Panamá, 11 de agosto de 2002
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Garcinia mangostana: El Mangostín

Fauna y flora urbana

Por Jorge Ventocilla
Instituto Smithsonian

Si aún no ha probado el mangostín, dese prisa, en septiembre ya no lo encontrará.

Entre julio y agosto los mangostines -o “mangostanes- llegan a la ciudad capital. Los traen desde Chiriquí, que a la fecha es la única provincia del país con plantaciones comerciales del árbol. No se confunda con la “ciruela” o “mangotín” -sin la s-, que es pariente del mango y del cual hablaremos en otro momento.

Mangostanier para los franceses, mangouste o mangostier para los portugueses, manggis o manggistan en vietnamita. No es fruta americana y su lugar exacto de origen es aún desconocido. Se cree que proviene de las islas Sonda y Molucas, aunque hay también árboles silvestres en la península Malaya. Algunos estudiosos del mangostín (no crea, solo en internet hay innumerables referencias acerca de él, ¿Y acaso no ha visto a Pedro el Escamoso organizando el “Reinado del Mangostino”). Algunos estudiosos, decía, opinan que fue domesticado en Tailandia o en Birmania. Donde más se cultiva hoy en día es en el trópico asiático, en particular Tailandia, Vietnam del Sur, Birmania, Malasia y Singapur. Fue llevado a Ceilán e India a fines del siglo XIX: no es entonces originario de la India como algunas personas creen.

Como sea y de donde sea, el mangostín destaca por sí solo: tiene un sabor dulce y ácido tan excelente que allá por 1920 el botánico W. Popenoe, en su Manual of Tropical and Subtropical Fruits, se atrevió a decir que posiblemente era el fruto de sabor más fino en el mundo entero. Si no conoce al mangostín, lo invito a que lo pruebe, pero hágalo pronto porque será difícil conseguirlo después de septiembre; se venden en el Mercado de Abastos a seis por un balboa. Debo haber probado solo una ínfima porción de todas las frutas del trópico, pero opino también que el mangostín, como diría el viejo Withman (y no solo por su sabor sino también por su forma y colorido), bien podría adornar los salones del cielo.

Se dice que llegó a América entre 1850 y 1860, a la isla de Trinidad y a través de semillas traídas por el Jardín Botánico de Kew (Inglaterra). A nuestras costas arribó a principios de 1900. Pero ya para 1939, 15 mil semillas de mangostín fueron distribuidas desde aquí a países tropicales de todo el continente, por el Canal Zone Experimental Gardens; en cristiano, nuestro Jardín o Parque Summit. Si quiere conocer el árbol hay varios en el Summit; y hay uno también, aislado y notorio, a la derecha del puente sobre el Chagres, llegando a la comunidad de Gamboa. Si se anima siempre a salir a buscar un mangostín (o mangostán), le doy un dato: Escoja los que tienen más marquitas externas en la parte inferior (parecidas a un trébol): su número corresponde exactamente a la cantidad de gajos de pulpa comestible que tienen por dentro. Son muy pocos los que tienen cuatro u ocho de estas marcas, y en Indonesia se considera de buena suerte encontrar uno así, como para nosotros un trébol de cuatro hojas.

El árbol es de lento crecimiento y prefiere suelos fértiles y bien drenados. Tiene un tronco central grueso con ramas bien espaciadas a los lados. Es recomendable para uso urbano, pues su raíz es profunda, con pocas ramificaciones laterales y la copa tiene forma de pirámide y hojas permanentes. La primera producción de frutas - que en Panamá se reporta que sucede a los seis años -, rinde entre 200 a 300 mangostines. Un árbol maduro rinde unas 500 frutas, pero uno de 30 años o más hasta mil a dos mil. Y se sabe de árboles centenarios que siguen dando frutas.


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