Raíces
Nuevamente Taboga
En tiempos de la Colonia,
los dominios de Taboga llegaban hasta islas cercanas a Punta Chame
Harry Castro Stanziola
revista@prensa.com
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Nos volvemos a encontrar en Taboga,
el cual era el nombre que sus primitivos habitantes indígenas
le daban al lugar. Se desconoce su significado. Los primeros
españoles la llamaron la isla de San Pedro, ese nombre no
gozó de aceptación. En 1810, se le consideró como un distrito.
Su primer alcalde fue Juan Esquivel. Con el descubrimiento
de oro en California se sucede el enorme tránsito de estadounidenses
por nuestro istmo. Para continuar el viaje hacia Estados Unidos
se tomaban los barcos en Taboga. El movimiento era fenomenal.
Centenares de barcos hasta allí llegaban con el fin de transportar
a los miles de pasajeros. Como era natural también los navíos
se aprovisionaban de agua, de carbón y otros menesteres. Había
más hoteles en determinados momentos que en la ciudad de Panamá.
Abundaban las agencias comerciales, así como funcionaban varios
astilleros. Todo pasó, por ello el descenso poblacional referido
arriba. Pero la isla se convirtió en el lugar de paseo de
los capitalinos. Muchas familias tienen allí sus propiedades.
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Cada día que pasa y mientras efectuamos nuestras
cotidianas investigaciones relacionadas, entre otros temas, con el
material de estas páginas, nos sorprendemos, más y más, por causa
de la inmensa cantidad de hallazgos relacionados con nuestra sorprendente
historia. Sí es verdad que se ha botado una gran cantidad de documentos,
por no decir sustraído, que suena tan feo, como suenan de feas ciertas
verdades; mas si uno busca con tesón y firmeza, encuentra verdaderas
maravillas. Lo cual entre otras cosas confirma el viejo y popular
adagio que nos dice que el que busca encuentra.
De la isla de Taboga, por ejemplo, existe
literatura e iconografía de los más variado. Tal es el caso de Los
apuntes geográficos e históricos del Municipio de Taboga que el
inspector de educación Waldo Suárez Rivas escribió en 1903, obra
que fue reproducida en La Estrella de Panamá en 1960.
A causa de ese trabajo mucho se sabe de Taboga,
porque está relatado con lujo de detalles. Además, por ser dirigido
a los jóvenes está escrito en forma muy amena. El autor desarrolla
sus temas a base de preguntas, las cuales va contestando en el transcurso
de su lectura.
¿Hasta dónde se extiende el distrito de Taboga?
Es un ejemplo. Don Waldo, enseguida contesta, por 10 islas y 9 farallones.
Componen el distrito de Taboga, ella misma, más Taboguilla, Urabá,
Chamá, Melones, Otoque, Boná, Tórtola, Tortolita y el Morro.
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No sabemos si por su deficiente calidad
este grabado vaya a verse muy claro. Lástima, pues se trata
del morro tabogano, según un trabajo de 1860. Ojalá se pueda
ver la abundancia de barcos y naves menores, así como de las
diversas instalaciones ya mencionadas. A Taboga hay que incrementarle
el arribo de turistas criollos y extranjeros. Pero también
aquel delicioso aroma de sus flores y frutos que desde la
distancia y desde niños nos impresionaba.
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En tiempos de la Colonia, los dominios de Taboga
llegaban hasta islas cercanas a Punta Chame. Así cómo también incluía
una franja de tierra en Punta de Cabra que se le había concedido
en calidad de ejido.
El señor Suárez, inclusive nos dice cómo
se llamaron todas las porciones de tierra que a manera de lotes
dividían la propia isla. Nada menos que 44 nombres de esos lotes
se detallan.
¿Qué tan importantes son las aguas de Taboga?
Pues mucho, si se recuerda que eran abundantes, frescas y saludables.
Hasta tal punto que eran utilizadas por la Compañía del Canal, así
como por los centenares de barcos que por allí pasaban. ¿Que cuántas
playas tiene la isla, por lo menos para 1903? Pues seis y también
nos da sus nombres. Las medidas del lugar son de cuatro y medio
kilómetros de largo por tres de ancho.
Hay un dato desconcertante. Para 1903, la
población del distrito sobrepasaba los 3 mil habitantes, y si consultamos
la cifra del censo del año 2000, esta se ha reducido a causa de
las emigraciones a no más de 1600 y algo.
Piñas, mangos, naranjas, mameyes —de los
comestibles, no de los pecaminosos—, nísperos, aguacates y chirimoyas
abundaban en sus predios.
Fue Vasco Núñez de Balboa, el del Océano
Pacífico, el que en 1513 avistó “la isla de las flores”.
Sin embargo, la población fue fundada en
1524 por el prelado Hernando de Luque, el religioso santanero que
financió la expedición de Francisco Pizarro y de Diego de Almagro,
que tuvo entre otros resultados el descubrimiento por los españoles
—y, por qué no, por los panameños— de nada menos de lo que es hoy
nuestra hermana la República de Perú.
Waldo Suárez Rivas nos habla ahora de Santa
Rosa de Lima que vivió y quizás nació en nuestra isla de marras.
Por lo menos sus padres habitaban allí antes de trasladarse a la
citada ciudad sureña.
El autor nos de detalles del saqueo e invasión
que sufrió Taboga por parte de la tripulación de la nave chilena
Rosa de los Andes, pero capitaneada por un estadounidense de apellido
Illengrod, en 1819.
O de cómo el personal del barco peruano Pichincha
organizó a bordo un baile al que fueron invitadas muchachas taboganas.
A causa de una fenomenal borrachera por parte de la marinería, el
barco levó sus anclas, lo que hizo que las jóvenes usarán procedimientos
bien peligrosos con el fin de poder abandonar la nave. Que también
hubo dos ataques más a cargo de naves inglesas. Y que cuando sucedió
el incidente de La Tajada de Sandía, en la ciudad de Panamá en 1856,
al gobierno de Estados Unidos se le ocurrió pedir nada menos que
la isla de Taboga para pagar indemnizaciones, lo que naturalmente
se quedó en veremos, para tranquilidad actual de todos nosotros.
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