Panamá, 11 de agosto de 2002
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Raíces

Nuevamente Taboga

En tiempos de la Colonia, los dominios de Taboga llegaban hasta islas cercanas a Punta Chame

Harry Castro Stanziola
revista@prensa.com

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Nos volvemos a encontrar en Taboga, el cual era el nombre que sus primitivos habitantes indígenas le daban al lugar. Se desconoce su significado. Los primeros españoles la llamaron la isla de San Pedro, ese nombre no gozó de aceptación. En 1810, se le consideró como un distrito. Su primer alcalde fue Juan Esquivel. Con el descubrimiento de oro en California se sucede el enorme tránsito de estadounidenses por nuestro istmo. Para continuar el viaje hacia Estados Unidos se tomaban los barcos en Taboga. El movimiento era fenomenal. Centenares de barcos hasta allí llegaban con el fin de transportar a los miles de pasajeros. Como era natural también los navíos se aprovisionaban de agua, de carbón y otros menesteres. Había más hoteles en determinados momentos que en la ciudad de Panamá. Abundaban las agencias comerciales, así como funcionaban varios astilleros. Todo pasó, por ello el descenso poblacional referido arriba. Pero la isla se convirtió en el lugar de paseo de los capitalinos. Muchas familias tienen allí sus propiedades.

Cada día que pasa y mientras efectuamos nuestras cotidianas investigaciones relacionadas, entre otros temas, con el material de estas páginas, nos sorprendemos, más y más, por causa de la inmensa cantidad de hallazgos relacionados con nuestra sorprendente historia. Sí es verdad que se ha botado una gran cantidad de documentos, por no decir sustraído, que suena tan feo, como suenan de feas ciertas verdades; mas si uno busca con tesón y firmeza, encuentra verdaderas maravillas. Lo cual entre otras cosas confirma el viejo y popular adagio que nos dice que el que busca encuentra.

De la isla de Taboga, por ejemplo, existe literatura e iconografía de los más variado. Tal es el caso de Los apuntes geográficos e históricos del Municipio de Taboga que el inspector de educación Waldo Suárez Rivas escribió en 1903, obra que fue reproducida en La Estrella de Panamá en 1960.

A causa de ese trabajo mucho se sabe de Taboga, porque está relatado con lujo de detalles. Además, por ser dirigido a los jóvenes está escrito en forma muy amena. El autor desarrolla sus temas a base de preguntas, las cuales va contestando en el transcurso de su lectura.

¿Hasta dónde se extiende el distrito de Taboga? Es un ejemplo. Don Waldo, enseguida contesta, por 10 islas y 9 farallones. Componen el distrito de Taboga, ella misma, más Taboguilla, Urabá, Chamá, Melones, Otoque, Boná, Tórtola, Tortolita y el Morro.

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No sabemos si por su deficiente calidad este grabado vaya a verse muy claro. Lástima, pues se trata del morro tabogano, según un trabajo de 1860. Ojalá se pueda ver la abundancia de barcos y naves menores, así como de las diversas instalaciones ya mencionadas. A Taboga hay que incrementarle el arribo de turistas criollos y extranjeros. Pero también aquel delicioso aroma de sus flores y frutos que desde la distancia y desde niños nos impresionaba.

En tiempos de la Colonia, los dominios de Taboga llegaban hasta islas cercanas a Punta Chame. Así cómo también incluía una franja de tierra en Punta de Cabra que se le había concedido en calidad de ejido.

El señor Suárez, inclusive nos dice cómo se llamaron todas las porciones de tierra que a manera de lotes dividían la propia isla. Nada menos que 44 nombres de esos lotes se detallan.

¿Qué tan importantes son las aguas de Taboga? Pues mucho, si se recuerda que eran abundantes, frescas y saludables. Hasta tal punto que eran utilizadas por la Compañía del Canal, así como por los centenares de barcos que por allí pasaban. ¿Que cuántas playas tiene la isla, por lo menos para 1903? Pues seis y también nos da sus nombres. Las medidas del lugar son de cuatro y medio kilómetros de largo por tres de ancho.

Hay un dato desconcertante. Para 1903, la población del distrito sobrepasaba los 3 mil habitantes, y si consultamos la cifra del censo del año 2000, esta se ha reducido a causa de las emigraciones a no más de 1600 y algo.

Piñas, mangos, naranjas, mameyes —de los comestibles, no de los pecaminosos—, nísperos, aguacates y chirimoyas abundaban en sus predios.

Fue Vasco Núñez de Balboa, el del Océano Pacífico, el que en 1513 avistó “la isla de las flores”.

Sin embargo, la población fue fundada en 1524 por el prelado Hernando de Luque, el religioso santanero que financió la expedición de Francisco Pizarro y de Diego de Almagro, que tuvo entre otros resultados el descubrimiento por los españoles —y, por qué no, por los panameños— de nada menos de lo que es hoy nuestra hermana la República de Perú.

Waldo Suárez Rivas nos habla ahora de Santa Rosa de Lima que vivió y quizás nació en nuestra isla de marras. Por lo menos sus padres habitaban allí antes de trasladarse a la citada ciudad sureña.

El autor nos de detalles del saqueo e invasión que sufrió Taboga por parte de la tripulación de la nave chilena Rosa de los Andes, pero capitaneada por un estadounidense de apellido Illengrod, en 1819.

O de cómo el personal del barco peruano Pichincha organizó a bordo un baile al que fueron invitadas muchachas taboganas. A causa de una fenomenal borrachera por parte de la marinería, el barco levó sus anclas, lo que hizo que las jóvenes usarán procedimientos bien peligrosos con el fin de poder abandonar la nave. Que también hubo dos ataques más a cargo de naves inglesas. Y que cuando sucedió el incidente de La Tajada de Sandía, en la ciudad de Panamá en 1856, al gobierno de Estados Unidos se le ocurrió pedir nada menos que la isla de Taboga para pagar indemnizaciones, lo que naturalmente se quedó en veremos, para tranquilidad actual de todos nosotros.


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