total por los intereses de Estados Unidos encaja en un patrón más extenso y pone en duda el estatus nominal de los sauditas como un aliado en la guerra en contra del terrorismo.

Como sucede con Irak hoy día, el otoño pasado los sauditas le negaron a Estados Unidos el uso de bases militares para operaciones militares en contra del Talibán y la red Al-Qaeda, en Afganistán. Muchos de los prisioneros en Bahía de Guantánamo son, y no es ninguna coincidencia, sauditas. El servicio de inteligencia de Arabia Saudita demostró una hostilidad similar al no lograr cooperar con sus contrapartes estadounidenses para identificar amenazas terroristas y debido a su incapacidad, o falta de voluntad, para detener el flujo de dinero saudita hacia la Al-Qaeda.

Desde incentivos financieros para atacantes palestinos en operaciones suicidas con bomba y la detención forzada de ciudadanas estadounidenses bajo la ley islámica, hasta la tortura de jornaleros extranjeros por supuestas “actividades cristianas”, Arabia Saudita se ha puesto de modo consistente en oposición directa a los intereses estadounidenses, por no mencionar nada respecto a la modernidad.

En una conferencia del mes pasado ante el Consejo de Política de la Defensa, importante comité asesor del Pentágono, por parte de un analista de la Rand Corp., se describió a Arabia Saudita como uno de los enemigos de Estados Unidos. “Los sauditas están activos en cada nivel de la cadena de terror, desde planeadores hasta patrocinadores, desde la escolta hasta el soldado a pie, desde el ideólogo hasta el adulador”.

El informe concluía que Arabia Saudita es “el oponente más peligroso” de Estados Unidos en Oriente Medio.

El mensaje del príncipe Abdulá en el mes pasado es, de hecho, correcto; hace ya tiempo que Estados Unidos y Arabia Saudita deberían haber considerado sus intereses por separado. Estados Unidos ahora debe preguntarse qué propósito tiene proteger a un régimen que exhibe desvergonzadamente su desconsideración por los intereses estadounidenses, cuando vidas de ciudadanos estadounidenses se han perdido y miles más están en juego.

Durante medio siglo, Estados Unidos ha ayudado en la transición hacia gobiernos más moderados y democráticos alrededor del mundo, encabezando una nueva era de libertad y prosperidad para cientos de millones de personas.

Ahora, estamos creando estrategias para dichos cambios en el Gobierno de Irak y su pueblo, que sufre desde hace mucho tiempo, y el presidente Bush ya estipuló reformas para la Autoridad Nacional Palestina (ANP). No deberíamos asumir menos para el pueblo de Arabia Saudita, o el resto del mundo árabe, para el caso. Esto incluye a nuestro otro aliado clave de dicho mundo, Egipto, que en fecha reciente sentenció a uno de los principales defensores de la democracia a siete años de trabajos forzados.

En el caso de Arabia Saudita, cuando menos no deberíamos estar suministrando protección diplomática y militar a un país que actúa como nuestro adversario, al tiempo que simula ser nuestro aliado.

El autor es columnista de The New York Times News Service


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