¿Es el enemigo de nuestro enemigo
realmente un amigo?
Arabia Saudita es “el
oponente más peligroso” de Estados Unidos en Oriente Medio, según
informe
Jonathan Gurwitz
SAN ANTONIO. -El día 27 de agosto del 2001,
el príncipe de la corona saudita, Abdulá, el gobernante de facto
de Arabia Saudita, envió una misiva al presidente estadounidense,
George W. Bush, pronosticando un cambio en las relaciones entre
su país y Estados Unidos.
“Se acerca un momento cuando los pueblos
y las naciones toman diferentes caminos”, escribió Abdulá. “Estamos
en una encrucijada. Es hora de que Estados Unidos y Arabia Saudita
consideren sus intereses por separado”.
Dos semanas más tarde, 19 extremistas islámicos,
15 de los cuales eran de nacionalidad saudita, asesinaron a más
de 3 mil personas en Estados Unidos como parte de un esfuerzo terrorista
encabezado por quien alguna vez fue ciudadano saudita, Osama bin
Laden.
Ahora, casi un año después, el ministro del
Exterior de Arabia Saudita, Saud al-Faisal, le está advirtiendo
a Estados Unidos que su país no apoyará un ataque en contra del
régimen homicida de Sadam Husein, el presidente de Irak, como tampoco
se dará autorización al Ejército de Estados Unidos de usar tierra
saudita para cualquier esfuerzo de dicha índole. “El ataque”, expresó
el canciller, “no es la política correcta a seguir”.
Cuando la invasión de Kuwait por parte de
Sadam, en 1990, amenazó los marmóreos palacios de Riad, tropas estadounidenses
no pudieron llegar con suficiente rapidez para brindar protección
a los príncipes que son dueños y gobernantes del reino saudita,
acompañados de su séquito y “trabajadores invitados” del extranjero.
No obstante, ahora que los nexos terroristas
de Sadam y su impulso con miras a desarrollar armamento de destrucción
masiva amenazan las vidas de ciudadanos estadounidenses, los príncipes
sauditas nos dicen que la confrontación militar “no es la política
correcta”.
La hipocresía de la moribunda dirigencia
saudita no es nada nuevo. Sin embargo, su desprecio total por los
intereses de Estados Unidos encaja en un patrón más extenso y pone
en duda el estatus nominal de los sauditas como un aliado en la
guerra en contra del terrorismo.
Como sucede con Irak hoy día, el otoño pasado
los sauditas le negaron a Estados Unidos el uso de bases militares
para operaciones militares en contra del Talibán y la red Al-Qaeda,
en Afganistán. Muchos de los prisioneros en Bahía de Guantánamo
son, y no es ninguna coincidencia, sauditas. El servicio de inteligencia
de Arabia Saudita demostró una hostilidad similar al no lograr cooperar
con sus contrapartes estadounidenses para identificar amenazas terroristas
y debido a su incapacidad, o falta de voluntad, para detener el
flujo de dinero saudita hacia la Al-Qaeda.
Desde incentivos financieros para atacantes
palestinos en operaciones suicidas con bomba y la detención forzada
de ciudadanas estadounidenses bajo la ley islámica, hasta la tortura
de jornaleros extranjeros por supuestas “actividades cristianas”,
Arabia Saudita se ha puesto de modo consistente en oposición directa
a los intereses estadounidenses, por no mencionar nada respecto
a la modernidad.
En una conferencia del mes pasado ante el
Consejo de Política de la Defensa, importante comité asesor del
Pentágono, por parte de un analista de la Rand Corp., se describió
a Arabia Saudita como uno de los enemigos de Estados Unidos. “Los
sauditas están activos en cada nivel de la cadena de terror, desde
planeadores hasta patrocinadores, desde la escolta hasta el soldado
a pie, desde el ideólogo hasta el adulador”.
El informe concluía que Arabia Saudita es
“el oponente más peligroso” de Estados Unidos en Oriente Medio.
El mensaje del príncipe Abdulá en el mes
pasado es, de hecho, correcto; hace ya tiempo que Estados Unidos
y Arabia Saudita deberían haber considerado sus intereses por separado.
Estados Unidos ahora debe preguntarse qué propósito tiene proteger
a un régimen que exhibe desvergonzadamente su desconsideración por
los intereses estadounidenses, cuando vidas de ciudadanos estadounidenses
se han perdido y miles más están en juego.
Durante medio siglo, Estados Unidos ha ayudado
en la transición hacia gobiernos más moderados y democráticos alrededor
del mundo, encabezando una nueva era de libertad y prosperidad para
cientos de millones de personas.
Ahora, estamos creando estrategias para dichos
cambios en el Gobierno de Irak y su pueblo, que sufre desde hace
mucho tiempo, y el presidente Bush ya estipuló reformas para la
Autoridad Nacional Palestina (ANP). No deberíamos asumir menos para
el pueblo de Arabia Saudita, o el resto del mundo árabe, para el
caso. Esto incluye a nuestro otro aliado clave de dicho mundo, Egipto,
que en fecha reciente sentenció a uno de los principales defensores
de la democracia a siete años de trabajos forzados.
En el caso de Arabia Saudita, cuando menos
no deberíamos estar suministrando protección diplomática y militar
a un país que actúa como nuestro adversario, al tiempo que simula
ser nuestro aliado.
El autor es columnista de The New York Times
News Service
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